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Resumen para el Primer Parcial  |  Diseño y estudios de género (Cátedra: Flesler - 2019)  |  FADU  |  UBA

Vivimos en un mundo regido por la heteronormatividad (conjunto de relaciones de poder por medio del cual la sexualidad se normaliza y se reglamenta; las relaciones heterosexuales idealizadas se institucionalizan y se equiparan con lo que significa ser humano). Provoca que unos sujetos la pasen mejor que otros, la heterosexualidad es la institución que organiza todas las otras sexualdiades posibles. Los pilares del imaginario heteronormativo son (sexual dominante).:

1. La binariedad jerárquica que construye polos antagónicos de diferente valor (femenino-masculino, hombre-mujer)

2. La homosocialidad heterosexual entendida como lazos de fratria (la policía hetero)

3. La heterosexualiad normativa como expresion normal de la sexualdiad humana

La transgeneridad rompe la idea de identidades necesarias y esenciales y reivindica la contingencia de las mismas, cuestionando la categoría de género. Entender las identidades como nómadas, tales como el travestismo, oponiéndose al orden bipolar de los géneros, posibilita devolver las identidades al terreno de la política.

Texto Mertehikian – Enfoques sociológicos del concepto de género: aporte sede las teorías feministas

Las teorías feministas y el concepto de género claves en el estudio de la construcción sociocultural de la femineidad, la heteronormatividad y la sexualidad.

La dinámica del poder sexual y la opresión de las mujeres. La maternidad como elemento organizador de la femineidad y central en la construcción de la sexualidad de la mujer.

Monique Wittig y la crítica al poder sexual patriarcal creador de relaciones de dominación y subordinación.

Carol Pateman: Contrato social y contrato sexual.

El feminismo socialista y la distinción de clase social y de raza.

Gayle Rubin y el sistema de sexo/género como producto de la actividad histórica.

Adrienne Rich y Judith Butler: La emergencia de los estudios Queer. La heterosexualidad obligatoria y la existencia lesbiana.

Los desarrollos de las teorías feministas no serían posibles sin la elaboración del concepto de género. Este concepto posibilita la construcción y la reflexión sobre un sujeto central para el feminismo, la mujer. ¿Qué es ser una mujer? Este cuestionamiento permitiría adentrarse en la comprensión de la condición femenina para sentar, así, las bases argumentativas hacia la construcción del concepto de género, y por ende, del feminismo académico. En términos históricos, se puede situar a las pensadoras feministas como las primeras que reflexionan acerca de la construcción sociocultural de la femineidad, la heteronormatividad y la sexualidad. Son ellas también quienes introducen el concepto de género para explicar la opresión de las mujeres y oponerse, por lo tanto, a un pensamiento de las esencias biológicas. En este sentido, Simone de Beauvoir afirma que no se nace mujer: llega una a serlo, en la obligación cultural de hacerlo. Así ser, es haber devenido. De manera que no se puede hacer referencia a un cuerpo que no haya sido desde siempre interpretado mediante significados culturales. Para la autora, “la Humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí misma,sino con relación a él; no la considera un ser autónomo”. En otras palabras, el Sujeto siempre es masculino, sinónimo de lo universal y una libertad radical; y se diferencia de un Otro femenino, fuera de las normas universalizadoras, fuente de misterio, restringido a su cuerpo como limitante.

Diferentes feminismos y sus aportes:

1. Feminismo radical: Este feminismo describe la opresión que experimentan las mujeres como aquella relacionada de manera directa con su biología. En efecto, considera que la función reproductiva de la mujer es determinante para su opresión y, por lo tanto, la familia biológica también lo es, ya que esta última crea las identidades de género que perpetúan el patriarcado (entendido como la organización jerárquica masculina de la sociedad), y la subordinación de las mujeres. La dominación de un grupo por el otro se deriva, entonces, de esta distinción biológica hombre/mujer. La reproducción de la especie asociada al cuerpo femenino constituye la clave principal de la opresión de las mujeres; también denuncia la maternidad como factor de exclusión de la mujer, el matrimonio constituye la institución social que mantiene la familia como forma básica de la organización social y subordinadora. Así, los estudios de género han destacado la maternidad como un elemento organizador de la femineidad y central en la construcción de la identidad sexual adulta de las mujeres. Carol Pateman, representante del feminismo radical, plantea que esta relación de dominación tiene un contrato que es un pacto social-sexual, en el sentido social de que es patriarcal (es decir, el pacto establece el derecho político de dominación de los varones sobre las mujeres), y sexual porque establece un orden de acceso de los varones al cuerpo de las mujeres. Este contrato se funde con en la naturaleza y desigualdad de varones y mujeres, de heterosexuales y no heterosexuales. El feminismo radical, representado en el pensamiento de Monique Wittig, crítica el poder sexual concentrado en la cuestión de la cultura patriarcal como creadora de relaciones de dominación y subordinación, relacionado con el carácter opresivo del pensamiento heterocentrado, en el intento por universalizar la producción de conceptos a partir de la negación de las prácticas concretas. Este feminismo, pretende pensar la clase sexual como fundamental para entender las relaciones de poder, constituyendo a la mujer en una clase, y el hombre, la clase opuesta. La radicales afirman que no es posible justificar un sistema de clase sexual discriminatorio en términos de su origen en la naturaleza. Las feministas radicales establecen que el sexo –en tanto asunto personal– se convierte también en político, y afirman que las mujeres comparten su posición de opresión por la política sexual de la sociedad. Al final de cuentas, la estructuración de la sociedad a través de la división sexual limita las actividades, deseos y aspiraciones de las mujeres, y por eso, el hecho de que las mujeres sean mujeres es más relevante que las diferencias de clase y raciales, construyendo así a la mujer como un sujeto unificado.

2. Feminismo socialista: Crítico del del feminismo radical. En disonancia con las teorías radicales, el feminismo socialista nos dice que un análisis de clase feminista debe reconocer las distinciones de clase social, de raza y de situación matrimonial, y no proponer, pues, que todas las mujeres tienen una situación común y unificada. Esto sería la interseccionalidad: el modo en que las categorías sociales como etnia, religión,clase, están entrelazadas con las categorías de género, y el modo en que interactúan. Una vez identificadas las diferencias entre las mujeres, es necesario señalar la existencia de puntos de contacto que proporcionen una base para la organización interclasista en torno a problemas como el aborto, la violación y el cuidado de los niños. El feminismo socialista es entender el sistema de poder que deriva del patriarcado capitalista. Con ello se acentúa la dialéctica entre la estructura de clases y la estructuración sexual jerárquica de la sociedad masculina, y se pone de manifiesto la conexión entre la opresión sexual, la división sexual del trabajo y la estructura económica de clase. Como vemos, las feministas socialistas analizan el poder en términos de sus orígenes de clase y de sus raíces patriarcales, efectuando, de ese modo, una síntesis entre el análisis marxista y el feminismo radical e interrelacionando estas dos teorías del poder a través de la división sexual del trabajo. El feminismo socialista critica el modo de referirse a la biología de la mujer como una condición estática y atemporal, asocial y ahistórica. El feminismo socialista, en otras palabras, intenta superar la crítica del esencialismo propuesta por las corrientes radicales, argumentando que hablar de las mujeres como grupo, como conjunto con características e inquietudes semejantes no responde a la compleja y plural realidad de las distintas mujeres.

3. Feminismo de género: El sistema de sexo/género, planteado por Gayle Rubin, constituye un término neutro que describe correctamente la organización social de la sexualidad (sujeta, esta última, a convenciones y a la interacción humana); y mantiene la distinción entre la necesidad humana de crear un mundo sexual y los modos opresivos en que se han organizado los mundos sexuales. Es tanto una construcción sociocultural como un aparato semiótico, un sistema de representación que asigna significado (identidad, valor, prestigio, ubicación en la jerarquía social, etc) a los individuos en la sociedad. Un sistema de sexo/género es el conjunto de disposiciones por el cual una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana y satisface esas necesidades humanas transformadas. En otras palabras, los sistemas de sexo/género son el producto de la actividad humana histórica. El género es una división de los sexos socialmente impuesta, resultado de relaciones sociales de sexualidad y de la aculturación de la sexualidad biológica a nivel social. Así, el término género, que designa un sistema de clasificación bipolar, subraya el carácter social de las distinciones basadas en el sexo y rechaza el determinismo biológico implícito en las palabras “sexo” y “diferencia sexual”. De este modo, el género cobró el sentido de un “saber sobre la diferencia sexual”, no limitado al “sexo natural” (presencia o ausencia del falo) sino focalizado en las formas en que los sujetos sociales elaboran los roles biológicos sexuales produciendo valores, creencias y normas. Este feminismo plantea que hay que dejar de considerar la heterosexualidad como factor incuestionable. En este sentido, los sistemas de parentesco no sólo estimulan la heterosexualidad haciéndola implícita, sino que a su vez exigen formas específicas de vínculos sexuales: por una parte, dejan de lado las relaciones no heterosexuales; por la otra, generan una escala de legitimación cultural, social, legal, económica y política sobre qué relaciones heterosexuales son aceptadas y cuáles no. El dispositivo de la heterosexualidad reduce, así, la diversidad de lo social a una oposición entre dos, a un juego de binarismos, donde lo masculino y lo femenino se constituyen como la base obligatoria de la sociedad.

4. Feminismos queer: Proponen un enfoque superador del binarismo sexo/género desarrollado por Rubin. De este modo, el sexo deja de entenderse en oposición al género como natural y prediscursivo, para empezar a ser pensado como el resultado de una repetición de prácticas y discursos ajustados a los ideales heteronormativos de la sociedad moderna, entendiendo a la heteronormatividad como un dispositivo social que establece a la heterosexualidad como categoría universal, natural y estable. En otras palabras, para el feminismo queer el sexo no es una condición estática pre discursiva de un cuerpo sobre la cual se impone la construcción del género discursivamente, sino un proceso mediante el cual las normas reguladoras obran de manera performativa para construir la materialidad de los cuerpos, y logran tal materialización a través de la reiteración de esas normas. Es por ello que la performatividad no es un acto único, sino una repetición de los regímenes sexuales reguladores. De este modo, la construcción de lo humano es una operación diferencial que produce lo más humano y lo humanamente inconcebible, susceptible las posibilidades de rematerialización abiertas por este proceso las que marcan un espacio en el cual la fuerza hegemónica de la ley reguladora puede volverse contra sí misma y permitir, así, la existencia de prácticas e identidades sexuales que escapan a los modelos teóricos y empíricos heteronormativos pero que existen independientemente de esos modelos en sus experiencias concretas y cotidianas. Representantes de este feminismo son Judith Butler y Adrienne Rich, que plantean la emergencia de que crezca la idea de feminismo queer.

A pesar de sus diferencias, las teorías y prácticas feministas revisadas parten de la afirmación de Simone de Beauvoir referida a que no se nace mujer, sino que llega una a serlo, para contestar la naturalización de la diferencia sexual y modificar esos sistemas históricos de diferencia sexual, en los que los hombres y las mujeres están constituidos socialmente en relaciones de jerarquía. El concepto de género ha subrayado el carácter representacional de las identidades, es decir, cómo las imágenes, sentidos y prácticas de lo masculino y lo femenino se moldean culturalmente. De manera tal que, como modo de relación, ni el género ni la sexualidad son algo que poseemos, sino un modo de ser para otro. Este punto de vista relacional ha indicado que lo que es el género siempre es relativo a las

relaciones construidas en las que se determina. Somos seres sociales que se comportan en relación con el otro, constituidos por un conjunto de normas culturales que nos excede y nos proveen guías o instrucciones para las conductas sexuales que son apropiadas para esa cultura. En este contexto, los aportes del feminismo –en todas sus formas– han erosionado los principios heteronormativos de las sociedades modernas y permitido la emergencia de demandas por el reconocimiento de nuevas identidades sexuales y de género, como son las LGBTI. En otras palabras, los feminismos deben entenderse como condición de posibilidad para que la diversidad sexual se afirme y se exhiba con nitidez en el espacio público, dando cuenta del carácter eminentemente político que conlleva toda identidad, como así también de su potencial crítico y transformador.

Texto Richard – Términos críticos de sociología de la cultura

Género como categoría – Género como organizador de la diferencia sexual

Carácter relacional de la identidad de género

Carácter representacional de las identidades

Relaciones de producción – relaciones de reproducción

Separación de lo público – lo privado

Universalización de lo masculino

Estudios de género

Identidad como práctica articulatoria

Sujeto del feminismo

Nomadismo de identidades

Los usos de la palabra género han sido marcados por la explícita connotación sexual. Sin embargo, término género y la separación de sus vínculos significativos con la categoría sexo, representan la mayor conquista del feminismo contemporáneo, que ha utilizado dicho término para instalar la problemática de la desigualdad sexual en varios escenarios de intervención social, de lucha ciudadana y de producción académica e intelectual. La palabra género, proviene etimológicamente, del verbo latino engendrar, y del prefijo latino raza, clase; cruza en su raíz misma, la dimensión propiamente sexual del engendramiento con la dimensión taxonómica que remite a un principio de identificación. El género designa lo clasificado (hombre o mujer), pero apela también y sobre todo al sistema general de identidad sexual que organiza tal clasificación con sus funciones normativas y prescriptivas. Al argumentar que género es tanto la categoría (masculino, femenino) como el sistema que organiza la diferencia sexual, el feminismo insiste en el carácter relacional de las identidades de género, que deben, por lo tanto, ser leídas interactivamente.

El concepto de género se ha convertido en el operador estratégico del modo en que el feminismo demuestra que las identificaciones sexuales no pueden reducirse a la propiedades anatómicas o biológicas de los cuerpos de origen de los sujetos designados como “hombres” y “mujeres” ni a los roles socialmente programados en función de estas asignaciones, sino que deben entenderse como producto de las complejas tramas de representación y poder que se imprimen en los cuerpos sexuados atravesando discursos simbólicos de la cultura y cuestiona la naturalización de lo femenino en una esencia sexual o en la representación universal de la mujer que lo sujeta a un contenido de identidad homogéneo e invariable, para insistir, en cambio, en los múltiples procesos sociales y en las mediaciones culturales que se intersectan en la relación entre categoría sexual e identidad de género. La eficacia del concepto de género radica en que visibiliza teóricamente el corte entre naturaleza (cuerpo sexuado) y cultural (construcción social de la diferencia sexual). La decisiva importancia del concepto género, se inscribe en una lectura crítica de las relaciones de opresión y desigualdad humana. El feminismo intenta insertar la problemática de género en la teoría social y política del marxismo. El feminismo ha discutido, sobre seguir reduciendo lo económico a las relaciones de producción (vinculadas al trabajo, producto y mercancía); este movimiento pretende dejar de excluir de sus análisis de lo social el amplio el mundo de las relaciones de reproducción basadas en el rol que desempeñan las mujeres en la estructura social. Fue necesaria la elaboración de la categoría de género para denunciar la reducción de lo económico a lo productivo y, consecuentemente, la exclusión de lo reproductivo (maternidad, familia, hogar) del campo de visibilidad de los mecanismo de poder y subordinación genérico-sexuales.

La utilización del concepto de género permitió reflexionar sobre las implicaciones que tiene esta división del espacio público y privado, en regiones desigualmente valoradas. Según esta división, lo público recibe la connotación de masculino (hombre, política), y lo privado (mujer, hogar, trabajos específicos, relacionados por ejemplo a la ornamentación), de lo femenino. Mientras el mundo de los público (simbolizado por lo masculino) se asocia con los valores de fuertes de razón, acción y poder (ciudadanía y política), el mundo de lo privado se relaciona con el cuerpo, la domesticidad y la afectividad. La connotación abierta de los público coloca a lo masculino del lado de lo general y lo universal (historia, sociedad), mientras que la connotación cerrada de lo privado confina lo femenino al registro de lo particular y lo concreto (lo no abstracto) de la subjetividad y la intimidad, desvinculando a las mujeres de los espacios de reconocimiento del poder, se relega a las mujeres al mundo de los invisible. Vemos así que las relaciones de jerarquía y discriminación entre lo masculino-público y lo femenino-privado tienen consecuencias en el campo de la teoría social y política desde el punto de vista de como hacer jugar universalidad y particularidad en la concepción de la ciudadanía. La crítica feminista de la división entre lo público y lo privado, como división regida por una ideología sexual dominante, que determina las formas de estructuración social y político.

