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Resumen de "Utopía"  |  Teoría Política y Social II (Cátedra: Vargany - 2017)  |  Cs. Sociales  |  UBA

BREVE RESUMEN DE SU OBRA

"UTOPÍA"

Utopía: Lugar que no existe. Teoría fundada en la justicia y la bondad pero de imposible realización. La obra "Utopía" es una novela política, donde el autor plasma ideas filosóficas y políticas. Describe una República ideal e imaginaria regida por sabias leyes, que aseguran a todos sus habitantes un mínimo de felicidad a cambio de su trabajo. Este modelo se opone a los males de la sociedad de su tiempo.

Es una novela política, cuadro idealista, de un Estado democrático. Estos ideales están reñidos con la naturaleza real del hombre y de la cosas. Es su propósito lograr una sociedad justa, regida por los máximos principios de la libertad, bienestar y solidaridad humana.

Los principios que rigen esta obra son los de la razón y la igualdad. Presenta una sociedad ideal, donde se elimina la codicia y la propiedad privada.

Es una obra modelo de la época del pensamiento humanista. Su autor, Tomas Moro, fue Canciller durante el reinado de Enrique VIII, por lo cual, es un gran conocedor de la organización inglesa.

Una vez realizada y redactada la obra fue enviada a Peter Giles con el propósito de que sea revisada y editada. Tomas Moro hace en el inicio, una especie de carta introductoria a Giles explicándole acerca de algunas dudas e inquietudes.

LIBRO I

La primera parte, titulada La Relación de Rafael Hythloday con Moro, se refiere al mejor estado de una república.

Dado que había surgido un conflicto entre Enrique VIII de Inglaterra y Carlos I de España, se envía una comitiva a Flandes con la intención de conciliación y por una decisión final sobre el tema.

En Amberes, Moro encuentra Peter Giles, quien le presenta a Rafael Hythloday, hombre de buena reputación, honrado, bien instruido, sincero. Hombre experimentado en viajes por el mundo y un filósofo estudioso del griego y su cultura. Renunció a sus propiedades y su tranquilidad, para viajar con Américo Vespucio por el mundo.

En un diálogo con Moro le relata de tierras lejanas, de leyes justas y buenas, de las que las otras naciones debían tomar ejemplo. Ante tanta experiencia se le invita a unirse a la corte de algún Rey, con el objeto de ser útil con sus consejos. A esto, él contesta que prefiere su libertad a vivir esclavo de un Rey. Fundamenta su decisión, diciendo que ni los reyes, ni los que lo rodean, valoran los consejos de ningún sabio, por que están más interesados en guerras y hazañas caballerescas y en sus propias comodidades.

El espíritu de la injusticia por un lado, y de la justicia por el otro aparecen claramente explicados por Rafael. Continúa diciendo que la injusticia podría evitarse creando medios para que los ciudadanos puedan ganarse la vida mediante el trabajo manual y la agricultura.

El aboga en defensa del ciudadano, comentando que son los señores los que los convierten en malhechores, encarcelándolos o pagándoles con la muerte. Critica a los que se creen servidores de la República. Al Rey, a los caballeros sirvientes, señores quienes se creen sabios y solo oprimen a los trabajadores con sus leyes injustas.

Alude a Inglaterra y Francia, diciendo que allí, los hombres de guerra son ociosos mercenarios, a quienes se les da más importancia, simplemente porque conservan la paz o mejor hacen la guerra; para lo cual, los gobernantes, tratando de mantenerlos ocupados, les improvisan guerras convirtiéndolos en asesinos; pero cuando vienen de la guerra inútiles, inválidos y enfermos los expulsan y pasan a ser pobres. Aparecen los caballeros "justos", que se creen justos, pero mediante fraudes y artimañas les usurpan las tierras a los colonos y todo cuanto tienen, empujándolos a la condición de mendigos y ladrones para luego ser encarcelados o pagar con la muerte.

La ambición, la irrazonable codicia y el materialismo, la lujuria y la glotonería, de esta clase de poderosos señores, solo llevan a la extrema condición de baja moral (juegos, fiestas, prostitución, etc.).

Después de una extensa crítica a los poderosos, con los que no comparte sus acciones, sugiere soluciones para evitar los excesos. No dejar que los ricos manejen con su monopolio el mercado. Combatir la ociosidad que lleva a la mendicidad, creando leyes justas y fuentes de trabajo.

No es que el robo deba escapar del castigo, sino que no es justo ni legal perder la vida por dinero, la vida está por encima de todo. El asesinar a un hombre por dinero no es menos punitorio que el apoderarse de dinero por hambre.

Los poderosos manejan la muerte aunque Dios diga: "no mataras". El hombre le pone límite a este mandato, permitiendo matar mediante leyes que contemplan este castigo ante el delito. Lo mismo, cree, debería establecer la constitución, es decir, en que medida los actos inmorales puedan ser legales.

La ley de Moisés es un modelo, de cómo se castigaba el robo sin acudir a la muerte. Devolvían el dinero robado, por medio de la restitución.

Otras Repúblicas, también, castigaban dando oportunidades de vida. Les daban trabajo a cambio de comida y otras actividades, restringiéndoles la libertad. Este sistema de respeto por la vida, darles oportunidades, hacerles entender el valor de la libertad a los delincuentes, debería ser tomado como ejemplo por Inglaterra y Francia y las demás Repúblicas.

Nuevamente se le invita a Rafael a ser un consejero en las cortes de los reyes. El está de acuerdo en que se debe escuchar el concejo de un filósofo, ya que para tener una república feliz, es importante escucharlos o los gobernantes deberían estudiar filosofía. De esta manera habría reyes sabios y no corruptos, de otra manera, se usaran artimañas para alcanzar la paz y el progreso. Los actos de presión, hacen que el pueblo no se rebele. Someten por el miedo con leyes injustas. Para estos gobernantes, la paz consiste en la pobreza del pueblo, y aconseja Rafael, que el Rey que actúa así, mejor seria que renunciara.

Menciona que en la República de Platón y en Utopía hay paz, la verdadera, porque todas las cosas son en común, porque las leyes son pocas y bien aplicadas. Insiste en que las ciudades deben tomar ejemplo. Le gusta decir la verdad aunque sea desagradable, así como Cristo dijo la verdad y lo hizo públicamente.

Las costumbres, los decretos pestilentes en las otras ciudades corrompieron la justicia y el estado. Donde el dinero es el interés de los que gobiernan, no se puede gobernar con justicia y prosperidad para todos. Allí, la riqueza es para unos pocos, mientras el resto sufre miseria. No cree que la riqueza privada sea conveniente.

Ejemplifica a Utopía, donde hay pocas leyes y gran virtud, tiene abundancia por que todo es común. Mientras haya un solo hombre, dueño absoluto de lo suyo, habrá injusticia y pobreza. Por otro lado donde hay orden, organización, bien común, trabajo, estudio y dedicación, habrá prosperidad justicia y paz

LIBRO II

Referido a la mejor República. En primer lugar, hace referencia a las características de la Isla Utopía.

El rey de Utopía, guía al pueblo que era salvaje, a la perfección en las costumbres, humanamente y civilizándolos. Esta isla está constituida por ciudades - estado; donde existen granjas, y donde hay un jefe llamado filarca (cabeza de tribu).

A los miembros de la ciudad se los prepara e instruye para las tareas del campo. Para que no se produzca escasez de los productos por falta de conocimiento en el tema. (Se practica la incubación artificial); lo producido, cuando no es usado se reparte entre los vecinos.

El estado provee los elementos necesarios para la producción sin costo alguno. La ciudad más importante es Amaurota, ya que allí reside el consejo de los magistrados. Se eligen anualmente los sifograntes (filarcas), estos a su vez, con voto secreto, eligen al príncipe, el cual es vitalicio siempre que no sea sospechoso de tiranía. Además, los cargos son anuales, y el consejo es el encargado del bien común y de dar los resultados de los comicios, luego de ser tratados durante tres días. Esto se hacía con el fin, de evitar la tiranía de los gobernantes.

DE LAS CIENCIAS, ARTES Y OCUPACIONES

La ciencia común a todos es la agricultura, que es practicada por todos (hombres y mujeres), para ello se preparan desde niños en las escuelas y los campos. Además de la agricultura, se practican otras ciencias como tejer, carpintería, albañilería, herrería. La función de los sifograntes es velar para que los hombres trabajen cada uno en su arte; también hay un espacio para la música y la reflexión.

Si bien en esta isla no se cumple con las horas de trabajo, porque la provisión de las cosas no falta. Se pregunta: ¿Cuanto de ocioso tiene la vida de los sacerdotes y religiosos? También, incluye a los latifundistas, a los que llama gentiles, hombres y nobles. Y pone de manifiesto que en la isla Utopía todos trabajan en cosas productivas y no inútiles, como en otros lugares, de modo tal, que lo que se produce es suficiente para la subsistencia, la comodidad y el placer.