La crítica feminista ha demostrado que el saber significativo (supuestamente puro y desinteresado), se esconde en los “neutro” (lo impersonal) para disimular la universalización de lo masculino, que se convierte así en el saber hegemónico del pensamiento occidental. La crítica feminista del saber ha desenmascarado las falsas pretensiones de objetividad e imparcialidad del conocimiento universal, cuya “universalidad” se erige censurando la particularidad de la/s diferencia/s. Subrayar las asimetrías de posiciones que derivan del sistema de género le ha servido a la crítica feminista para denunciar abusos de poder/saber cometidos en nombre de lo que Foucault llamaba, la tiranía de los discursos globalizantes, que hablan en nombre del saber “verdadero”. Los estudios de género se ocupan de deconstruir los marcos disciplinares de los campos de estudios tradicionales (historia, antropología, literatura, filosofía, etc.) acusando el modo en que la manipulación de la diferencia sexual en favor de lo masculino-hegemónico influye sobre los trazados del pensamiento que ordena saberes y disciplinas. Los estudios de género han servido para valorar las contribuciones de las mujeres al campo del conocimiento que había sido omitida o descalificada por el predominio de representación y autoridad de lo masculino.

La 1ra ola feminista, en siglo XIX, pelean por la emancipación de la mujer y por el voto femenino. Su objetivo era la incorporación de la mujer al trabajo, a la capacitación profesional y a la educación para nivelar las desigualdades.

Sin embargo, sigue habiendo una brecha en la igualdad formal (acceden a la educación, el trabajo, por ejemplo) y real entre el hombre y la mujer: la educación para las mujeres es para ser una buena mujer y no para tomas decisiones (no acceden al espacio de poder).

La 2da ola feminista (1960-1970), plantean la necesidad de entender que dentro de las mujeres hay diferencias sas por la clase, la raza, etc.. Simone de Beauvoir, la mujer es una construcción, no es natural, hay que desnaturalizar la categoría mujer. Acceden al voto pero sigue la desigualdad.

La evolución feminista:

1. El primer modo de utilizar el género dio lugar un feminismo de la identidad genérico-sexual

2. Este primer feminismo, se encuentra hoy rigurosamente contestando por quienes, desde un nuevo feminismo de la/s diferencia/s, se oponen a su reduccionismo esencialista: los análisis basados en esta noción (la de género) se concentraron insistentemente en explicar cómo los sujetos adquieren y actúan los roles e identidades de género. Aunque no estuviera explícito, este enfoque presupone la existencia de una identidad personal o de un yo limitado originario, que a través del proceso de socialización, primero en la familia y luego en los distintos ámbitos sociales, adquiere la capacidades, motivaciones y prescripciones propias de su identidad genérica adaptándose a las expectativas y los mandatos culturales.

3. Como es evidente, esta concepción no tardó en ser cuestionada por su sesgo funcionalista y mecanicista. Las nuevas posturas feministas, que se identifican con las tendencias desconstructivistas y postestructuralistas, han quebrado la linealidad del relato antipatriarcal basado en una construcción demasiado homogeneizante de las identificaciones sexuales.

4. El influyente trabajo de Judith Butler que rodea de sospechas el modo en que esta misma división -naturaleza/cultura, sexo/género- vuelve a sumergir el cuerpo y a la mujer en la naturaleza, es decir, en el lugar precrítico de una sustancia ajena al orden discursivo, a sus recortes y modelizaciones culturales. Butler muestra que si el género es una forma de existir el propìo cuerpo, y el propio cuerpo es una situación, un campo de posibilidades culturales a la vez recibidas y reinterpretadas, entonces tanto el género como el sexo parecen ser cuestiones completamente culturales. Critica el corte binario entre cuerpo sexuado (lo dado) y construcción social (lo creado), o bien entre identidad natural (sexo) e identidad generalizada (los repartos simbólicos de lo masculino y lo femenino). La crítica feminista ha renunciado a seguir pensando el yo femenino, la identidad de la mujer, como sustancia homogénea y verdad originaria, porque aprendió que ningún sujeto -ni masculino ni femenino- coincide plenamente consigo mismo. Tuvo que abrir el nexo entre mujer y feminidad a las rupturas y discontinuidades que fracturan internamente cualquier transcurso de subjetividad. Debió también salirse de la cárcel metafísica de las oposiciones binarias y abrir la subjetividad a una constelación múltiple de rasgos segmentales y articulables (de género, pero también de raza, clase, raza, etc.) que ponen al yo en relación, en situación y en posición. La identidad deja de ser un conjunto cerrado y fijo de atributos predeterminados para volverse una práctica articulatoria: un proceso de subjetividad que se deshace y rehace mediante identificaciones tacitas con diferentes posiciones de sujeto móviles y cambiantes. El aporte crítico de la deconstrucción al feminismo ha tenido resultados altamente ventajosos que le permitieron abandonar la idea de que la relación entre mujer, género, identidad, diferencia es una relación lisa y transparente, unívoca.

“El sujeto del feminismo”, no sólo es distinto de la Mujer con mayúscula, la representación de una esencia inherente a todas las mujeres, sino también distinta de las mujeres, de las reales, seres históricos y sujetos sociales que son definidos por la tecnología de género. El sujeto del feminismo es una construcción teórica (una manera de conceptualizar, de explicar ciertos procesos, no las mujeres).

Los géneros, en tanto institución discursiva, son clases de textos u objetos culturales, discriminables en toda área de circulación de sentido y en todo soporte de la comunicación. Hay géneros literarios, del entretenimiento, del discurso político, por otro hay también géneros televisivos, radiofónicos, gráficos, etc. Los géneros contribuyen a organizar. Estos, salvo en el caso de algunos géneros primarios (como el saludo), universales; constituyen expectativas y restricciones culturales, y dan cuenta de diferencias culturales.

Texto Felitti y Queirolo – Cuerpos, género y sexualidades a través del tiempo

La sexualidad como una construcción social, por lo tanto, histórica.

Incorporación del enfoque de género en el análisis histórico.

Invisibilización de las mujeres en el campo historiográfico.

La sexualidad adquiere carácter heteronormativo y relega a los márgenes otras identidades y prácticas.

La historia de las mujeres: visibilización de la participación femenina en los distintos procesos sociales del pasado.

La sexualidad, lejos de ser la manifestación de un instinto natural y un destino biológico, es una construcción social y por lo tanto histórica. En las distintas culturas y a lo largo del tiempo, las personas han variado sus formas de relacionarse eróticamente y de explicar la diferencia sexual. Es así cómo las maneras de enamorarse, de dar y sentir placer, de concebir el cuerpo, de organizar la pareja y las familias fueron transformándose con el correr de los años. Por largos siglos la “Historia del hombre” propuso una reconstrucción del pasado que prescindió de las mujeres e ignoraba tanto a los varones que no encajaban en el modelo de virilidad hegemónico como a las identidades sexuales que escapaban a la categorización binaria de lo femenino y lo masculino. Este ocultamiento, que también afectaba a otros grupos sociales subalternos –indígenas, afrodescendientes, trabajadores, obreros, campesinos– sirvió como mecanismo de exclusión (estudios críticos de la historiografía)

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los historiadores sólo debían mostrar lo que realmente había sucedido, sin hacer valoraciones que pusieran en duda la objetividad. Con esta pretensión de certeza, los documentos escritos se concibieron como las únicas fuentes serias. De este modo, los relatos del pasado quedaron reducidos a una sucesión de hechos políticos, ordenados cronológicamente, protagonizados por varones –reyes, ministros, diplomáticos, militares–, los únicos habilitados para desempeñar estos cargos y por ende, para trascender el paso del tiempo. Bajo este esquema las mujeres fueron ignoradas. La única concesión fue el rescate de alguna figura excepcional, generalmente recordada por sus relaciones con otros varones –padres, hermanos, maridos, hijos–, protagonistas indiscutibles de la historia. El modelo historiográfico reprodujo los estereotipos de lo masculino y de lo femenino consolidados en el siglo XIX. Según ellos, los varones eran racionales, activos y tenían el mundo público como escenario de acción, mientras que las mujeres eran emocionales, pasivas y encontraban en la esfera doméstica su lugar de pertenencia. Este modelo, denominó androcéntrico, encaraba las investigaciones desde el punto de vista masculino, tomando al hombre como factor explicativo del funcionamiento de las sociedades. Este lugar central tampoco era asumido por cualquier tipo de varón, sino por aquellos que habían asimilado los valores propios de la virilidad y eran capaces de imponer su dominio. Por otro lado, la sexualidad adquiría un carácter heteronormativo y relegaba a los márgenes otras identidades y prácticas.

A partir de la década de 1930, los protagonistas de la historia ya no serían solamente los “grandes hombres” sino grupos sociales específicos, como el campesinado y la clase obrera. A pesar de lo revolucionario de los cambios, en un primer momento la dimensión de la diferencia sexual fue ignorada. Al calor de los agitados años ’60, la historiografía marxista británica propuso incluir a los ausentes con una “historia desde abajo” aunque subordinó la diferencia sexual a las cuestiones de clase; el desarrollo de la antropología colocó los roles sexuales y dinámicas de parentesco en primer plano. Las primeras manifestaciones de los grupos de diversidad sexual y la creciente visibilidad e influencia del feminismo, reforzaron los cambios en el paradigma científico.

Las demandas de inclusión que se daban en las calles y el creciente reconocimiento internacional de la cuestión de la mujer, se trasladaron al campo académico y dieron lugar a un original y valioso cruce entre el compromiso político, la militancia y el trabajo universitario. En esta conjunción nació la historia de las mujeres, cuyo objetivo fundacional fue visibilizar la participación y aportes femeninos en los distintos procesos sociales del pasado. Rápidamente las investigaciones se expandieron y con ellas surgieron nuevos problemas para resolver. En primer lugar, debía lucharse contra la edificación de la categoría “mujer” como un concepto de características esencialistas, que no distinguía diferencias de clase, étnicas, etarias, nacionales, regionales, ni de identidad sexual. Esta concepción obturaba las experiencias de las mujeres como colectivo heterogéneo, simplificaba los análisis y restaba fuerza y representatividad a la movilización política. En gran parte de las universidades norteamericanas referirse a la “mujer” se había convertido en sinónimo de estudiar a la mujer blanca, estadounidense, de clase media, heterosexual, dejando de lado a aquellas surcadas por otras identidades: mujeres afrodescendientes, indígenas, migrantes, pobres, lesbianas.

Por otra parte resultaba necesario superar las descripciones que colocaban yuxtapuestamente a las mujeres en el lugar de víctimas de la opresión masculina o como heroínas que luchaban contra ella, sin avanzar en un análisis más complejo y matizado que explicara las causas de dicha dominación. La incorporación de la categoría de género intentó brindar una alternativa a estas encrucijadas, al explicar la diferencia sexual desde una perspectiva social y cultural, cuestionando cualquier determinismo biológico. Inspirados por estas concepciones, varios estudios comenzaron a mostrar que la biología tampoco escapaba a lo social, dado que la materialidad del cuerpo no aseguraba una única realidad, ni podía comprenderse fuera de las construcciones ideológicas que le daban sentido. Así, el género se concebía como “un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos” y como “una forma primaria de relaciones significantes de poder”.

Indudablemente no basta con modificar la denominación “Historia del hombre” por “Historia de la humanidad” como una operación de corrección política, sin cuestionar en profundidad las premisas y la metodología de la disciplina. Tampoco se trata de reparar la larga ausencia de las mujeres en los libros de texto con un recuadro que sintetice, en pocas líneas, la acción de las sufragistas inglesas o de las mujeres durante la Revolución Francesa. En algunos casos ni estas escuetas evocaciones existen dado que se ignoran las experiencias, persecuciones y luchas de los grupos de diversidad sexual, como si el amor lésbicogay, el travestismo y las personas intersex fueran una “invención” del presente. Pensar en clave de género y sexualidad la historia debería incitarnos a plantear nuevas preguntas que sacudan algunas de nuestras certezas. Por ejemplo, interrogarnos si es correcto referirse a la Ley Sáenz Peña como una norma de sufragio universal cuando ésta no habilitaba a las mujeres a hacerlo, ni tampoco les daba la posibilidad explícita de ocupar ningún cargo. Adentrarse en estos temas, requiere cambiar el punto de vista sobre aquellas cuestiones que por tan transitadas nos parecen “naturales” y evidentes. El ejercicio de pensar el modo en que se configuraron ciertas creencias y pensamientos sobre el amor, el sexo, la pareja, el matrimonio, las relaciones familiares, la feminidad, la masculinidad, las sexualidades normativas y las “migrantes” permite ver los diferentes momentos en que se condensaron aquellas premisas que hoy rigen nuestras propias vidas. Si acordamos entonces, que la sexualidad es una construcción histórica y develamos que la diferencia sexual ha condicionado y condiciona las experiencias humanas, nuestra tarea educativa es vasta. La educación sexual integral ofrece un área abierta y en construcción para actualizar nuestros saberes y comprometernos de manera creativa con la nueva ley, en defensa de los derechos humanos y la igualdad de oportunidades.

En los últimos años mucho se ha discutido acerca de si la “historia de las mujeres” debería avanzar a la “historia de género”, considerando estos estudios una etapa necesaria pero ya superada. Los equívocos persisten, se confunde género con mujer, feminismo con odio a los hombres e interés masculino por estos temas con sensibilidad gay. Por eso es importante recodar que la historia entendida desde el género no se ocupa sólo de las mujeres y tampoco debería ser un modo de abordar el pasado encarado exclusivamente por ellas. El enfoque de género se postula relacional y permite superar la construcción binaria de lo masculino y lo femenino para pensar las condiciones de formulación y cuestionamiento de estas ideas y el modo en que se producen y conceptualizan otras identidades sexuales y genéricas. La constante expansión de áreas de estudios sobre diversidad sexual va de la mano de los movimientos de reivindicación política de los grupos GLTTTBI (Gays, lesbianas, transexuales, travestis, transgénero, bisexuales e intersex) y confirman la interrelación entre los cambios en los paradigmas científicos y el terreno de la política, la histórica vinculación de los estudios de género con el feminismo y otros movimientos de justicia y reconocimiento de las diferencias identitarias.

Puntos a tener en cuenta para pensar la historia en clave de género:

1. Trabajar desde lo interdisciplinario

2. Evitar la fragmentación

3. Comprender el género en su complejidad (recordar que éste no es un sinónimo de mujer).

4. Relacionar el enfoque de género con otras categorías como la clase, la edad, la etnia, la nacionalidad, etc.

5. Reflexionar sobre lo que enseñamos, lo que no, cómo lo hacemos,

6. Repensar las grandes periodizaciones y sus características

7. Fomentar la participación y el pensamiento crítico

8. Cuestionar las naturalizaciones sobre las identidades de género y promover una lectura no androcéntrica

Texto Fabbri – Sexualidad, salud y sociedad

Utilización de la perspectiva feminista para el análisis del lugar de los varones en el sistema patriarcal

Participación de los varones en la lucha feminista

Sujeto político del feminismo

Aportes realizados por los colectivos de Varones Antipatriarcales

Rol de varones en la reproducción y transformación de las relaciones jerárquicas de poder entre los sexos

Desafíos de la participación de varones en la lucha feminista

Fabbri se propone reflexionar acerca de dos espacios militantes, en los que él mismo participó: los colectivos de varones antipatriarcales y organizaciones de la izquierda independiente/popular en la Argentina, junto con compañeras feministas. Este último un espacio de reflexión inter-género, buscaba problematizar aquellos mitos y prejuicios que circulan en torno al feminismo como una ideología burguesa que divide o desvía la lucha de clases, como un movimiento integrado por mujeres blancas, cultas y de clases medias “en contra” de sujetos masculinos heterosexuales y blancos. Quiere problematizar las desiguales relaciones de poder entre mujeres y varones en estas organizaciones, aportar procesos de patriarcalización de las mismas, etc., y responder a la pregunta sobre si es posible la participación de varones en la lucha feminista.