Los únicos exentos del trabajo, son, además de los sifograntes, los que el pueblo, aconsejado por los sacerdotes y los sifograntes, ha elegido para concederles una dispensa perpetua del trabajo, para que se dediquen con toda tranquilidad al estudio. Estos, deberán responder a la confianza depositada, caso contrario, volverá al estamento de los artesanos. A veces, se dan casos contrarios, entre estos estudiosos se eligen los sacerdotes, embajadores y hasta el príncipe.

DE SU VIDA Y RELACIONES MUTUAS

La ciudad esta compuesta por familias, y a éstas, a su vez, la componen los parientes, las mujeres al casarse, van a la casa de su marido, no así los varones que siguen en su casa y el jefe es el más anciano. En la ciudad se establece el número de habitantes que debe mantener, como así también, el número de hijos que puede mantener una familia, la relación de los ciudadanos.

El mayor gobierno de la familia. Las esposas: dependen de sus maridos; los hijos: dependen de los padres; los más jóvenes de los mayores. La ciudad esta dividida en cuatro partes o barrios. Barrios - centro = mercado de productos, allí la familia encuentra todo lo que necesita y lo lleva gratuitamente por que todo abunda. También existen en estos lugares una limpieza exagerada.

A la hora de la alimentación, los primeros son los hospitales, que son tan amplios, aparentando ser otras ciudades. Y están muy bien dotados de todo lo necesario. Todos acuden a comer en salas preparadas por esclavos, de las comidas se encargan las mujeres por turno.

Los habitantes de las islas tenían restricciones para los viajes, y podían ser castigados, como fugitivos o desertores y castigarlos con la esclavitud. No existen en la ciudad lugares malos, de modo que todos los hombres sanos se dediquen al trabajo y de esa manera no existan hombres pobres o necesitados. El Estado es considerado una gran familia, donde se protegen unos a otros. En este país, su tesoro para casos de guerra y para contratar soldados extranjeros. Los utopienses detestaban la suntuosidad y la ostentación, y criticaban a quienes lo eran y los despreciaban, por ejemplo a los embajadores que soberbios y orgullosos, exponían todo su oro.

La filosofía de las costumbres y la moral, plantea la discusión de las cualidades del alma, la razón, la virtud, pero principalmente la felicidad del hombre y debemos agregar estos principios de la religión:

La virtud es definida como una vida ordenada según la naturaleza, y los hombres son orientados por Dios. Se considera injusticia, el hecho de que un hombre trate de impedir a otro que sea feliz.

Dios recompensa a quienes han regalado placer. Los Utopienses, consideran como algo bajo y vil, el hecho de que el más fuerte oprima o destruya al más débil por placer. Podemos diferenciar dos clases de placeres: del alma y del cuerpo.

La razón humana, considera verdadero lo de la virtud y el placer. La gente de Utopía era trabajadora y estudiosa. Tenían gran interés en aprender el latín y lo hicieron muy rápido. Así, pudieron leer las obras de Platón, Aristóteles, Plutarco, Homero, Aristófanes, Heródoto y otros.

DE LOS ESCLAVOS ENFERMOS, MATRIMONIOS Y OTRAS MATERIAS

Son esclavos en Utopía, los que fueron castigados a serlo por haber cometido delitos, o quienes han sido condenados a muerte por delitos graves en otras ciudades, de esta clase hay muchos en la isla. Estos, trabajan continuamente y están encadenados. A los otros, de la isla, los tratan con mayor severidad, por considerarlos casos perdidos. Hay otro tipo de esclavos, el que elige por voluntad propia serlo, debido a la mala situación en la que vivían en otras ciudades, a estos se los trata de la misma manera que a los ciudadanos, salvo que deben trabajar más. Si alguno de estos esclavos decide irse, no hay resistencia a ello y nunca dejan que se marche con las manos vacías.

En cuanto a los enfermos, los Utopienses cuidan de ellos, con afecto y total dedicación para devolverles la salud. En caso de enfermedades dolorosas o incurables, los sacerdotes y los magistrados, inducen a estos a, que viendo que no hay posibilidad de mejoría y vivir es una tortura, no se rehúsen a morir, explicándoles, que obrando así, dejan esta vida siendo hombres virtuosos. Una vez convencidos terminan con su vida voluntariamente de hambre, el que se suicida sin el consejo de los sacerdotes y magistrados, es considerado indigno de ser sepultado.