Fabbri se presenta como puto (apropiándose de la palabra despectiva y reivindicar el orgullo de visibilizar las disidencias sexuales), feminista (feminismo popular), militante de izquierda, investigador-activista, habitando la categoría sexual y política de “varón” (autopercibido como tal, en el marco de una sociedad hetero-patriarcal que les otorga privilegios negados a otras identidades sexogenéricas).

Define el feminismo popular (socialista, latinoamericano, anti-heterosexista y decolonial), afirmando que este funciona en el marco de las luchas contra un sistema de dominación múltiple, de opresión y explotación; en donde las mujeres feministas son el principal actor protagónico de acción, pero no el único posible de esta agenda de lucha.

Según Fabbri, los varones son un actor importante en el avance de procesos deconstructivos. Algunos aportes de los colectivos de varones antipatriarcales al feminismo popular:

1. El involucramiento de varones antipatriarcales, abrió la discusión sobre el “sujeto político”. Quienes sí y quienes no, pueden ser parte de esta lucha (quienes pueden ser el sujeto político). El involucramiento de varones antipatriarcales, como sujetos aptos de ejercer el rol dominante en el patriarcado, permitió que se empiece a discutir sobre quienes podrían ser los sujetos políticos de esta lucha (ej.: cuestionamiento de la participación o no de mujeres trans y travestis), y si los hombre pueden o no, transformarse en feministas.

2. El involucramiento de varones antipatriarcales, potenció la capacidad de intervención de los colectivos feministas en el interior de sus organizaciones y su poder para interpelar a sus propios compañeros varones a abandonar la histórica apatía e indiferencia antes sus reclamos y mostrándoles la posibilidad de involucramiento activo.

3. El involucramiento de varones antipatriarcales, contribuye a la construcción de argumentos, complementarios a los históricamente elaborados por las mujeres feministas (luchas por la legalización del aborto, contra la violencia de género, en el cuestionamiento de los micromachismos, etc.)

4. El involucramiento de varones antipatriarcales, pone como posibilidad de nombrarse feminista, para aquellos sujetos en la masculinidad que no consideran que puedan nombrarse feministas.

Este involucramiento dio lugar a tensiones en la lucha feminista. Algunos de ellos fueron:

1. Surge el cuestionamiento sobre si el varón ¿es opresor?, u ¿opresor y oprimido?. Hace surgir la pregunta de qué rol tiene el varón en este juego de opresor y oprimido (el rol de varones en la reproducción y transformación de las relaciones jerárquicas de poder entre los sexos).

2. Surge el cuestionamiento acerca de cómo poner en evidencia lo negativo de los costos y beneficios de ser varón (en relación a la opresión de las mujeres) sin caer en la victimización. Es decir, que la lucha principal y la más importante es en relación a la opresión que sufren las mujeres y otras identidades no normativas (la compleja relación entre los costos y los privilegios derivados de el ser masculino).

3. Surge el cuestionamiento acerca de la legitimidad del cambio real de los varones

4. Surge el cuestionamiento sobre la visibilidad y protagonismo de los colectivos varones en la agenda feminista.

Algunos desafíos de la participación de los varones en la lucha feminista:

1. Superar la dicotomía victimización/autoflagelo, opresor/oprimido. Es cierto que el patriarcado construye mandatos hacia los varones, pero no se puede negar que son esos mandatos los que le permiten a los varones ponerse en ese rol hegemónico jerárquico.

2. Construir dispositivos metodológicos para evitar la tendencia masculina al auto-centramiento -victimizarse-. Es decir, si bien los varones tienen mandatos que los oprimen, el activismo feminista debe atender prioritariamente a las problemáticas de quienes se encuentran más perjudicadas por este sistema de dominación (y obviamente, esos no son los varones).

3. Evitar la creación de los colectivos varones generando espacios de praxis conjunta y sistemática con las mujeres y otros sujetos feministas, construyendo espacios de confianza, escucha y apertura crítica. La sospecha feminista (acerca del real cambio), debe ser una herramienta utilizada por los mismo hombres (cuando un varón crea que ha cambiado lo suficiente, debe cuestionarse si en realidad es lo suficiente). La posibilidad de devenir feministas por parte de los varones, requiere un trabajo de deconstrucción de la propia masculinidad, empoderando las identidades feminizadas y desempoderamiento de las masculinizadas bajo patrones patriarcales. Es decir, , abandonar progresivamente la masculinidad (que de manera consciente e inconsciente les aporta privilegios y los convierte en sujetos dominantes), para así devenir sujetos más libres e iguales.

4. Superar los escenarios de fragmentación que debilitan al movimiento feminista sexo-género diverso, construyendo tácticas y estrategias de manera conjunta, sea articulando las agendas entre colectivos organizados en función de experiencias generalizadas particulares, sea en el marco de construcciones feministas, mixtas, o de intergéneros

Texto Connell – La organización social de la masculinidad

Masculinidad como un aspecto de una estructura mayor

Concepto relacional

Enfoque esencialista

Definiciones normativas

Enfoque semiótico: sistema de diferencia simbólica

Escenario reproductivo vs base biológica

Masculinidad y femineidad como proyectos de género

Dimensiones de poder, producción y cathesis en la estructura de género

Interseccionalidad (género-raza-clase)

Relaciones entre masculinidades: hegemonía, subordinación, complicidad, marginación

El género como un producto de la historia y como un productor de historia

Connell se propone definir la masculinidad. En su uso moderno el término asume que es la propia conducta el resultado del tipo de persona que se es. Es decir, una persona no-masculina se comportará diferente: sería pacífica en lugar de violenta, conciliatoria en lugar de dominante, sensible en lugar de dura, etc.. La masculinidad se define relacionalmente, no por lo que es, sino por lo que no es (la masculinidad existe solo en contraste con la feminidad). En contraste con la definición europea de antes del siglo XVIII, en donde las mujeres eran vistas diferentes a los hombres, pero no como el contrario sino como seres incompletos e inferiores (igual al hombre, pero con menos facultad de la razón, ej.). El varón tiene que ir reafirmando (frente a otros hombres), su masculinidad; todo el tiempo se pone en juego su masculinidad (no seas maricon, sos muy sensible, etc). Es por esto que el varón aprende que debe nombrar todo rasgo afectivo, delicado y pasivo, como cualidades femeninas, y evitar el asomo de estos rasgos, porque ellos son el anuncio de la homosexualidad (Humberto Abarca Paniagua). El varón mide y controla la masculinidad del otro todo el tiempo (se es varón porque otros varones te “reconocen” -controlan- como tal). El par de género funciona como un policía, un vigilante de lo masculino (del género). Los hombres escrutan a otros hombres (la masculinidad como validación homosocial) de forma cuidados y persistentemente, cuidan (en el sentido de vigilar) el cumplimiento o no de la norma. Es decir, que para hacerse varón, hay que “asesinar” los rasgos femeninos. La masculinidad huye de lo femenino, lo considera como lo abyecto (que amenaza el orden).

Posturas acerca de qué es la masculinidad:

1. Postura esencialista: la masculinidad es un rasgo o una serie de rasgos. Por ejemplo, considerar la agresividad como intrínsecamente masculina. La debilidad de este enfoque reside en que la delimitación de la esencia es bastante arbitraria, lo que genera disidencias entre los mismos teóricos esencialistas. Esta postura plantea volver a la supremacía de los hombres.

2. Postura positivista: la masculinidad es “lo que los hombres realmente son”. Surgen tres dificultades. En primer lugar, no hay descripción sin punto de vista (¿quién define lo que realmente son?), por tanto lo que aparece como neutral, supone asunciones sobre el género. Segundo, el enfoque positivista, está basado en estereotipos de género propios del “sentido común”. Tercero, definir la masculinidad como lo que-los-hombres-empíricamente-son, solo considera las diferencias entre hombres y mujeres como grupo, y no como los hombres difieren entre ellos mismos y las mujeres entre ellas mismas (por ejemplo, mujeres masculinas, hombres femeninos).

3. Postura normativa: es lo que los hombres deberían ser. Trata la masculinidad como una norma social para la conducta de los hombres. Las definiciones normativas produce paradojas, porque pocos hombres realmente se adecuan al “prototipo” de masculinidad.

4. Postura semiótica: basándose en la lingüística, este enfoque define la masculinidad a partir de la diferencia simbólica, donde masculinidad se conceptualiza como no-femineidad (¿la virilidad es algo propio de los hombres?, así como supuestamente ¿la maternidad es algo propio de las mujeres?). Esta definición escapa de la arbitrariedad del esencialismo, y de las paradojas de las definiciones positivas y normativas, pero es limitada.

El género es una forma de ordenamiento de la práctica social (algo que se hace). La vida cotidiana está organizada en torno al escenario reproductivo, definido por las estructuras corporales y por los procesos de la reproducción humana. Este escenario incluye el despertar sexual y la relación sexual, el parto y el cuidado del niño, las diferencias y similitudes sexuales corporales. Escenario reproductivo vs base biológica: escenario reproductivo refiriéndose a un proceso histórico que involucra el cuerpo y no un conjunto fijo de determinantes biológicas. El género es una práctica social que constantemente se refiere a los cuerpos y a lo que los cuerpos hacen, pero no es una práctica social reducida a los cuerpos. El género existe precisamente, precisamente en la medida que la biología no determina lo social.

Cuando hablamos de masculinidad y feminidad, estamos nombrando configuraciones de prácticas de género. Es decir, funcionan como proyectos de género. Encontramos la configuración genérica en la práctica de cualquier forma que dividamos el mundo social y en cualquier unidad de análisis que seleccionemos. La configuración de la práctica es aquí lo que los psicólogos han llamado tradicionalmente “personalidad” o “carácter”. Los críticos post-estructuralistas afirman que las identidades de género se fracturan y cambian porque múltiples discursos intersectan cualquier vida individual. Lo que delimita la masculinidad va mutando y cambiando sus fronteras constantemente. El género no está hecho una y vez y para siempre, va cambiando. Por lo que para él, la masculinidad es dinámica (mutan las fronteras) y relacional (no mujer-no homosexual, es decir que no tenga rasgos asociados con lo femenino). Este argumento destaca otro plano: el discurso, la ideología o la cultura. En este caso el género se organiza en prácticas simbólicas que pueden permanecer por más tiempo que la vida individual ( la construcción de masculinidades heroicas en la épica; la construcción de disforias de géneros o las perversiones en la teoría médica). Por otra parte, la ciencia social ha llegado a reconocer un tercer plano de configuración de género en instituciones tales como el Estado, el lugar de trabajo y la escuela. Muchos hallan difícil de aceptar que las instituciones estén sustantivamente provistas de género, no sólo metafóricamente. Esto es, sin embargo, un punto clave. El Estado, por ejemplo, es una institución masculina. La mayoría de los cargos de responsabilidad son ejercidos por hombres porque existe una configuración de género en la contratación y promoción y en la división interna del trabajo. La estructuración de la práctica no tiene nada que hacer con la reproducción en lo biológico. El nexo con el escenario reproductivo es social. Esto queda claro cuándo se lo desafía (ej: que tiene que ver la sexualidad con la capacidad para matar de un militar?)

La masculinidad está establecida por tres dimensiones:

1. Relaciones de poder: El principal poder en el sistema de género contemporáneo es la subordinación general de las mujeres y la dominación de los hombres (patriarcado).

2. Relaciones de producción: La divisiones genéricas del trabajo son conocidas en la forma de asignación de tareas. Se debe dar atención a la reparto desigual de los dividendos entre hombres y mujeres. Esto se discute más a menudo en términos de discriminación salarial

3. Relaciones de cathexis: El deseo sexual es visto como natural tan a menudo que normalmente se lo excluye de la teoría social. Las prácticas que dan forma y actualizan el deseo son así un aspecto de orden genérico. En este sentido, podemos formular interrogantes acerca de las relaciones involucradas (si ellas son consensuales o cervitivas, si el placer es igualmente dado y recibido, etc.)

Dado que el género es una manera de estructurar la práctica social en general, no un tipo especial de practica, esta inevitablemente involucrado con otras estructuras sociales. Es decir, el género intersecta -interactúa- con la raza y la clase. Y a su vez con la nacionalidad o la posición en el orden mundial. Este hecho también tiene fuertes implicaciones para el análisis de la masculinidad. Por ejemplo, las masculinidades de los hombres blancos se construyen no solo respecto a mujeres blancas, sino también en relación a hombres negros. En forma similar, es imposible comprender el funcionamiento de la clase trabajadora sin prestar importancia tanto a su clase como a sus politicas de genero. Por ende, para entender el género, entonces, debemos ir constantemente más allá del propio género. Lo mismo se aplica a la inversa. No podemos entender ni la clase, si una raza o la desigualdad global, sin considerar constantemente el género. Las relaciones de género son un componente principal de la estructura social considerada como un todo, y las políticas de género se ubican entre las determinantes principal de nuestro destino colectivo.

Con la creciente aceptación del efecto combinado (interseccionalidad) entre género, raza y clase, ha llegado a ser común reconocer múltiples masculinidades: negro y blanco, clase trabajadora y clase media. Esto sin embargo, arriesga otro tipo de simplificación exagerada. Hay hombres gay negros y obreros de fábrica afeminados, así como violadores de clase media y travestis burgueses.

Tipos de masculinidades imperantes actualmente en occidente:

1. Hegemónica: Hombres por sobre mujeres. La masculinidad hegemónica, sostiene una posición de liderazgo en la vida social de los hombres por sobre la subordinación de las mujeres. Esta hegemonía sólo se establece si hay respaldo de los niveles más altos del mundo empresarial, militar y gubernamental (que representa convincentemente la masculinidad hegemónica). La hegemonía puede ser desafiada por las mujeres, entonces esta es una relación históricamente móvil.

2. Subordinadora: Hombres heterosexuales por sobre hombres homosexuales. Se refiere a las relaciones de dominación y subordinación entre grupos de hombres. El grupo más importante de dominación es entre los hombres heterosexuales y los hombres homosexuales. Los hombres gay están subordinados a los hombres heterosexuales por un conjunto de prácticas cuasi materiales. Los hombres homosexuales sufren la exclusión política y cultural, abuso cultural, violencia legal (sodomía), violencia callejera (que va desde intimidación hasta asesinato), discriminación económica y boicots personales. Los homosexuales se ubican en la parte más baja de una jerarquía de género entre los hombres. Desde el punto de vista de la masculinidad hegemónica, la homosexualidad se asimila fácilmente a la feminidad. Sin embargo, la masculinidad gay no es la única masculinidad subordinada, pero sí la más evidente.

3. Cómplice: Hombres y privilegios de hombres. El número de hombres que rigurosamente práctica los patrones de masculinidad hegemónicos en su totalidad, pareciera ser bastante reducido. No obstante, la mayoría de los varones gana por hegemonía, ya que esta se beneficia con el dividendo patriarcal, aquella ventaja que obtienen los hombres en general de la subordinación de las mujeres. Es decir, que los hombres mantienen, quieran o no, una relación de complicidad del proyecto hegemónico por el simple hecho de ser hombres.

4. Marginal: Hombres blanco por sobre hombres negros o pobres. La interrelación del género con otras estructuras, tales como la clase y la raza, crea relaciones más amplias entre las masculinidades. Por ejemplo, en un contexto de supremacía blanca, estas estas por sobre las masculinidades negras.

Reconocer al género como un patrón social nos exige verlo como un producto de la historia y también como productos de historia. Habitualmente pensamos en lo social como menos real que lo biológico, lo que cambia como menos real que lo que permanece. Es precisamente la modalidad de la vida humana lo que nos define como humanos. Las relaciones de género (hombre-mujer), se forman y transforman en el tiempo. Por ejemplo, con el movimiento sufragista de mujeres y el primitivo movimiento homófilo, se hizo visible el conflicto de intereses basado en las relaciones de género. Los intereses se forman en toda estructura de desigualdad, lo cual necesariamente define grupos que ganaran y perderán directamente por sostener o por cambiar la estructura (lo hombres quieren conservar sus privilegios y las mujeres quieren un cambio- puja de intereses). Este es un hecho estructural, sin importar la posición de los hombre y las mujeres. Las luchas sociales son resultado de grandes inequidades (los hombres obtienen honor, prestigio y derecho a mandar por el patriarcado), y es por esto que es difícil imaginar la dominación sin violencia en pos de conservarla (silbidos en la calle, acoso en la oficina, violaciones y ataques domésticos, femicidios, abuso verbal). Es decir, sienten que esta violencia es justificada, que están ejerciendo un derecho que les corresponde respaldados por una ideología de supremacía por sobre las mujeres. La violencia además, puede ser una manera de exigir o afirmar la masculinidad en luchas de grupos (ej: violencia heterosexual vs. violencia homosxual). Sin embargo, la violencia demuestra la imperfección del sistema de dominación; una jerarquía completamente legítima tendría menos necesidad de intimidar.

Connel habla de la crisis de la masculinidad, planteando que la crisis no existe como tal, ya que no se está “destruyendo la masculinidad”, lo que está sucediendo es una ruptura o una transformación de la misma. La primera transformación de la masculinidad es el reconocer que no existe un solo tipo de masculinidad. Otras transformaciones del concepto de masculinidad:

1. Relaciones de poder: Hay un colapso visible de la legitimidad del poder patriarcal, y un crecimiento evidente de un movimiento global por la emancipación de las mujeres. Esto lleva por ejemplo, a que hoy en día existen hombres que apoyen las reformas feministas.

2. Relaciones de producción: Creció masivamente el empleo de mujeres casadas en los países ricos, y se incorporaron en mayor medida, mujeres a la mano de obra en los países pobres.

3. Relaciones de cathexis (deseo sexual): Es mucho más aceptada la sexualidad de lesbianas y gays, en cuanto alternativa pública dentro del orden heterosexual. Este cambio fue apoyado por la amplia demanda de las mujeres por el placer sexual y por el control de sus cuerpos, lo que ha afectado tanto a la práctica hererosexual como la homosexual.

Las profundas transformaciones que ocurrieron en las relaciones de género en el mundo, producen a su vez, cambios ferozmente complejos en las condiciones de la práctica a la que deben adherir tanto hombre como mujeres. Nadie es un espectador inocente en este escenario de cambio.

Texto Halberstam – Una introducción a la masculinidad femenina

Masculinidades heroicas (hegemónicas) vs. masculinidades alternativas

Masculinidad no es lo mismo que Virilidad

La masculinidad moderna puede estudiarse en la masculinidad femenina

Crítica a la estabilidad de los términos “mujer” y “varón” (p.39/40)

Complejas relaciones contemporáneas de poder en torno al género, la raza y la clase social.

Ambigüedades de género como desviación

Espacios públicos como santuarios de la feminidad y la masculinidad

Baños públicos como una fábrica de género

Ejemplos en el arte de cómo desestabilizador del sistema de género dominante

Halberstam, se propone definir la masculinidad por primera vez, por fuera del hombre. Decide estudiarla en este momento (1990) porque la masculinidad ha sido por fin reconocida como una construcción de las mujeres, y no solo de las personas nacidas hombres. Afirma que esta, es múltiple, e implica, afecta y atañe a todo el mundo, por lo que no puede ser reducida al hombre y sus efectos, porque esta no es expresión social ni cultural de la virilidad (masculinidad ≠ virilidad, masculinidad ≠ poder de dominación). Sin embargo, sostiene que la sociedad, se la pasa ratificando y consolidando las versiones de masculinidad hegemónica (masculinidades heroicas- varón blanco heterosexual de clase media), marginando las masculinidades alternativas. Por ejemplo, la masculinidad femenina es entendida como las sobras despreciables de la masculinidad dominante, con el fin de que la masculinidad de los hombres pueda aparecer como verdadera. Halberstam define como masculinidad tradicional (masculinidad hegemónica), a partir de las de las tres p: el hombre debe preñar, proveer y proteger. Según la masculinidad tradicional, a determinado sexo le corresponde supuestamente, cierto deseo y género (matriz heterosexual). El género por fuera de la matriz heterosexual En nuestra sociedad la masculinidad se asocia a valores de poder, legitimidad y privilegio; a menudo se la vincula simbólicamente, al poder del Estado y a una desigual distribución de la riqueza. La masculinidad parece difundirse hacia afuera del patriarcado y hacia adentro de la familia: representa el poder de heredar, el control del intercambio de las mujeres y el privilegio social. El escritor plantea la dificultad de estudiar la masculinidad por fuera del cuerpo del varón blanco de clase media: los hombres negros tienden a asociarse a la masculinidad excesiva, y la masculinidad insuficiente se asocia muy a menudo a los cuerpos de los asiáticos. Estas construcciones de estereotipos de masculinidad variable marcan el proceso por el cual la masculinidad se hace dominante en la esfera de la virilidad de los hombres blancos de clase media.

Halberstam sostiene que los estudios culturales insisten en mantener la idea de que la masculinidad es patrimonio de los cuerpos de los varones, y este interés por proteger y conservar la masculinidad de los varones, está evidenciado por ejemplo, con la dificultad por reconocer cuerpos con géneros ambiguos en la práctica social. Por ejemplo: binarismos en los baños públicos; falta de reconocimiento de las mujeres masculinas y de las chicas con aspecto de chico (existen múltiples figuras de mujeres fuertes, de mujeres identificaadas con elsexo opuesto, de butches superstars, de mujeres atletas y musculosas o de personas transgéneros nacidas mujer). Esto se traduce como un fracaso colectivo a la hora de imaginar y reconocer la masculinidad producida por, para y entre las mujeres.

Afirma que en términos de poder político y cultural, aun sigue habiendo una diferencia cuando la masculinidad coincide con el hecho de ser un hombre biológico. Por lo que hay que volver a la masculinidad dominante para empezar a deconstruir la masculinidad, porque lo que le da legitimidad social es la suma de la virilidad y la masculinidad. Hay que apartarse de la construcción acerca masculinidad de los hombres blancos para sacar a la luz otra formas de masculinidad más flexibles (ej: masculinidad femenina o lesbiana). Sin embargo, plantea que no hay que caer en la idea de que la masculinidad en varones solo puede existir en el contexto de subordinación y por ende del patriarcado (como afirma Smith), por qué desprecia otras masculinidades que por ejemplo, no están implicadas en la matriz heterosexual que produce la diferencia sexual y de poder (lesbianas). A esto lo critica por la estabilidad del término hombre y mujer (mujer es quien nace biológicamente como mujer, y viceversa), olvidándose de cómo interfieren estas variaciones del género en la “estabilidad” de los términos hombre y mujer (¿son las bolleras butch mujeres? ¿son hombres los varones travestis?).

Halberstam plantea que la masculinidad debe ser nombrada como “masculinidades”, en plural, ya que esta se define por medio de diferencias y contradicciones con otras masculinidades (relacionalmente): la masculinidad blanca dominante, está atravesada por otras masculinidades que la rodean (gay, bisexuales,negras,asiaticas y latina).

Jack Halberstam afirma que la masculinidad no es performativa (no es pensada, no es construida, es natural), la feminidad si (desde pequeña aprendemos sobre lo que es ser femenina).

Halberstam incluye en su introducción un análisis de la construcción de la masculinidad de James Bond (Pierce Brosnan), considerado un icono de hombre, en la película Goldeneye. Lejos de atribuirse a características biológicas, James Bond consigue ser un macho convincente gracias a los gadgets que usa en sus misiones, que el autor identifica como prótesis. No sólo es este “artificio técnico” lo que convierte a Bond en un macho alfa, sino que su masculinidad se intenta completar con el apoyo de dos de personajes. Una de ellas es M (Judi Dench), la jefa de Bond, una butch que, según Halberstam, es quien mejor encarna la masculinidad en la película. Para Halberstam, el personaje de M es todavía más subversivo (desestabilizador) si se tiene en cuenta que su masculinidad no está construida mediante una de las facetas que ha caracterizado tradicionalmente este género, que es la opresión de la mujer. Es M, quien nos convence de que el sexismo y la misoginia no son necesariamente una parte necesaria de la masculinidad. El otro personaje que sustenta la masculinidad del protagonista es Q (Desmond Llewelyn), el científico que, precisamente, le facilita los gadgets a Bond. Halberstam interpreta a Q como un queer bastante camp –según el autor, la inicial de su nombre sería un guiño a su identidad– que muestra las obras de la heterosexualidad dominante. La película entonces,consigue que se cuestione la heterosexualidad del héroe, aunque lo que se intentaba, era aumentar su masculinidad. Así la masculinidad de Bond, está vinculada no solo a una forma de personificación masculina completamente antinatural, sino también a las masculinidades gay.

El concepto chicazo (marimacho, tomboy), se refiere a un periodo de masculinidad femenina que se da en la niñez. Se refiere una niña o adolescente de rasgos físicos y aspecto masculino, con un comportamiento parecido a los chicos o que realiza actividades de “chicos”. La desviación de género en el caso de las mujeres (ser chicos), es mucho más tolerada que en caso de hombres (ser afeminados). El chicazo tiende a asociarse a un deseo por esa mayor libertad y movilidad que disfrutan los hombres. Sin embargo, la conducta de chicazo se castiga cuando se convierte en el indicador de una fuerte identificación con el varón (ponerse nombre de chico, no usar ropa de mujer, etc) y cuando amenaza quedarse más allá de la infancia. Es en la adolescencia de las mujeres donde los instintos de chicazo son remodelados y convertidos en formas aceptables de feminidad. La masculinidad en las mujeres, no es igual vista que la feminidad en los hombres. La masculinidad en las mujeres es percibida como un signo patológico, como una inadaptación, como una aspiración a ser y tener un poder que está siempre fuera de su alcance. A veces la masculinidad femenina coincide con los excesos de la supremacía viril, y a veces codifica una forma única de rebelión social.

Las palabras son taxonómicas (las palabras no nombran las cosas, construyen las cosas). Las taxonomías inmediatas son categorías que usamos a diario para interpretar nuestro mundo y que funcionan tan bien que en realidad no las reconocemos. Halberstam tiene el deseo de crear nuevas taxonomías, para crear nuevas clasificaciones del deseo, del físico y de la subjetividad, es decir nombrar lo abyecto (porque no se puede pensar lo que no es nombrable - relacionado con el origen del término queer). Un ejemplo de estas nuevas taxonomías que quiere determinar, es el sujeto queer, que desafía con éxito los modelos hegemónicos que determinan cómo deben ser los géneros.

Halberstam se propone investigar la masculinidad femenina, a través de una teoría que él denomina “teoría queer” (1980-2000, posmodernidad). Queer, porque intenta ser lo bastante flexible como para dar respuesta a las diferentes fuentes de información sobre la masculinidad femenina y porque, a su vez, supone una cierta deslealtad a los métodos académicos convencionales. Una teoría queer es una metodología carroñera que utiliza diferentes métodos para recoger y producir información sobre sujetos que han sido deliberada o accidentalmente excluidos de los estudios tradicionales del comportamiento humano. Halberstam crítica a la definición automática de que lo que no es hombre, es mujer y viceversa. Plantea la falta de opciones de género, opciones reales de vida no-hombre y no-mujer. La categorización biológica hombre/mujer, es una construcción porque que las categorías biológicas también se construyen. Esta flexibilidad de género que pretende Halberstam, haría que domine el “dimorfismo de género”. Dado que en realidad muy pocas personas cumplen con los requisitos establecidos socialmente para el varón y la mujer, el género puede llegar a ser muy impreciso y, por tanto, puede desplegarse de forma múltiple a través de un sistema rígido binario. Al mismo tiempo, como los límites que definen al hombre y a la mujer son tan elásticos, hay muy pocas personas en los espacios públicos cuyo género sea completamente irreconocible. El género ambiguo, se transforma inevitablemente en desviación, en algo inferior, en una versión borrosa del hombre o de la mujer. A partir de esto, plantea el “problema de los servicios”, en donde las personas con género ambiguo, son controlados por la vigilancia policial de género,y se les hace difícil “justificar” su presencia en los servicios. No-hombre y no-mujer, la persona de género ambiguo que utiliza los servicios no es tampoco una andrógina ni alguien que “está en el medio”, esta persona es “una desviado de género”. El problema de los servicios ilustra muy claramente la clara presencia del binarismo de género, a pesar de que muchas personas con género normativo no tienen idea de que existe un problema en los servicios públicos: Para una drag queen, por ejemplo, el servicio representa un límite en la vida pública. Su cuerpo, con sus necesidades y funciones físicas, impone un límite a su intento de funcionar normalmente a pesar de su imagen de género distinta, ya que las mujeres con género normativo, ponen en cuestión el derecho de la drag a utilizar el servicio (no por preocupación de que un hombre pueda estar en el baño y hacerles algo, si no más en sentido de malicia, para marcar un límite en el que ella es diferente a la mujer de género normativo), porque violan una regla esencial del género: una debe ser legible (como hombre o mujer) a primera vista. Por esto plantea la necesidad de crear servicios de acceso libre o multigeneros, o bien ampliar los parámetro de identificación de género. La frecuencia con que las mujeres de género desviado son tomadas por hombres erróneamente en los servicios significa que un gran número de mujeres femeninas pasan mucho tiempo e invierten mucha energía vigilando a las mujeres masculinas. Por el contrario ,en los servicios de caballeros, es más probable que el espacio se convierta en una zona de ligue que en un lugar para represión del género. En otra palabras, el servicio de caballeros constituye una arquitectura de vigilancia como una incitación al deseo, un espacio de interacción homosocial y de interacción homoerótica. Así, mientras los servicios de caballeros suelen funcionar como un espacio con una gran cargas sexual, donde las interacciones sexuales son promovidas y a la vez castigadas, los servicios de señoras suelen funcionar como un estado para reforzar la adecuación de género. Es decir que, el servicio de señoras es un santuario de la feminidad exacerbada, una habitación de muchachitas. El servicio de caballeros representa una extensión de la naturaleza pública de la masculinidad: precisamente es algo no doméstico. Los códigos que predominan en el servicio de señoras son principalmente códigos de género, en los servicios de hombres hay códigos sexuales. Sexo en público contra género privado, lugar abiertamente sexual contra lugar discretamente represivo: los servicios más allá del hogar toman las proporciones de una fábrica de género.

El escritor cita a Lacan, quien denomina “la ley de segregación urinaria”, para describir las relaciones entre identidades y significantes, y al final utiliza el simple diagrama de las señales de los servicios “señoras” y “caballeros” para mostrar que, dentro de la producción de la diferencia sexual, tiene prioridad el significante sobre el significado; en términos más sencillos, el nombre da el sentido, en lugar de reflejar. Plantea que los travestis y transexuales desafía este sistema al cuestionar la traducción literal de los signos “señoras” y “caballeros”, mostrando los obvios errores del sistema binario. El travesti, como un intruso crea un tercer espacio de posibilidad donde cualquier binarismo se convierte en inestable.