En lo relativo al matrimonio, aquí no es solo disuelto por la muerte. Puede disolverse por adulterio o por costumbres intolerables que puedan ofender a algunas de las partes. De vez en cuando se divorcian, cuando ambos cónyuges no se pueden entender bien, con el consentimiento de los dos, se vuelven a casar. Pero el que terminara el matrimonio sin alegatos claros, es condenado a la esclavitud.

No existe ley que castigue algún tipo de transgresiones, sino que el consejo decide el castigo según la gravedad del delito. Los más graves, son condenados a la esclavitud, ya que así, se consigue más provecho para la ciudad, con su trabajo que matándolos, lo que es un desperdicio de la mano de obra para los peores trabajos. Consideran a la burla como algo vergonzoso para quien se burla; en cuanto a la belleza, piensan que nunca está por sobre la humildad y la cualidades honestas de los hombres.

Los habitantes viven amistosamente, los magistrados se comportan como padres de la comunidad y el príncipe, ni se distingue de los demás, ya que no viste como tal, solo se le reconoce por un pequeño haz de trigo que lo precede; lo mismo sucede con el obispo, quien al frente lleva un cirio de cera. Hay pocas leyes, por ser este un pueblo muy instruido y bien organizado. Están prohibidos los abogados y procuradores, pues consideran que es mejor que uno se defienda.

Los Utopienses opinan que la construcción, o ruina de una República depende y se apoya en las costumbres de los gobernantes y magistrados.

También, hablan de sus vecinos y los critican.

En otros pueblos esta costumbre de comprar y vender es desaprobada, como un acto cruel propio de una mente baja y cobarde, pero ellos se consideran muy dignos de alabanza, porque como hombres prudentes resuelven por esos medios grandes guerras, sin una batalla ni escaramuza. Pues, no se compadecen menos de la clase baja y común de sus enemigos, que los suyos saben que son obligados y arrastrados a la guerra contra su voluntad.

Este pueblo está a quinientas millas de Utopía hacia el este, son repulsivos, salvajes y fieros; viven en puestos agrestes y altas montañas, donde nacieron y se criaron. Son de fuerte constitución, capaces de aguantar y resistir calor, frío y trabajo; y desprecian todas las finuras delicadas y no se ocupan del trabajo y cultivo de las tierras toscas y rudas, tanto en la construcción de sus casas como en sus atavíos; no se dedican a nada bueno, únicamente a la cría y cuidado de ganado. La mayor parte de su vida consiste en robar y cazar.

Han nacido solamente para la guerra, que buscan con interés y asiduidad, y cuando lo consiguen se alegran extraordinariamente. Salen de sus tierras en grandes bandadas y ofrecen sus servicios por poco dinero. Este, es el único oficio con el que se ganan la vida, luchan esforzada, fiera y fielmente. No se comprometen por un tiempo determinado, se alistan con la condición de que al día siguiente se unirán al bando contrario por unas pagas más elevadas, y al próximo día después de esto, estarán dispuestos de nuevo por un poco más de dinero.

Pocas guerras hay por allí, en las que no haya un gran número de ellos, ocurre que parientes próximos que fueron alquilados juntos se trataban muy amistosa y familiarmente; tiempo después de hallarse separados se lanzan unos contra otros olvidando el parentesco y la amistad, se atraviesan sus espadas sin más motivos que el estar alquilados por príncipes enemigos, hasta tal punto, que se les inducirá a cambiar de bando por medio penique más. Rápidamente se han aficionado a la avaricia, pero por otra parte no les sirve de ningún provecho, pues lo que ganan luchando, lo gastan desenfrenada y miserablemente en juergas.

Este pueblo lucha a favor de los utopienses porque ellos les dan mayores salarios que cualquier otra nación. Pues los utopienses de la misma manera que utilizan bien a los hombres buenos, se aprovechan de estos malos y viciosos con promesas de grandes recompensas, donde la mayor parte de ellos, nunca regresan para pedir sus premios. Pagan lealmente a los que quedan vivos, para que estén dispuestos a un peligro semejante otra vez.

Los utopienses, creen que harían una acción muy buena a la humanidad, si pudieran liberarla de aquel cubil de gente sucia y apestosa, malvada y odiosa. Además de esto, utilizan a los soldados, y en último término, reclutan a sus propios súbditos; a uno de los cuales, de probado valor y destreza dan el mando y dirección de todo el ejército. A sus órdenes designan a dos o más, que mientras aquel está a salvo están en reserva y fuera del cargo.