Halberstam afirma que el problema de vigilancia en los servicios de mujeres es más complejo que en los servicios de caballeros, porque en el primero se vigila no sólo a las travestis y transexuales, si no que a todas las mujeres con género ambiguo, mientras que en el servicio de caballeros los hombre biológicos (pero no heterosexuales), rara vez son considerados fuera de lugar. El escritor afirma que no nombramos ni destacamos géneros nuevos porque como sociedad estamos comprometidos en el mantenimiento de un sistema de género binario. Sin embargo, virtualmente nadie encaja en las definiciones de hombre y mujer al 100%, y es la flexibilidad del término hombre y mujer lo que asegura su longevidad (muy pocas personas tienen un género imposible de identificar o son totalmente ambiguas). Plantea la necesidad de un sistema de preferencias de género que permitiría la neutralidad de género hasta el momento en que la persona decida su género. En esta sociedad, es fácil parecer una mujer, y es relativamente difícil no parecer un hombre. A no ser que los hombres intentan conscientemente parecer mujeres, es menos probable que los hombres fracasen en su intento de pasar como mujeres en los servicios que en el caso contrario. Entonces ¿qué hace que la feminidad sea tan difusa (que un hombre pueda pasar como mujer) y la masculinidad tan precisa (que una mujer no pueda pasar como un hombre)?¿porque la feminidad puede ser representada o encarnada, mientras que la masculinidad parece resistirse a la imitación?¿porque en el caso de las mujeres masculinas en los servicios, por ejemplo, los límites de la feminidad se localizan tan rápido, mientras que los límites de la masculinidad en el servicio de caballeros parecen ampliarse bastante? Podríamos imaginar que el más leve toque de feminidad mancillar o rebajaría el valor social del varón, mientras que todas las formas masculinas adoptadas por mujeres produciría una elevación de estatus.

Halberstam se ocupa de estudiar la masculinidad femenina combinada con posibles identidades queer, y no con la masculinidad femenina heterosexual, porque afirma que tiene un grado de mayor aceptabilidad que las relacionadas con las identidades queer.

Las feminidades y las masculinidades minoritarias desestabilizan los sistemas de género en muchos lugares; por ejemplo en el arte. Un ejemplo, son las películas de artistas de color que intentan desmontar las relaciones jerarquizadas entre sexualidades dominantes y minoritarias; performance de drag kings, en donde subvierten la masculinidad dominante haciendo parodias del macho superestrella y transformando las formas convencionales del sexismo en comedia.

Texto Preciado – Queer: Historia de una palabra

La falla en el sistema de representación lingu ̈ ística

Resignificación del término queer usuario y contexto

Disidencia de género

En el siglo XVIII, la palabra “queer” servía para nombrar a aquel o aquello que por su condición de inútil, mal hecho, falso o excéntrico pone en cuestión del buen funcionamiento del juego social. Eran queer el tramposo, el ladrón, el borracho, la oveja negra y la manzana podrida, pero también todo aquel que por su peculiaridad o por su extrañeza no pudiera ser inmediatamente reconocido como hombre y mujer. La palabra queer indicaba la incapacidad del sujeto que habla de encontrar una categoría en el ámbito de la representación que se ajuste a la complejidad de lo que pretende definir. ¿Cuales son las condiciones de posibilidad que habilitan ciertas representaciones y vuelven impresentables a otras?. Ni esto, ni aquello...queer. En la sociedad victoriana, que defendía el valor de la heterosexualidad como eje de la familia burguesa y base de la reproducción de la nación y de la especie, queer servía para nombrar también a aquellos cuerpos que escapaban a la institución heterosexual y a sus normas. La amenaza venía que por sus formas de relación y producción de placer ponen en cuestión las diferencias entre lo masculino y lo femenino, lo animal y lo humano. Eran queer, los invertidos, el maricón, la lesbiana, el travesti, el fetichismo, el sadomasoquismo y el zoofilo. La palabra servía para trazar un límite: aquel que llamaba al otro queer, se situaba a sí mismo del lado contrario. El queer estaba condenado al secreto y la vergüenza. Pero es en mediados de los 80 que, empujados por la lucha del sida, se reapropiaron de la injuria queer para hacer de ella un lugar de acción política y de resistencia a la normalización.

Había cambiado el sujeto de la enunciación: ya no era el señorito hetero que llamaba al otro maricón; ahora el marica, la bollera y el trans se autodenominaba queer anunciando una ruptura intencional con la norma (tomar el insulto para enorgullecerse y nombrarse). La palabra queer ha dejado de ser un instrumento de represión social para convertirse en un índice revolucionario. El movimiento queer es post-homosexual y post-gay. No se conforma con la reducción de la identidad gay, no es un movimiento de homosexuales y gays, sino de disidentes de género y sexuales que resisten frente a las normas que impone a la sociedad heterosexual dominante (bolleras, transexuales, transgéneros, inmigrantes, trabajadores y trabajadoras sexuales). No hay que olvidar que la eficacia política del término queer proviene precisamente de ser la reapropiación de una injuria y de su uso disidente frente a lenguaje dominante. Esto explica quizás que muchos de los nuevos adeptos que quieren identificarse como queer, no estarian dispuestos tan agilmente a ser identificados como “transexuales”, “sadomasoquistas”, “tarados” o”bolleras”.

Texto Falú – Espacios metropolitanos igualitarios

Significados simbólicos de lugar y espacio

División sexual del trabajo y su impacto en la planificación urbana

Ciudades participativas y ODS 2030

Urbanismo feminista: desafíos y oportunidades

Cambios en los enfoques de gobernanza

La participación desigual de las mujeres en los espacios de poder social, político y económico, no es el único factor que conlleva fuertes desigualdades de género. La situación de dependencia y de acceso desigual a la propiedad de la tierra, el agua y otros recursos, la limitada movilidad y la preocupante violencia de género también se traducen en la restricción o ausencia de derechos y oportunidades para las mujeres y niñas de nuestras metrópolis. Por esto, es necesario la articulación de políticas, estrategias e instrumentos que promuevan la igualdad de género (metrópolis más justas e inclusivas). Las metrópolis son territorios urbanos complejos, fragmentados y de grandes desigualdades, marcados por brechas entre riqueza y pobreza, y diferentes niveles de calidad de vida, de paz y seguridad, de derechos a la vivienda, a los servicios, a las infraestructuras y al transporte accesible y seguro. En estas metrópolis, viven gran parte de las mujeres del mundo, y estas sufren una mayor pobreza que los hombres.

La persistente asignación tradicional de roles -rol productivo masculino, generador de ingresos vs. rol reproductivo femenino- promueve la división sexual del trabajo, sin reconocer el aporte económico de las mujeres para sus hogares y la sociedad. Es entonces, a partir de la naturalización de la división sexual del trabajo, que se hace posible la invisibilización de la contribución del trabajo de las mujeres en el PBI de los países. Si bien ha aumentado la participación de las mujeres en el trabajo remunerado, un gran porcentaje de ellas todavía forman parte del sector informal, con sueldos bajos y condiciones precarias. Son las migrantes, indocumentadas la mayoría de las veces. Estas mujeres viven en la periferia de las grandes metrópolis, zonas con carencia de servicios, mayor distancia de recorridos y aumento en la dependencia al transporte público y por consiguiente mayor escasez de tiempos para su desarrollo personal y profesional, incrementando su vulnerabilidad. Es decir, potenciando sus riesgos de exclusión social, espacial y laboral, y por consiguiente en su calidad de vida.

Según ella, hay que crear territorios metropolitanos más accesibles y diversos, y menos desiguales; pero para esto hace falta mirar todos los espacios que habitan las mujeres: desde sus cuerpos, sus casas, sus barrios, hasta el territorio metropolitano en su conjunto. Hay que cambiar las metrópolis que están planificadas desde una concepción homogénea de la sociedad, desconociendo no solo las identidades sino también la diversidad de hogares. Para vencer el desafío de la inclusión social y de género, las políticas públicas deberían reconocer e incorporar las voces de las mujeres.

En 2015, la ONU, se propuso que para el 2030 lograr 17 objetivos relacionados con el Desarrollo Sostenible (ODS) relacionados directa o indirectamente a la igualdad de género: Lograr la igualdad de género y empoderar a todas las mujeres y niñas; y lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles. En 2016, se crea la NAU (nueva agenda urbana), que concluyó con objetivos que también tienen relación con los derechos de la mujer y la igualdad de género. Incluye el derecho de las mujeres a la ciudad y la dimensión de género. Este derecho es presentado como el ideal para una ciudad para todos, refiriéndose a la igualdad de uso y el disfrute de las ciudades y los asentamientos humanos, buscando promover la inclusividad y garantizar que todos los habitante, sin discriminación de ningún tipo, puedan crear ciudades y asentamientos humanos justos, seguros, sanos, accesibles, asequibles, resilientes y sostenibles y habitar el ellos, a fin de promover la prosperidad y la calidad de vida para todos. El derecho a la ciudad debería incluir un urbanismo feminista, para avanzar en una planificación territorial amas inclusiva e igualitaria. En este sentido, el acceso, el uso y el disfruto de las ciudades, en condiciones de seguridad y derecho a una vida sin violencias, se vincula a ciudades participativas en sus tomas de decisiones, que apliquen el principio de la proximidad de equipamientos y servicios, transporte seguro, espacios públicos pensados sólo en clave masculina, sino de la diversidad.

Para avanzar en la inclusión de los derechos de la mujeres a la ciudad, es indispensable que exista voluntad política e inyección de recursos, contar con estadísticas, etc., pero además, es necesario conocer cómo las mujeres usan el espacio y el tiempo. Ya que ellas hacen un uso diferencial de la ciudad,mientras los hombres presentan rutinas y recorridos de movilidad en general más lineales y punto a punto, lo de ellas tienden a ser múltiples, diversos e interconectados, a menudo con personas o bultos, trayectos que no solo de sus demandas laborales sino también gestiones de trabajo, familia, educación, abastecimiento. La carencia de tipo en su vida, obstaculiza sus posibilidades de formación y trabajo formal, lo que les dificulta romper con el círculo de dependencia y pobreza. El urbanismo feminista propone considerar la vida cotidiana de las personas, y, entre éstas, la cadena de tareas que las mujeres realiza diariamente, incluyendo el uso del tiempo, repensar la ciudad, sus calles, sus espacios públicos, para la vida colectiva segura, garantizando circulación y accesibilidad, equipamientos e infraestructuras de calidad para toda la diversidad de los sujetos omitidos. El urbanismo feminista:

1. Considera la desigualdad económica y territorial, como punto central de las políticas a discutir.

2. Considera necesario la inclusión de las voces de las mujeres y otras diversidades (colectivos LGTBIQ, migrantes, etnias, edades), de los sujetos omitidos. Cuando se habla de incluir a la planificación a lo “sujetos omitidos”, no sólo se refiere a las mujeres, sino también a otras identidades invisibilizadas, como la población LGBTIQ y las diversidades étnicas, religiosas, etarias, entre otras

3. Considera incorporar la dimensión de los cotidiano, del uso del tiempo.

4. Considera poner en valor la microfísica del espacio, lo que promueve la vida colectiva y social.

5. Considera incluir la redistribución de servicios y equipamientos achicando brechas de desigualdades.

El derecho de las mujeres a la ciudad está íntimamente ligado a la participación ciudadana y al ejercicio pleno de los derechos de la mujeres y liderazgos. Son ellas las que desde sus propias experiencias vitales podrían contribuir a mejorar las condiciones de vida en mayor igualdad. No solo la participación política de las mujeres puede significar mayor compromiso con las mujeres, sino también mejores servicios y equipamientos específicos pensados para sus vidas cotidianas. Uno de los retos sobre el modelo de gobernanza de nuestras metrópolis es la incorporación de la transversalidad de género al mismo concepto de gobernanza, centrando el foco en el logro la justicia social y la igualdad de género, reconociendo y visibilizando las múltiples desigualdades que atraviesan las mujeres: de clase, educación, economicas, condición de sus entornos habitados, culturales y simbólicas.

Cuatros son los retos principales para la gobernanza con visión de género (según Brody):

1. Combatir las arraigadas desigualdades

2. Feminizar la toma de decisiones

3. Incorporar la pluralidad de miradas

4. Situar en la agenda política la discriminación que sufren las mujeres en las instituciones y procesos de gobernanza

Las mujeres están expuestas a violencias de diferentes tipos no solo en su hogares, sino también en plazas, parques, calles y transporte públicos. Las mujeres expresan mayor temor que los hombres para transitar la ciudad. El miedo es límite a sus libertades, ya que obstaculiza el disfrute y las vivencias de los espacios urbanos y las oportunidades que ofrecen las metrópolis. Muchas dimensiones deben considerarse respecto del transporte - recorridos, lugares de espera, horarios, seguridad, costos, tiempo-. Son las mujeres las principales usuarias del transporte público y realizan más viajes encadenados por una gran variedad de motivos. Es importante tomar dimensión del miedo que sufren las mujeres en el transporte público, para desnaturalizar este miedo e implementar medidas para combatirla. La planificación del transporte urbano con perspectiva de género implica incorporar propuestas intermodales, por ejemplo, la ubicación de centro de cuidado infantil cercanos a nodos de transporte que faciliten el uso del tiempo y el movimiento en la ciudad; y una infraestructura de espera que contemple la seguridad:visibilidad e iluminación, teléfonos de SOS, como mecanismo de emergencia y denuncia. Adicionalmente, el servicio de transporte público debe mantenerse a costo accesibles, así como personal que trabaja en el transporte debe contar con formaciones en derechos humanos.

Si bien hay avances en el reconocimiento de los derechos de las mujeres, aún existen grandes deudas para con estas. Entre las más urgentes se destacan: las brechas entre pobreza y riqueza, la persistencia de la división sexual del trabajo, la complejidad de las violencias, la baja accesibilidad a servicios y equipamientos públicos de proximidad tales como escuelas, cuidado infantil, servicios de salir, etc.

Texto Marcús – Disputas por la producción sociocultural del espacio urbano en BsAs

El espacio urbano como producto social

Conflictos urbanos: disputas y contradicciones

La dimensión cultural como formadora de sentido

Ciudad jerarquizada vs ciudad como obra colectiva

Modos de habitar: resistencias y participación

El espacio urbano es un producto social, es decir, es el resultado de las acciones prácticas y las relaciones sociales en el territorio, pero asu vez es parte de ellas. El espacio es soporte, pero también es campo de acción. No hay relaciones sociales sin espacio, de igual modo no hay espacio sin relaciones sociales. En la producción social del espacio urbano no solo intervienen las acciones de planificación (arquitectos, urbanistas, etc.) y regulación (el estado); también las distintas formas de habitarlo y experimentarlo hacen posible su producción (el usuario y moradores).

La ciudad puede ser leída como si fuera un texto, e interpretar las huellas de su construcción histórica y social en las calles, en las plazas, en los edificios, en la arquitectura y en las relaciones sociales entabladas en el territorio. Estas huellas son el resultado de las luchas simbólicas por definir un orden espacial, por imponer modos de nominar el espacio y por prescribir ciertos usos del espacio y excluir a otros. Pero también se trata de disputas económicas y sociales por la apropiación de los beneficios que produce la ciudad. La ciudad se construye y produce permanente como resultado de pujas y disputas que incluyen decisiones políticas, económicas, estéticas, urbanísticas, etc.

Para entender la producción social del espacio, Marcús, cita a Lefebvre, que propone una tríada conceptual:

1. Prácticas sociales - Espacio percibido: es el más cercano a la vida cotidiana y a los usos de los lugares. Remite a lo que ocurre en las calles y en las plazas, los usos imprevistos, espontáneos y astutos que hacen los usuarios de la ciudad al resignificar y apropiarse de los espacios que se presentan organizados, planificados y estructurados. Es el espacio de la experiencia material y la producción de la vida social que vincula la realidad cotidiana con la realidad urbanística.

2. Representaciones del espacio - Espacio concebido: es el espacio provisto por el Estado, los arquitectos, los planificadores y los urbanistas. Este espacio busca regular y organizar los espacios percibidos y vividos; es el espacio dominante en cualquier sociedad (o modo de producción). En otras palabras, las prácticas espontáneas y dispersas y las experiencias propias de los habitantes de la ciudad para transformarlo en urbanización guiada por la lógica del conocimiento experto y del poder.

3. Espacio de representación - Espacio vivido: son los espacios de la imaginación y de lo simbólico dentro de una existencia material donde se realiza la búsqueda de nuevas posibilidades de la realidad espacial. El espacio de representación se vive, se habla, contiene los lugares de la pasión y de la acción, los de las situaciones vividas, y por consiguiente, implica inmediatamente al tiempo. En este espacio se inspiran las resistencias, las deserciones y las desobediencias ciudadanas, y se cuestionan las reglas de coherencia y la cohesión impuestas por la representaciones del espacio. El espacio vivido proyecta y propone otros modos posibles de hacer ciudad asociados al habitar. En el habitar se reafirma la noción de ciudad como obra colectiva donde los usuarios urbanos se configuran y aportan lógicas diferentes del espacio.

La autora se propone analizar las disputas por la producción socio cultural del espacio urbano entre diferentes actores sociales que entran en conflicto por la definición de los usos legitimos e ilegitimos de ese espacio:

1. El problema de los vacíos urbanos, como un modo particular de pensar, planificar y estructurar la ciudad. Estos vacíos urbano, se presentan como áreas de oportunidad para la construcción de emprendimiento inmobiliarios rentables, pero también se convierte en un recurso para la participación de los residentes del barrio en la producción de la ciudad

2. El problema del trabajo sexual callejero, en donde los diferentes actores sociales involucrados en estos debates (empresarios, travestis, organizaciones de la sociedad civil, vecinos, entre otros) apelan a narrativas de raza, clase y género construidas histórica, social y culturalmente para promover proyectos de ciudad distintos visibilizando quienes deben vivir en ellas y quienes no.

3. El problema de comprensión de los proceso de mercantilización de la ciudad y su incidencia en los usos diferenciales del espacio.

4. El conflicto urbano atravesado por el uso del espacio público que utilizan los manteros, en donde las cámaras empresariales, los medios de comunicación, los partidos políticos afirman el sobre el uso ilegítimo de usar el espacio público.

5. El problema de la falta de humanización del microcentro porteño

6. El problema de la conflictividad urbana y la acción política. Cuáles son los aspectos que condicionan las oportunidades para la movilización y la presentación de sus demandas por el acceso a áreas centrales del ciudad y a una vivienda adecuada.

7. El problema de la los herederos de la ciudad. Crítica a las expectativas residenciales de los jóvenes de sectores medios y medios altos porteños que emprenden el proyecto de formar un hogar propio. Los jóvenes conformaron el universo de quienes merecen habitar la ciudad. Estos jóvenes de sectores medios y medios altos de perciben como herederos de la ciudad y al proyectar la salida del hogar despliegan estrategias para permanecer en una ciudad que les pertenecen

8. Estos conflictos revelan que la Ciudad de Buenos Aires, es una ciudad viva con sus contrastes y dinámicas complejas en la que la presencia del conflicto es una de sus características constitutivas. En los (des)encuentro, las interacciones, las luchas simbólicas y las negociaciones aparece una tensión constante entre los múltiples modos de producir y significar el espacio urbano

Texto Levrant de Bretteville – Algunos aspectos del diseño desde la perspectiva de una diseñadora.

Creatividad individual vs. responsabilidad social.

Mujer ámbito privado / ámbito público masculinidades.

Comunicación simplificada de los medios masivos.

Simpleza de mensaje (afirmaciones) versus ambigüedad (sugerencias, contradicciones)

Reacción vs público pensante

Movimiento moderno simplicidad de formas vs. complejidad de la imagen.

Las artes del diseño son artes públicas. La actividad del diseño se ubica entre nosotros y nuestra existencia material, y afecta no solo nuestro entorno visual y físico sino también nuestro sentido de nosotros mismos.

Levrant plantea que el diseñador, al poner en juego su creatividad individual, no debe dejar de lado su responsabilidad social. Es decir, si bien es posible y provechoso reforzar los valores existentes por medio del diseño; hay que intentar proyectar a la sociedad valores alternativos, con la esperanza de crear una cultura nueva (más inclusiva) e incluso utópica. Hay que emplear formas y procesos que proyecten y reafirman aspectos de la sociedad que han sido reprimidos, devaluados y restringidos. Este es el leitmotiv con el que diseña Levrant. Levrant hace una crítica al diseño que “olvida” a la mujer. Ella, cuestiona la simplicidad y la claridad en el diseño, ya que la simplificación funciona como método de control (no hay ambigüedad, no hay cuestionamiento, no hay posibilidad de elegir). Por el contrario, la complejidad invita al usuario a participar y a poner su mirada subjetiva sobre el diseño, es decir la participación socava el control. Un medio de simplificación consiste en asignar arbitrariamente atributos a diversos grupo y, de esa manera, subrayar las divisiones. Un ejemplo de esto, es la falsa creencia de que las mujeres son representantes de unas ciertas características y los hombre de otras. El diseño refuerza estos estereotipos, proyectando por ejemplo el tomo masculino, ligado al ámbito público, y aislando a la mujer, la experiencia femenina y los valores femenino al ámbito privado.

Tradicionalmente, los medios masivos recurren a la simplificación visual para llamar la atención (comunican de manera directa y veloz). Esto, también refuerza la estigmatización. Por ejemplo, en la publicidad, sólo las mujeres aparecen como las que protegen o como las que apoyan emocionalmente a los niños y a los hombres; mientras que la iconografía de los hombres se muestran serios, decisivos, profesionales, seguros. Otro ejemplo concreto de cómo afectan estas representaciones es: el hogar se devalúa en cuanto a lugar donde no puede llevarse a cabo ningún trabajo serio; y como a la mujer se le ve prácticamente con exclusividad en el hogar, también está devaluada. Al describir a las mujeres como únicamente emocionales, dubitativas, cooperativas y cuidadosas con los demás, al mostrar esas actividades en privado, en el hogar, se resaltan y legitiman las polaridades de lo que se piensa que son los hombre y las mujeres. Si la idea y el diseño son simples, si no hay ambigüedad, el mensaje se entiende y acepta¡ con rapidez. En cambio cuando el material visual es ambiguo, muchas veces los distintos matices fomentan múltiples reacciones alternativas ante la misma comunicación. Si los medios masivos incluyesen contradicciones, si sus imágenes contuvieran sugerencias (ambas cualidades como representación de la ambigüedad) en vez de afirmaciones (cualidad representativa de la simplificación del mensaje), el observador podría interpolar, extrapolar y participar en la interpretación del mensaje. Sin embargo, esta no es la meta de la comunicación para los medios masivos, su objetivo es vender un producto o una idea a toda velocidad, un objetivo que no tiene en cuenta a un público pensante. Es el movimiento moderno del diseño, el que alentó esta simplicidad y claridad de las formas. Se puso de moda simplificar para obtener claridad y la potencia de la imagen. Que algo se ponga de moda, se vuelve nocivo (único mensaje unívoco). Tal simplificación de formas y de proceso trae aparejada la restricción y la limitación de las separaciones y las fronteras. Si los diseñadores tuvieran fronteras más flexibles y diesen lugar a una mayor complejidad de la imagen, podrían impedir este tipo de fascismo visual. Son los diseñadores quienes pueden hacer algo para cambiar los valores asignado a lo femenino y a lo masculino. Esto está en relación el resurgimiento del feminismo y sus exigencias de igualdad.

Los movimientos de los años 60 cuestionaban las estructuras y las instituciones que engendran conformidad. Comenzaron a desarrollarse modalidades alternativas que señalaban las limitaciones de los canales de comunicación jerárquica y unidireccionales. Levrant da ejemplos de cómo en sus trabajos, para nada simplificados, el rol del usuario/espectador/lector, es crucial (por ejemplo, hacia revistas de carácter más experimental). Proyectar datos de modo claro y sistematizado es lo más lógico en ciertos tipo de información, como los mapas o los catálogos; sin embargo, cuando se usa para comunicar ideas o información sobre personas y sus relaciones, esta simplificación distorsiona el mensaje. Una manera más difusa de organizar el material mantiene la suficiente complejidad, sutileza y ambigüedad para seducir a los lectores que normalmente se dispersan con la visión encapsulada de otra persona, en lugar de quedarse con la idea durante el tiempo necesario y con la apertura suficiente para apropiarsela. A medida que la comunidad se acostumbre a utilizar la ambigüedad, la complejidad, la sutileza, en el diseño y el contenido, será más capaces de tolerar la formulación de conclusiones individuales, la expresión de opiniones subjetivas individuales, y abogará por comparar la autoridad. Diseñar una estructura que fomente relaciones participativas, ni jerárquicas y autoritarias entre el diseñador y el usuario también da como resultado formas visuales y físicas que no pertenecen a la gran masa del diseño, en la misma medida en que tales ideas y actitudes están en fuera de la cultura masiva. Si bien es deseable que estos valores se diseminan en la sociedad, tales estructuras suelen ser de apariencia modesta en lugar de ser formas poderosas, elegantes, simplificadas, claras y dinámicas. El diseño parece ser una empresa particularmente ambigua, y el diseño para el cambio social, aún más, si se lo compara con las demás artes. Los diseñadores debemos crear diseños visuales y físicos que proyectan formas sociales, pero al mismo tiempo, debemos genera las formas sociales que exijan nuevas manifestaciones visuales y físicas.

una manera de que el diseño modifique el ámbito público es mediante el desarrollo de imágenes del futuro que encarnen los valores femeninos y puedan penetrar en nuestra sociedad contemporánea. Para lograr eso debemos saber cuales son las formas que comunican mejor la discrepancia entre los valores masculinos y los femeninos, que devalúan la femineidad y que no pueden incorporar modalidades tales como la emotividad, la complejidad y la cooperación solidaria. La rígida separación que señalamos antes entre por ejemplo, valores masculinos y femenino, se ve reforzada por la tradición de la simplificación en los medios masivos y además funciona en el diseño ambiental y de productos.

Texto Loos – Ornamento y delito

Racionalidad masculina en el germen del movimiento moderno, arquitectura

El ornamento como degeneración estética y moral frente al nuevo hombre

Ornamentación vs productividad

El ornamento no solo es un símbolo de un tiempo ya pasado. Es un signo de degeneración estética y moral.

Todo arte es erótico. Pero el hombre de nuestro tiempo, el hombre moderno, que pintarrajea las paredes con símbolos eróticos, e un delincuente o un degenerado. La evolución cultural equivale a la eliminación del ornamento del objeto usual. Lo que humano había creado miles de años atrás sin ornamentos fue despreciado y destruido; sin embargo, el menor objeto carente de valor que estuviera ornamentado se conservó, se limpió cuidadosamente y se edificaron pomposos palacios para albergar.

Cada época tiene su estilo, ¿solo la nuestra carece de uno que le sea propio?. Por estilo se entiende ornamento. Lo que construye la grandeza de nuestra época es que es incapaz de realizar un ornamento. Hemos vencido al ornamento. Está cercano el tiempo en que las calles de las ciudades brillarán como muros blanco. Según él, el ornamento no aumenta la alegría de vivir, y solo podrá comprender esto el hombre moderno. Sin embargo, según Loos, existen “malos espíritus”, que pretende seguir esclavos del ornamento, cuya misión es retrasar a los pueblos en su evolución cultural. Nadie, ni siquiera una fuerza estatal puede detener la evolución de la humanidad. Solo es posible retrasarla. El ritmo de la evolución cultural sufre a causa de los rezagados (que viven en el pasado). Se puede esperar, pero el lo considera un delito a la economía del pueblo, ya que se pierde el trabajo, dinero y material humano. Afirma que el hombre del siglo XX es más rico que el del siglo XVIII, que puede cubrir su exigencias con un capital mucho más pequeño, porque no le gusta la comida ornamentada, ni la vajilla ornamentada, etc. El cambio del ornamento trae como consecuencia una pronta des valoración del producto del trabajo. El tiempo de trabajador, el material empleado, son capitales que se derrochan. Hoy en día el ornamento, significa fuerza de trabajo desperdiciada y material profanado. La forma de un objeto debe ser tolerable el tiempo que dure físicamente. Si todos los objetos pudieran durar tanto desde el ángulo estético como desde el físico el consumidor podría pagar un precio que posibilitará que el trabajador ganara más dinero y tuviera que trabajar menos.

Los objetos ornamentados, producen un efecto antiestético, sobre todo cuando se realizaron con el mejor material y con el máximo cuidado, y requieren mucho más tiempo de trabajo. La carencia de ornamento ha conducido a las demás artes a una altura imprevista. Según él, el que hoy en día lleva una americana de terciopelo no es un artista, sino un payaso o un pintor de de brocha gorda. Loos afirma que el hombre se ha vuelto más refinado, más sutil: los miembro de la tribu se tenían que diferenciar por colores distintos, el hombre moderno necesita su vestido impersonal como máscara. La falta de ornamento es un signo de fuerza espiritual. El hombre moderno utiliza los ornamentos de civilizaciones anteriores y extrañas a su antojo.

(Levrant y Loos)

La arquitectura moderna se ve atravesada por la discusión que surge a partir de la producción masiva y el reemplazo del hombre por la máquina, provocando la tensión entre lo que es arte, artesanía industria. A partir de esta puja, cambia el sentido de lo bello: lo bello no está definido por su ornamentalidad, sino que por su funcionalidad. Entonces, el ornamento, pasó a ser meramente decorativo, sin funcionalidad. ¿Quienes son las que se dedicaban a “decorar”? Las mujeres. Mientras que los trabajos relevantes, de funcionalidad, eran realizados por los varones. Por ejemplo: Aunque hombre y mujer realizan la misma actividad, esta se va a ver para lo hombre como una tarea de funcionalidad, y para las mujeres como una tarea de decoración ( la mujer decora la casa es ornamentación, es una actividad irracional y está provista de buen diseño; ahora cuando los hombre decoran la casa -mobiliario bauhaus-, es buen diseño, porque está relacionado con funcionalidad, valor agregado de la masculinidad)

En el periodo de entreguerras, aparece el concepto de la Gute Form (el buen diseño), que da lugar al movimiento moderno. El buen diseño, estaba relacionado con la abstracción, la racionalidad (valores asociados con la masculinidad). El mal diseño, estaba relacionado con el ornamento, lo decorado, es decir con la feminidad. Según Loos, El ornamento es irracional, el buen diseño es racional (la mujer es irracional, el hombre racional).