Eligen en cada ciudad como soldados, a los que se ofrecen como voluntarios pues no obligan a ningún hombre a la guerra contra su voluntad. Pero si se hace alguna guerra contra el propio país, entonces ponen a estos cobardes, mientras sean rudos.

Como ninguno es llevado a la guerra fuera de sus fronteras contra su voluntad, no se prohíbe a las mujeres que quieran acompañar a sus maridos, y en el campo de batalla las esposas están al lado de sus maridos. Es un gran motivo de deshonra para el marido volver a casa sin su esposa, o viceversa, o el hijo sin su padre.

Pues, así como ponen todos sus medios para evitar la necesidad de luchar, haciéndolo por medio de sus mercenarios; cuando no hay más remedio que luchar, ellos entonces, se lanzan con tanta valentía como prudencia pusieron antes, mientras podían evitarla. Tampoco son valerosos a la primera acometida, sino que poco a poco incrementan su fiero valor, con ánimos tan decididos, que morirían antes que retroceder una pulgada. Además, su conocimiento de caballería y hechos de armas les da confianza.

Nunca estiman tanto su vida, ni tienen un valor tan excesivo por ella que ambicionan conservarla vergonzosamente, cuando el honor les exige abandonarla.

Cuando la Batalla es más violenta y más fiera, un grupo de jóvenes, escogidos y selectos toman la responsabilidad con un ataque largo y continuo, ocupando las tropas de refresco el lugar de los hombres fatigados. Tampoco emprenden la caza y persecución de sus enemigos, de modo que, si todo su ejército es dispersado y vencido, salvo la retaguardia y con ésta alcanzan la victoria, prefieren dejar escapar a todos sus enemigos.

Pues recuerdan, que ha ocurrido más de una vez, que sus enemigos animados por la victoria, han perseguido a los que huían salidos de la formación, y que proseguían la persecución confiados en su seguridad, lo que ha cambiado la suerte de la batalla, arrebatándoles de sus manos la segura e indudable victoria.

DE LOS MAGISTRADOS

Cada 30 familias se eligen por año entre sus miembros un magistrado llamado Filarca. A la cabeza de 10 filarcas se encuentra un Protafilarca.

El total de los Filarcas, unos 200, eligen, mediante escrutinio secreto a un príncipe haciéndolo entre cuatro candidatos que propuso previamente el pueblo; cada cuarta parte de la ciudad designa un candidato y lo recomienda luego al Senado.

El príncipe es un magistrado perpetuo a menos que de señales de tiranía. Año por año se eligen los protafilarcas; se reeligen, a menos que existan serios motivos en contra de los mismos. Los restantes magistrados se renuevan anualmente.

Cada tres días los protafilarcas se reúnen en consejo con el príncipe, deliberan acerca de los asuntos públicos y allanan, si es que existen, las divergencias entre particulares.

Concurren cotidianamente dos filarcas a las sesiones del Senado. Los mismos no lo hacen nunca dos veces seguidas.

En el Senado no se ratifica nada que no haya sido previamente discutido con tres días de anterioridad a la votación.

Se castiga con pena capital el hecho de deliberar sobre los negocios públicos fuera del Senado o de los comicios públicos.

Estas reglas fueron establecidas para evitar que el príncipe pudiera oprimir al pueblo y modificar el régimen de acuerdo con los protafilarcas.

Toda cuestión de importancia que se juzgue, es enviada a la Asamblea de los filarcas; estos, luego de consultar con sus familias, deliberan entre sí, y presentan su opinión al Senado. A veces la cuestión es llevada al Consejo general de la isla.

Nunca se discute en el Senado una proposición el mismo día en que ha sido presentada, y que la discusión se aplace hasta la siguiente sesión. De esta forma nadie se halla expuesto a decir lo que primero le viene a los labios y a tener entonces que defenderlo en vez de sostener lo que será de mayor conveniencia al interés público.

DE LOS OFICIOS

Hay un oficio que ejercen todos los utópicos, ya sean hombres o mujeres: la agricultura. Desde la infancia todos son instruidos en ella; esto mediante una instrucción teórica que se da en la escuela o por prácticas en los campos próximos a la ciudad.

Además de la agricultura, tarea común a todos, aprenden un oficio determinado: tejedores, albañiles, artesanos, herreros, carpinteros.

Todos adoptan casi siempre los oficios de sus padres por propensión natural. Pero, si alguien se siente atraído por otro oficio, pasa a formar parte de algunas de las familias que lo ejecutan. Su progenitor y los magistrados se encargan de que tenga como maestro a un honrado padre de familia. Por otra parte, si teniendo un oficio, uno desea aprender otro, se le ofrece idéntica posibilidad. Más tarde escogerá entre ambos oficios.

La principal función de los filarcas consiste en procurar que nadie se encuentre ocioso, que todos ejerciten a conciencia su oficio.

En Utopía dividen la jornada en 24 horas iguales. Seis las destinan al trabajo; tres por la mañana, después de las cuales se ponen a comer; terminada la comida, reposan dos horas, y trabajan luego tres horas hasta el momento de la cena. Cuentan las horas a partir del mediodía. a las ocho se van a dormir, y duermen ocho horas.

"Cada uno utiliza como mejor le place el espacio de tiempo comprendido entre el fin del trabajo y la hora de la cena y de irse a dormir; pero ello no quiere decir que lo consagren a la holganza ni tampoco a la voluptuosidad, sino a una ocupación distinta de su oficio y escogida de acuerdo con sus gustos" (Utopía; Libro Segundo; pág. 41).

La mayoría de los utópicos, en sus ratos de ocio, se dedican a las letras, pero, hay otros muchos que prefieren emplear este tiempo en su oficio propio y es entendible, ya que no todos tienen la capacidad para la elevación del alma, que procuran la meditación y el estudio. "Bien veis que no existe motivo ninguno de ocio, ni pretexto de holganza. No hay taberna alguna de vino o de cerveza... ni ocasión de corruptelas, ni escondrijos, ni ocultas reuniones, ya que, estando todos bajo las miradas de los demás, se ven obligados a dedicarse al trabajo habitual o a un holgar honesto" (Utopía; Libro Segundo; pág. 49).

Terminada la cena se pasa una hora en diversiones: en el verano, en los jardines, y en invierno, en las salas comunes donde comen. Los utópicos se ejercitan en la música o recreándose conversando. Los dados y demás juegos de azar son desconocidos. Sin embargo, se practican dos juegos muy similares al ajedrez.

"Tal vez pensaréis que una jornada de seis horas necesariamente acarreará escasez. Pero no es así. Dicha jornada no sólo basta para obtener lo necesario a las necesidades y comodidades de la existencia, sino que las supera" (Utopía; Libro Segundo; pág. 42). Esto será comprendido si se considera cuán grande es, en los restantes países, la cantidad de la población que pasa el tiempo en ocio. El número de trabajadores cuya actividad se aplica a suministrar las necesidades del género humano es muy inferior. En estas ciudades son pocos los que ejercen un oficio que es indispensable. Todo se mide por el dinero, por lo que se dedican a profesiones inútiles y superfluas, que sólo sirven para acrecentar el lujo y la deshonestidad.

En Utopía, existen apenas en cada ciudad y territorio que de ella depende, 500 personas que teniendo edad y fuerzas para trabajar se encuentran dispensadas de hacerlo. Los Filarcas, aunque la Ley los excluya del trabajo, no lo evitan, para con su ejemplo, estimular a los demás. También están excluidos aquellos a quienes el pueblo, a propuesta de los sacerdotes, y con el voto previo de los Filarcas"otorgó una permanente dispensa para que puedan dedicarse al estudio" (Utopía; Libro Segundo; pág. 43).

Ocurre con frecuencia que algún obrero, después de consagrar sus horas de ocio al estudio, logra grandes progresos por lo que le es permitido ejercer su oficio e incluido en la categoría de los letrados. Entre éstos se elige a los sacerdotes, a los protafilarcas y el príncipe.

Aunque los utópicos se dediquen solamente a oficios útiles y les consagren pocas horas de trabajo, se produce superproducción de todos los bienes.

Con frecuencia se ordena la reducción de la jornada de trabajo. Los magistrados no quieren obligar a los ciudadanos a que realicen contra su voluntad un trabajo superfluo, ya que las instituciones de Utopía tienden esencialmente a liberar a todos los ciudadanos de las servidumbres materiales en cuanto lo permiten las necesidades de la comunidad, y también a favorecer la libertad y el cultivo de la inteligencia.

DE LAS MUTUAS RELACIONES

Las ciudades están formadas por familias, constituidas en grupos unidos por vínculos de parentesco. Cuando las mujeres llegan a la nubilidad se casan y viven en el domicilio de sus maridos; los hijos y los nietos quedan en la familia y debe obediencia al más anciano de los antecesores. Es el más anciano el que rige la familia. Los más jóvenes sirven a sus antecesores.