Los sentidos arraigados a la masculinidad y por ende el buen diseño son: la racionalidad, la objetividad, la abstracción, la universalidad, entre otros. Estos sentidos dejan de lado muchas formas de ver el mundo (si diseñamos por fuera de estas cualidad, estamos diseñando por fuera del buen diseño, o sea diseñar con cualidades de mujeres está mal, queda por fuera del buen diseño), es decir, solo existe una forma de hacer buen diseño. El buen diseño “esconde” la masculinidad, bajo una supuesta neutralidad (que no es neutral)

Texto Sullivan – Conceptos claves en comunicación y estudios culturales

Clase / clase social

Producción / distribución de bienes materiales

Esclavismo/ feudalismo / capitalismo

Posesión de medios de producción / No posesión de los medios de producción

Intereses de clase

Clases dominantes / clases subordinadas

Hegemonía

Las clases sociales son aquellas deslindadas formaciones sociales constituidas por gente que tiene una relación similar con los medios de producción de la sociedad y, que como resultado de ello, una posición social y cultural común dentro de un sistema desigual de propiedad, poder y recompensa materiales. La teoría básica de las clases sociales de Marx, plantean que las relaciones de clase constituyen la clave para comprender aspectos centrales de la sociedad, la cultura y la historia. Se atribuye a la clases un papel fundamental en las relaciones sociales vinculadas con modos particulares de produccion y organizacion economica. Se define la producción y la distribución de bienes materiales como una condición necesaria para que una sociedad pueda existir. Aquí se traza una distinción básica entre diferente modos de producción y formas de propiedad, entre sociedades caracterizadas por la posesión común de los medios de producción y sociedades en las cuales tal posesión no es común, sino que está distribuida de manera desigual y concentrada en las manos de algunos grupos (los propietarios) con exclusión de otros (los no propietarios). La sociedades de ese último tipo están divididas en clases, caracterizadas ante todo por sus relaciones de explotación y, por tanto, de dominación y subordinación. Marx las clasificó en distintas épocas históricas: esclavismo antiguo, feudalismo y capitalismo. En el periodo de la civilización antigua, el modo de producción dominante era la esclavitud y los medios de producción eran los esclavos. Durante el feudalismo, era agrícola y los medios eran las tierras. Y en el capitalismo, el modo de producción es industrial y los medios están constituidos por el capital en sus variadas formas. La división social más significativa se da entre una clase mayoritaria que hace el trabajo (esclavos, siervos o proletariado) y una clase minoritaria que tiene los medios de producción (terratenientes, burguesía, clase capitalista). Las relaciones entre estas clases propietarias y no propietarias son en sustancia explotadoras y antagónicas, y es inevitable el conflicto entre los interese de clase de unos y otros. El término clase no solo se refiere, a la relaciones económicas o monetarias, sino que también es fundamental para analizar la cultura y las relaciones culturales. La cultura llega a se el terreno en el cual las relaciones de clase adquieren significación y a través del cual las clases dominante y subordinada se disputan la hegemonía.

Texto Flesler – Diseño y nuevas tecnologías

Reproducción de discursos hegemónicos

Sistemas de clasificación como construcciones arbitrarias y no como un orden “natural” o “neutral”

Diseño tipográfico productor y reproductor de estereotipos de clase, etnia, sexo y géneros.

La falacia de la neutralidad y su construcción en masculino

Heterotipografía

Nivel “local” de las resistencias

El diseño produce sentido, pero a su vez está atravesado por sentidos construidos. El objetivo del de Flesler, es visibilizar las marcas de género existentes en el diseño, y como este es parte activa del proceso de producción y reproducción de estereotipos (imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad como patrón o modelo de cualidad o de conducta con carácter inmutable, son los sentidos naturalizados). Además propone reflexionar sobre la violencia simbólica, la construcción de estereotipos y la reproducción de discursos hegemónicos en el diseño gráfico, ya que afirma, que el diseño es parte activa de la construcción de imaginarios sexo genéricos. Todo lo que ha sido diseñado está atravesado por categorías tales como la clase social, la etnia, la sexualidad y el género. La heteronormatividad, es un conjunto de relaciones de poder por medio del cual la sexualidad se normaliza y reglamenta; cuando diseñamos lo hacemos a partir de categorías, que sirven para construir normas genéricas. No podemos diseñar por fuera de la heteronormatividad. Los sistemas de clasificación (como conceptualmente agrupamos información) se aprende socialmente.

La autora critica la retórica de la neutralidad que surge como única posibilidad de pensar el buen diseño. Lo define como un falso neutro, en el que lo neutral o unisex aparece con morfologías generalmente asociadas al universo de lo masculino y así se configura como norma. Sostiene que hay que desnaturalizar el modelo binario hetero normativo, en pos de desarrollar un diseño que incorpore otros modelos por fuera de lo hetero, por ejemplo, el diseño tipográfico encarnado en la hetero normativa.

Borges nos expone a la arbitrariedad de la manera cómo clasificamos las cosas. Clasificar, es ejercer el poder, es reproducir el orden cultural dominante. Desde la perspectiva de género, el sistema dominante de clasificación es el sistema binario jerárquico, que construye polos antagónicos (Mujer/Varón) de diferente valor (lo masculino por sobre lo femenino) y excluye e invisibiliza cualquier otra identidad sexo/genérica por fuera de la norma hegemónica. En el proceso de diseño todavía rige la lógica binaria donde se define a partir de si lo diseñado va a tener características femeninas o masculinas, o “neutrales”. El diseño, así como la categorización de familias tipográficas están inscriptos en este sistema. El usuario participa de los criterios de selección y clasificación, como fuertes reproductores de estereotipos de clase, etnia, sexo y géneros. En el caso de los estereotipos de género, es interesante analizar cómo algunos atributos formales son sistemáticamente asociados a lo femenino/masculino. Y cómo los atributos de lo masculino son aquellos valorados por los discursos dominantes del campo del diseño,

Algunos signos tipográficos sus clasificaciones parecen haber adquirido una casi-universalidad, en donde pareciera que algunos parámetros enunciados hace décadas como “limpieza”, “universalidad”, “objetividad”, “neutralidad”, “transparencia”, se han configurado como valores naturales cuando son específicos de una cultura y su contingencia. Lo interesante es reflexionar acerca de por qué estos valores aparecen generalmente asociados a un modelo específico de masculinidad o de falsa neutralidad, al tiempo que han sido profundamente naturalizados. El orden cultural dominante del campo del diseño, es a partir del modelo emblemático de la Bauhaus. Fue recién a partir de 1970, que historiadoras feministas del diseño anglosajón comenzaron a pensar en plural la historia del diseño. Pensar en historias, implicaba pensar en aquellos otros que el discurso hegemónico dejó a un lado. Siguiendo estos parámetros, a partir de 1980, grupos de la llamada gráfica deconstruccionista o posmodernista han cuestionado las bases del Funcionalismo, cuyo proyecto universalista se comenzó a ver como un proyecto etnocentrista, diseñado por sujetos culturales homogéneos.

Flesler plantea que las fundidoras digitales necesariamente clasifican sus productos bajo categorías evidentemente arbitrarias. En algunos casos resulta inevitable recordar la enciclopedia china de Borges y en otros es llamativo observar el abuso de estereotipos. Stereoty pography es el término que el diseñador Rob Giampietro utiliza para describir toda una cultura de estereotipos respecto a la cultura afroamericana, que se ven manifestados en el uso de estas tipografías, percibidas como “informales”, “irregulares” “no-oficiales” “toscas”. Esto no hace más que aportar a la simplificación y al reduccionismo de las posibles lecturas de lo afroamericano. Evidentemente para las fundidoras existen tipografías que representan lo estándar o neutro (europeo o norteamericano) y por consiguiente legible y funcional, en oposición a “la otredad” tipográfica de los afroamericanos y latinos y sus morfologías “decorativas”. Existe todo un linaje de familias tipográficas asociadas al concepto de universalidad, pureza y neutralidad, cuyo resultado además es la garantía de máxima legibilidad. Estas tipografías responden morfológicamente al mapa de significaciones asociadas con lo masculino (funcional, racional, frío, neutro, limpio, recto, serio) y representan un claro ejemplo de falso-neutro. Es el caso de la familia Univers, que ya desde su nombre instala una especie de utopía universalista o de la Helvética, ̈con la intención de crear un carácter tipográfico perfectamente neutral sin formas abiertamente individuales ni idiosincrasias personales ̈

Masculino= Falso-neutro. En idiomas como el español el género gramatical tiene por forma no marcada el masculino. Es el género masculino el inclusivo o incluyente frente al femenino marcado, que pasa a ser el género exclusivo o excluyente. Lo neutro de la lengua enmascara la operación de haber universalizado lo masculino como representante absoluto del género humano, y fuerza la invisibilización de las mujeres. Este efecto del lenguaje se ve traducido de manera evidente también en el diseño. Es en el caso de los pictogramas diseñados para la señalización de espacios públicos, donde podemos observar la lógica del falso-neutro de manera exhaustiva. El género femenino está sub representado y fuertemente estereotipado, además de observarse gran cantidad de casos donde el género masculino representaba una suerte de universalidad.

El campo del diseño, sumergido en una matriz social heterosexual, presupone y construye un sujeto de acuerdo a la normativa hegemónica, naturalizándolo. Ello produce la invisibilidad de nuevos formatos no nominados por el discurso hegemónico del diseño, que no responden a la diferencia sexual varón y/o mujer, por lo cual se produce una explícita nueva exclusión. En los últimos años, a partir del desarrollo de la teoría queer, se visibilizan sujetos que quedaban por fuera de la norma hegemónica y por fuera de la construcción discursiva del derecho, que consideran universalista y por lo tanto excluyente. Un ejemplo hacia una mayor diversidad e inclusión, son los intentos por desnaturalizar la aparente universalidad de los emoticones (rompe con la heterotipografía).

El acto de etiquetar y clasificar contenidos es una herramienta con la que se puede abusar de los estereotipos. El diseño y sus manifestaciones operan como “tecnologías de género”, es decir, que “tienen el poder para controlar el campo del significado social y, por ello, para producir, promover e “implantar representaciones del género”. Es por eso que resulta necesario brindar herramientas teóricas y metodológicas para la reflexión sobre los procesos de producción, circulación y consumo del diseño. En tal sentido se intentaron trazar nuevas miradas que contribuyan a la construcción local de un pensamiento proyectual más inclusivo y tolerante de la multiplicidad de identidades por fuera de los modelos hegemónicos.

Texto Bachiller – El eje del mal es heterosexual

El rol de la homosexualidad en el imaginario heteronormativo

Matrices de la masculinidad y feminidad

La heterosexualidad como requerimiento de normalidad

Régimen heterrorsexista

Complejidades y contradicciones de las identidades múltiples

Clasismo, homofobia y racismo

Bajo el triunfante discurso de libertad y de justicia occidental subyace la homofobia, transfobia sexismo y racismo. Fue George Bush quien pronunció la frase “el eje del mal”, para referirse a los “peligros sin precedentes que ciernen sobre el mundo civilizado”, después del ataque a las torres gemelas en 2001. Ahí, la homosexualidad equivale a muerte, puesto que es la perpetuación de la maquinaria de guerra neoliberal. Es la homofobia, el milagro que logra reunir a todas las religiones, aliado ante un común enemigo. Es en este contexto que nace el grito de “el eje del mal es heterosexual”. Esta frase se vuelve perturbante para el mundo occidental neoliberal, debido a quien es el enunciador de la misma (según Austin, un enunciado era performativamente exitoso cuando se es reconocido, por lo que debe ser dicho por aquellas personas con la autoridad requerido). Usar la homosexualidad como expresión del mal (recurso de la izquierda y la derecho neoliberal de diferentes religiones), sitúa el insulto en la homosexualiad para denigrar al otro. Sin embargo, agregar el término heterosexual a la frase el eje del mal, no sirve para ofender en nuestra sociedad, pues la heterosexualidad no funciona como insulto, sino como requerimiento de normalidad. Sirve para marcar que las posturas del eje del mal partieron de una heterosexualiad obligatoria y militarmente homofoba. En este caso, la carga del insulto no se encontraría entonces en “heterosexualidad”, sino en el “eje del mal”: es un rechazo a la matriz heterosexual como régimen político dictatorial, un régimen heterosexual que aterroriza a cualquier otra forma de sexo/género/deseo que no se ajuste a sus imposibles criterios normativos. Es un mecanismo de resistencia para abrir espacios de posibilidad.

Bachiller afirma que en realidad, “el terrorismo de género”, no es perpetuado por aquellos que aterrorizan la estructura de género (drag queens, bolleras butch, travestis, transexuales, etc.), sino que los terroristas de género son aquellos que utilizan el género para aterrorizar al resto de las personas. Los auténticos terroristas, son los defensores del género. El terrorsexista (quienes quieren imponer el regimen heterosexual), ya existía antes de los 2000 (antes del 11S y 11M - atentado a Atocha 2004-). El verdadero terrorismo (dominación por el terror), es ejecutado para la defensa y vigilancia de la dicotomía heterosexual jerarquizada y genitalizada (solo existen dos sexos desiguales) y la monosexualida medicalizada (una persona solo puede poseer un único sexo natural, que es el signado médicamente). Los géneros están siendo transformados, expandidos o cuestionados con nuestras prácticas cotidianas. Sin embargo, el género, y aún el sexo y la sexualidad como verdades políticas, siguen ejerciendo un control férreo para garantizar su mantenimiento. De ahí la persecución cotidiana e institucionalizada de las ambigüedades y fluidez del sexo, géneros y deseos, y la vigilancia aduanera de los tránsitos: policías de la ley heterosexual, peritos de nuestros sexos/géneros, controladores de cambios y aseguradores de que nadie se quede a medias, entre los sexos. El terrorismo de género, esta policia de género, se cree legítima bajo una matriz heterosexual, blanca y ciudadana que las ampara. El problema surge de aquellos género que pueden “falsificar” ciertos reconocimiento para situarse diferentemente en las matrices de la masculinidad y la feminidad. Los maricas, las bolleras y trans, evidencian la imposibilidad de contención de los límites de género. Y esto hace que se infunda un nuevo tipo de terror: porque son los “raritos”, lo que no encajan en las categorías del dualismo sexual. Provoca pánico porque confronta a las personas con la seguridad de sus cuerpos normalizados, pero también por el peligro de una atracción (“lo que hacen las proscritas de género, es provocar trastornos en la identidad heterosexual”). Bachiller quiere reclama acerca de las posibilidades políticas de los cuerpos “raritos”, de la performatividades cotidianas de los géneros, de la teatralidad o la parodia que ironizan la naturalización sexual y abren nuevos espacios de lo inteligible y lo vivible, y de muchas otras formas de hacer políticas queer que no alcanzan el “grado de seriedad de la militancia tradicional”, que es masculina.

Bachiller habla de la interseccionalidad para referirse al cómo las diferentes opresiones que sufre una persona están articuladas. Porque aunque la homofobia es una opresión violenta en nuestra sociedad heterosexista, y la transfobia todavía más, se adoptan y son vividas subjetivamente de formas muy diferentes en función del género, la clase social, la condición rural o urbana, el tener o no tener papeles, o estudios, o resultar más o menos vulnerable a múltiples interpelaciones racistas - identidades múltiples- (por ejemplo: inmigración a España, un ambiente no tan hostil a lo homo/trans, pero sí a lo otro extranjero/inmigrante). Muchas veces se usa la homofobia para justificar racismos, y viceversa: muchas veces se usa el racismo para justificar la homofobia. Necesitamos dar cuenta de cómo ciertos cuerpos, ciertas relaciones y ciertos deseos, en contextos concretos pasan a ser más o menos vulnerables que otros. Así una mujer, blanca, europea, lesbiana puede sentirse vulnerable en un contexto masculino y heterosexista inmigrante, y al tiempo mantener el privilegio de su ciudadanía, y al tiempo desplegar un comportamiento racista, y al tiempo ser explotada en un trabajo precario. Porque el heterosexismo, el clasicismo, el racismo y el etnocentrismo, se refuerzan y construyen mutuamente: a la homofobia creada en torno a la enfermedad del sida (asociada irresponsablemente con los varones gays), se le añade el sexismo que ha hecho que apenas existan estudios sobre el tratamiento del sida en mujeres; pero además los medios han representado a la respetable mujer blanca, heterosexual y casado como “víctima” pasiva del sida y a la “mala” mujer inmigrante, prostituta o drogadicta como la portadora y transmisora del virus. El racismo y sexismo operan con dispositivos afines; apelan a la naturaleza para justificar relaciones de poder, asocian relaciones que compromete a los cuerpos con relaciones sociales más amplias y operan políticamente en sistemas de opresión interconectados que resultan muy difíciles de distinguir.

Desde diversas experiencias de vulnerabilidad no equiparables ni asimilables; desde ser interpeladas y violentadas como abyectas; desde la hipervigilancia de espacios propios e impropios; desde los aprendizajes de cómo aparentar y «pasar por» géneros y/o nacionalidades como estrategias de supervivencia; desde la experiencia de habitar las fronteras geográficas de los cuerpos, las nacionalidades y los deseos; desde el conocimiento de que nuestras diferentes diferencias importan y que hay que dar cuenta de ellas; queremos proliferar en encuentros promiscuos que no eludan estas complejidades constitutivas, ni sus contradicciones y conflictos.

Texto Arfuch – Identidades, sujeto y subjetividades: Problemáticas de la identidad

Identidades

Diferencia

Muerte del sujeto

Pequeños relatos vs. grandes relatos

Otredad

Identidad narrativa

Hegemonía

Esencialismo estratégico

Performatividad

Arfuch quiere problematizar la identidad, rependarla desde la actualidad de un modo crítico. A principio de los 80, provocado por los cambios ocurridos en el mapa mundial (disolución del bloque soviético), entra en crisis la idea de nación y ciudadanía, de lo universal, los “grandes relatos” y de la identidad entendida como lo esencial. Afloran las identidades étnicas, regionales, lingüísticas, religiosas, a veces en retorno a anclajes ancestrales, en busca de mayor autonomía (en tanto diferencias con las identidades impuestas), identidades políticas no tradicionales, nuevas formas de ciudadanía, identificaciones etarias, culturales, sexuales, de género, emergen con sus demandas en el espacio urbano y mediático, en pugna por derechos y reconocimiento. En cuanto a la crisis de los universalismos y los grandes relatos, la pérdida de certezas, la difuminación de verdades y valores unívocos, la percepción nítida de la diversidad de los mundo de vida, las identidades y subjetividades, aportó a una revalorización de los “pequeños relatos”, en beneficio de la pluralidad de voces. Adquieren singular despliegue la microhistoria, la historia oral, la historia de mujeres, etc. Esta pluralidad de voces, son la otredad, que se plantea como la crítica al etnocentrismo (actitud del grupo, raza o sociedad que presupone su superioridad sobre los demás), como una nueva jerarquía otorgada al ámbito de la subjetividad. Esta perspectiva puede poner en riesgo la pérdida de una idea de comunidad, de la disolución de identidades y valores colectivos en la mirada narcisista de lo individual.

Todo esto trajo aparejado la necesidad de redefinir lo esencial, lo innato, lo idéntico a sí mismo, lo que permanece, en donde la identidad no se considera más como esencial (absoluta, no es algo con lo que nacemos), sino como construida. La identidad sería entonces no un conjunto de cualidades predeterminadas (raza, color, sexo, clase, cultura, nacionalidad, etc.), sino una construcción nunca acabada, abierta a la temporalidad, la contingencia, una posicionalidad relacional sólo temporariamente fijada en el juego de las diferencias. La identidad performativa, es una construcción en el tiempo, es algo que se CREA, no es algo que nos es dado.

La identidad es una construcción narrativa, está construida en el relato (relato escrito para uno o para otros, relato fotográfico, relato biográfico, etc.). Nunca se termina de construir la identidad (siempre nos estamos narritivizando), esta en constante movimiento y construcción (por la temporalidad y contexto). La identidad es inconmensurable, no representa nunca al 100% de una persona, porque está en constante devenir. No hay identidad por fuera de la representación, de la narrativización (del sí mismo, individual o colectivo). Es decir, que la identidad se construye en el discurso y no por fuera de él (es una representación y no una esencia). Arfuch define a la identidad, como identidad narrativa (tomado de Ricoeur), es una identidad que oscila entre lo igual a uno (idem-identidad sustancial) y lo diferente a uno (ipse- identidad narrativa o construida). Esta oscilación provoca que la identidad sea dinámica, porque puede mutar, devenir a otro/a, sin fijarse definitivamente en ninguno de los dos polos (idem e ipse). La identidad es un yo mismo, atravesado también por otro y su mirada en relación a esos otros (la identidad tiene una dimensión conflictiva dad por la aparición de un otro para definirse). La identidad como relato se relaciona con la subjetividad y la temporalidad, el ahora, lo que pasa en este momento. La identidad es una narratividad ficcional. Cuando se crea un relato se hace un recorte, se jerarquizan algunas cuestiones y se dejan de lado las otras (a partir de elementos literarios, nos definimos. como cme relato, que relato, donde lo relato). Cómo elegimos relatarnos, depende del lugar y en frente de quien lo hacemos (no te presentas igual frentea a un grupo de amigos, que el trabajo; presentas las identidades que sean significativas para el contexto en donde estas). Es por esto que tenemos múltiple identidades. Toda identidad puede cambiar, es variable pero no impide que pueda ser fijada temporalmente para ser reconocida como una identidad, siempre varían pero al mismo tiempo se fija durante un periodo de tiempo. Además la identidad es definida a partir de la diferencia con otras personas, con otras identidades. Toda identidad es relacional, donde se supone que uno otro no es lo mismo que uno y a partir del cual puede afirmar su diferencia. Entonces, la redefinición actual de las identidades en términos no esencialistas lleva a considerarla, no como una sumatoria de atributos diferenciales y permanentes, sino como una posicionalidad relacional, confluencia de discursos donde se actualizan diversas posiciones de sujeto no susceptibles de ser fijadas más que temporalmente ni reductibles a unos pocos significantes “claves”. Las minorías, las agrupaciones, las diferencias entre otros, son algunas de las cosas que dieron lugar a las problemáticas de la identidad.

Es la crisis de los valores universales, identificados con el ideal iluminista, la “muerte” de un sujeto con mayúscula, actor, garante o fundamento trascendental capaz de encarnar la voluntad colectiva, lo que caracteriza el pensamiento contemporáneo de la diversidad, como apertura al reconocimiento de una pluralidad de sujetos y subjetividades. La hegemonía, se ve atravesada por interés de las identidades diferenciales, de luchar contra la hegemonía. Se intenta imponer la idea de la identidad débil que es más vulnerable para la lucha política. Esta cuestión se tornó decisiva en el debate del feminismo post-estructuralista. En efecto, la deconstrucción del núcleo fundante de la oposición hombre/mujer, con sus atributos asociados, lleva a un descentramiento de la identidad “femenina” concebida ya no como “lo que es” sino como lo que no es, negatividad. Lo universal, construido por actores sociales, es lo hegemónico, y a medida de que este discurso se vuelve “natural”, socava los fundamento de una sociedad democrática. Esto se ve por ejemplo en la arbitrariedad de lo que se define como espacio público y espacio privado (es inmotivado, por cuanto ningún lazo natural une a un significante con su significado - Saussure). Los diversos mecanismo de dominación masculina pueden ser vistos no ya como totalidades sistemáticas sino como formas hegemónicas poder, y la tarea del feminismo es luchar contra estas formas hegemónicas de poder.

El esencialismo estratégico, es abandonar las diferencias en pos de una lucha política, unirse bajo una identidad, una articulación momentánea, olvidando identidades individuales para exigir políticamente derechos (ej: 8 de Marzo, no todas las mujeres pensamos igual). Una relativa universalización de los valores, no como determinación previa pero si como producto contingente, necesaria como base de una posible hegemonía. El género no es una esencia estática, no representa una profundidad interior sino que produce esa interioridad y profundidad performativamente, como un efecto de su propia operatoria.

El lenguaje está hecho de siglos de historia es decir de otras voces que han dicho todo antes que tenga un lugar la voz propia, nadie es dueño de la palabra si no que hay una pluralidad de voces ajenas que habitan la propia, esta doble pluralidad de la voz que introduce la otredad en el mismo lenguaje estará ya presente en el momento que construimos nuestro enunciado. Arfuch plantea la necesidad desproblematizar la tendencia a la naturalización del lenguajes, el asumirlo como un objeto dado, mero soporte de la argumentación. La dimensión performativa del lenguaje, así como la operación misma de la narración como puesta en sentido (espacio/temporización, puntos de vista, despliegue de la trama) son asimismo decisivas en toda afirmación identitaria y por ende, en todo intento analitico de interpretacion.

El "dialogismo", que ha dejado una marca indeleble en la reflexión política actual, lejos está de poder ser interpretado como una propensión a la armónica confluencia de posiciones, al acuerdo, aún como figura utópica. Lo que enfatiza más bien es la otredad, la diferencia como constitutiva de toda posición, en definitiva, el valor de esa diferencia. En efecto, la discusión en tomo de las identidades, los particularismos, la rnulrículruralídad, ese despliegue creciente de las diferencias, involucra directamente un replanteo de la democracia. ¿Pueden mantenerse las viejas concepciones, apenas "aggiornadas" a los acontecimientos? Esta contracara paradójica de la globalización -cuyo "modelo" parece haber tomado el relevo del universalismo- se complementa, con la figura del "multiculturalismo" como la ficción política necesaria a la expansión sin límites del capitalismo: un concepto dietético, que apunta a reafirmar la "buena conciencia" etnocéntrica (o eurocéntrica) legislando -sólo en la letra- sobre el respeto por el otro y el reconocimiento de la diversidad. No se debe confundir la fluidez identitaria inherente a cada posición de sujeto con el efecto multiplicador que se ha producido en el escenario.político mundial. Es sobre todo en el espacio mediático -y su expansión sin límites en las redes de la hipercomunicación- que la afirmación (y la pugna) de las diferencias convoca obligadamente a la articulación entre público y privado, entre los mecanismos narrativos de la identidad personal y su indudable valencia colectiva, aspecto que también nos interesa destacar

Texto Maffia – Lo que no tiene nombre

Dilema entre diversidad de identidades y capacidad de acción colectiva

Singularidad de la existencia / universalidad del lenguaje

La constitución de un sujeto político genera: identidad, alteridad y reglas.

La falacia del discurso universal de los derechos y la ciudadanía

Universal diverso vs. universal hegemónico

Procesos de definición y etiquetamiento

Etiquetas: biografía como categoría

Plantea el fracaso del movimiento feminista por hegemonizar una definición de lo femenino que fuera universalizable, y que permitiera a las dirigentes hablar en nombre de todas las mujeres. Fueron las propias mujeres que renegaron de ser dichas por otras en su experiencia diversa (por ejemplo, las mujeres negras pobres, no se sentían reflejadas en las definiciones de lo femenino construidas por mujeres blancas ilustradas). Los seres humanos vivimos atrapados entre la singularidad de la existencia y la universalidad del lenguaje. El lenguaje nunca abarcara toda nuestra complejidad. Cada grupo al constituirse, sobre todo como sujeto político, genera una identidad y una alteridad, marcando una diferencia entre el nosotros y el ellos, marcando reglas de pertenencia. No cumpir con la relga de la identidad significa ser expulsado al espacio de lo otro, de la desviación. Durante siglos, el sujeto relevante, el sujeto hegemónico, dejaba por fuera a todas las mujeres pero también muchas masculinidades subalternizadas (fueron expulsado de los derecho y la ciudadanía). Los negros, los indígenas y las mujeres estaban explícitamente expulsados de esta posibilidad de participación.

La sexualidad hegemónica cumple los principios lógicos de identidad (un varón es un varón; una mujer es una mujer), no contradicción (un varón es no-mujer, una mujer es no-varón), y tercero excluido (se es varón o mujer, no hay tercera posibilidad). La modernidad quiere romper con esta hegemonía basada en principios lógicos y ontológicos, para fundar uno nuevo orden basado en la naturaleza, en la razón y la experiencia.

Maffia planea que resulta irónico producir exigencias para la pertenencia de un colectivo, ya que se cae en una trampa semántica olvidando el objetivo emancipatorio. Se definen arbitrariamente las reglas para participar del club, y luego se invoca la necesidad de reglas para expulsar a quienes no encajan en la presunta objetividad de su aplicación. Para completar este efecto policial del lenguaje hegemónico, la alteridad no se considerará meramente otra categoría: la desviación, la abyección, se considerarán cualidades ontológicas, modos de ser de los sujetos excluídos (lo que de paso justifica su exclusión). Y se recomendará exorcizarlos, redimirlos, perseguirlos, encerrarlos, penalizarlos, someterlos a terapias cruentas por su propio bien. Un bien en cuya definición tampoco participan. Porque, dirá el sujeto androcéntrico, nadie mejor que nosotros, sabe lo que necesitan ellos, que los tendremos entonces bajo tutela hasta que escarmienten o reconozcan la verdadera identidad humana, o al menos la imiten.

Maffia afirma que sólo cada uno puede tener una vivencia en primera persona de su propio cuerpo, experimentarlo como uno mismo. Esto abre un abismo entre un cuerpo y otro, abismo que tratamos de suturar con el lenguaje. Cuando algunos sujetos se encuentran en una situación de opresión, de violencia simbólica, carecen de autoridad perceptiva sobre sus propias experiencias y adoptan sobre ellas las descripciones en tercera persona de la cultura dominante. Aceptan definirse no como el singular sujeto que son, sino como un sujeto desviado. Cuerpos como cuerpos imperfectos, como cuerpos fuera de patrón, como cuerpos que sufrimos en lugar de ser y que sin embargo se rebelan y no consiguen encajar en el deber. Entonces nos dejamos rotular como desviados, definiendo ciertas clases de comportamientos y de sujetos como anormales. Los procesos de definición y de reacción social son en general acompañados por una desigual distribución del poder. A algunos sujetos sólo les queda ser rotulados y vivir la marginalidad del etiquetamiento. Decirse a sí mismo en lugar de ser dicha, la libertad de adquirir autoridad sobre el propio cuerpo, y la singular experiencia desde el cuerpo de un mundo que nos pertenece por igual, y desde allí la demanda política de inclusión ciudadana. La ciencia, el derecho y la teología reflejan la realidad social en sus jerarquías de poder, y colaboran en su reproducción y justificación, en una relación compleja entre elementos materiales y simbólicos. Esta no es una escala simple, muy por el contrario, porque cada sujeto pertenece a géneros, clases, edades y etnias diferentes que pueden combinarse unas con otras de diversas formas. Tanto los grupos aventajados como los desventajados se fragmentan, y así podemos pertenecer a la vez a varios colectivos. Por ejemplo, el cuestionamiento en el feminismo acerca de si se aceptarán o no travestis y personas trans que se definan como mujeres para participar en los Encuentros Feministas. Como si alguien en el feminismo tuviera la regla cefalométrica de los cuerpos o las subjetividades aceptables; o lo que es peor, como si fuera deseable tenerla. La discusión retrocede hacia el más crudo biologicismo, el que nos dijo a las feministas cómo ser mujeres y del que tantos sufrimientos y sujeciones derivaron. ¿dónde reside la “verdad” sobre los sexos y los géneros? Un enunciado no es verdadero sólo por virtud del modo en que refleja un estado de cosas. Admitir que lo que otros y otros perciben y construyen con sus interpretaciones sobre nosotros también es una parte de nuestra identidad. Las etiquetas preceden y reemplazan a la escucha y pretenden transformar una biografía en una categoría, en estos casos fuera de casta. La inadecuación entre las condiciones de aplicación del concepto y el cuerpo, se considera un problema del cuerpo: se lo aparta, se lo margina, se lo excluye de la condición de ciudadanía, se lo enajena de la posibilidad de ejercicio de sus derechos. Para contrarrestar esta abyección debemos romper ese etiquetamiento y ese círculo de justificaciones de la subjetividad hegemónica. La opresión no es sólo una cuestión de género, pero no podemos omitir la consideración del género de cualquier movimiento emancipatorio. Si al construir este movimiento repetimos el ritual de la exclusión, creo que hemos aprendido muy poco. Porque el otro, la otra, los otros y quizás cada uno de nosotros mismos por virtud del inconsciente, somos ese abismo insondable de lo que nunca terminamos de conocer, de lo que nunca concluye por definirse, aquello que no revela su fondo y no puede encerrarse en palabras, lo que no tiene nombre.


 

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