Cuando el más anciano tiene debilitada la inteligencia, es sustituido por el pariente que le sigue en edad.

Con el objeto de que la población no disminuya y aumente en forma excesiva, se procura que cada familia no tenga menos de diez hijos púberes, ni tampoco más de 16. esto se obtiene enviando a las familias poco numerosas el exceso de las que cuentan con muchos hijos. Cuando la población de una ciudad es bastante numerosa, sirve para suplir la falta de ella en las pobladas. Si la masa de población en toda la isla es excesiva, se designan de cada ciudad aquellos habitantes para que funden en el continente cercano una colonia, a la que dan sus leyes los habitantes de Utopía.

Al proceder a la ocupación de la tierra establecen con los indígenas una unión voluntaria; ambos pueblos se funden en uno sólo.

Los utópicos logran hacer fértil la tierra que los habitantes primitivos consideraban como árida e improductiva.

Aquellos pueblos que se resistan a la convivencia será expulsados de sus tierras. Los nuevos colonos guerrearán con ellos por que consideran justa la causa de guerra por la posesión de un territorio mantenido desierto e inútil.

En caso de que la población de alguna ciudad de Utopía disminuya y que las restantes no basten para cubrir el vacío, repatrían a los habitantes de una colonia para la repoblación. Los utópicos prefieren la desaparición de sus colonias a la disminución de una ciudad cualquiera.

Toda ciudad se divide en cuatro partes iguales. en el centro de cada una hay un mercado público. En esta parte, y en almacenes especiales, cada familia entrega los frutos de su trabajo. Cada uno de los padres de familia busca allí lo que necesitan él y los suyos; se lleva lo que desea, sin que tenga que entregar a cambio dinero o cosa alguna. "¿Quién pedirá lo que necesita?... Unicamente el temor a las privaciones es la causa que vuelve ávidos y rapaces a todos los seres vivientes; para el hombre, es únicamente la soberbia la causante, pues le hace vanagloriarse de superar a los demás en riquezas superfluas, cosa que las instituciones de Utopía no permiten en ninguna forma" (Utopía; Libro Segundo; pág.46).

DE LOS VIAJES DE LOS UTÓPICOS

Toda vez que un ciudadano tiene que ir a otra ciudad o desea viajar, fácilmente tiene la aprobación del filarca y del protafilarca.

Los viajeros parten formando grupos, provistos de una carta del príncipe, en la que costa la autorización del viaje, y se fija la fecha del regreso. Se les da un vehículo y un esclavo público. Consigo no llevan cosa alguna ya que durante el viaje nada les falta... en todas partes se encuentran como en su casa. Si en alguna parte se detienen más de una jornada, trabajan allí en su oficio; serán acogidos con amabilidad por parte de los artesanos de su corporación.

Se deduce la abundancia de todos los bienes. Como éstos están repartidos con equidad entre todos, nadie puede ser pobre ni mendigo.

En el Senado de Amaurota se reúnen todos los años tres ciudadanos de cada ciudad, se trata en primer término de las cosas que abundan en cada lugar y de las que menos abundan.

Si tienen provisiones suficientes para sí (las preparan para dos años, como acto de previsión), exportan el sobrante a otros países. Merced a este comercio, importan no sólo las materias de que carecen (solamente hierro), sino también gran cantidad de plata y oro.

La práctica que tienen en este negocio les permite poseer abundantes riquezas. No les importa el vender al contado o a plazo. No aceptan documentos de particulares solos y exigen la garantía de una ciudad. Cuando se acerca el día del vencimiento, ésta reclama el pago a los deudores particulares y deposita las sumas cobradas en su Tesoro sirviéndose de ellas hasta que los utópicos las reclaman, ya sea para prestar a otro país o para hacer la guerra.

El oro y la plata en Utopía no tiene valor superior al que les da la naturaleza, ella puso abiertamente a la disposición de los utópicos todas las mejores cosas, como son el aire, el agua, la tierra, a la vez que ocultó en lo profundo lo que es vano y de ninguna utilidad. Estos metales son utilizados en Utopía para suplicio de los esclavos, la diversión de los pequeños y como sinónimo de infamia.

Las instituciones utópicas son totalmente opuestas a las necedades. Las opiniones se deben, por una parte a la educación recibida en el país y, por otra, a los estudios en ciencias y en letras, todos desde muchachos reciben una educación literaria, favorecida por las horas libres que deja el trabajo.

Conocen el curso de los astros y el movimiento de los cuerpos celestes, también hallaron diversos instrumentos con los que determinar con exactitud los movimientos y situación del sol, de la luna y de los demás astros.

Discuten acerca de la virtud y del placer; pero su primera y principal controversia es saber en qué consiste la felicidad. Nunca discuten acerca de ella sin fundamentarse en los principios religiosos. tales principios son: El alma es inmortal y nació por bondad de Dios para ser feliz. Después de esta vida en la tierra, serán recompensadas las virtudes, y castigados los vicios.

La naturaleza invita a los hombres a que se ayuden unos a otros viviendo alegremente; a obrar en bien de la humana sociedad. Todas las acciones y las virtudes deben estar dirigidas al placer y a la felicidad. Placer es el estado del alma o del cuerpo en que uno se complace obedeciendo a la naturaleza. Son verdaderos placeres aquellos referidos al alma o al cuerpo. Los del alma son la inteligencia y la beatitud que se origina de la contemplación de la verdad. A esto hay que agregar el recuerdo de una existencia bien vivida y la esperanza segura de los futuros bienes. los placeres del cuerpo son los que producen en los sentidos una manifiesta impresión y una salud carente de todo malestar (estado de equilibrio corporal).

DE LOS ESCLAVOS

Los utópicos no reducen a la esclavitud ni a los prisioneros de guerra ni a los hijos de los esclavos ni, en general, a ninguno de los que en otras tierras son vendidos como tales. Son esclavos aquellos que por algún crimen merecen ese castigo o aquellos comerciantes condenados a muerte en el extranjero a los que rescatan a bajo precio y a veces por nada.

Los esclavos deben trabajar constantemente pero tratan peor a los esclavos utopianos puesto que una excelente educación no los mantuvo en la virtud, educación que los esclavos extranjeros no disfrutaron.

DEL ARTE DE GUERREAR

Detestan la guerra por cosa brutal, y si bien hombres y mujeres se adiestran a diario, lo hacen para encontrarse aptos en caso de necesidad. Sólo guerrean en defensa propia, para proteger a sus amigos o para ayudar a un pueblo oprimido por un tirano.

Guardan el oro y la plata sólo por esta circunstancia, y contratan mercenarios para sus guerras.

LAS RELIGIONES DE LOS UTÓPICOS

Hay diversas religiones, no sólo en la isla, sino en cada ciudad, pero la mayor y más "sabia" rinde culto al Padre de Todo, que es eterno, infinito, invisible e incomprensible, y está más allá de lo que podemos conocer. El es el origen de todo, y causa del desarrollo y el progreso, de las vicisitudes y el fin de cuanto existe. Sólo a El tributan honores divinos.

Pero hay libertad para elegir la religión, y cualquier tipo de persecución religiosa está prohibida.

DOCUMENTACIÓN

CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPIO

PARA LA PROCLAMACIÓN DE SANTO TOMAS MORO COMO PATRONO DE LOS GOBERNANTES Y DE LOS POLÍTICOS

JUAN PABLO II PONTÍFICE PARA LA PERPETUA MEMORIA

  1. Recientemente, algunos Jefes de Estado y de Gobierno, numerosos exponentes políticos, algunas Conferencias Episcopales y Obispos de forma individual, me han dirigido peticiones en favor de la proclamación de santo Tomás Moro como patrono de los gobernantes y de los políticos. Entre los firmantes de esta petición hay personalidades de diversa orientación política, cultural y religiosa, como expresión de vivo y difundido interés hacia el pensamiento y la conducta de este insigne hombre de gobierno.
  2. De la vida y del martirio de Santo Tomás Moro brota un mensaje que a través de los siglos habla a los hombres de todos los tiempos, de la inalienable dignidad de la conciencia la cual, como recuerda el Concilio Vaticano II, (es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella) (Gaudium et spes, 16). Cuando el hombre y la mujer escuchan la llamada de la verdad, entonces la conciencia orienta con seguridad sus actos hacia el bien. Precisamente por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, Santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral. Y también fuera de la Iglesia, especialmente entre los que están llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana.
  3. Tomás Moro vivió una extraordinaria carrera política en su país. Nacido en Londres en 1478 en el seno de una respetable familia, entró desde joven al servicio del arzobispo de Canterbury Juan Morton, canciller del Reino. Prosiguió después los estudios de leyes en Oxford y Londres, interesándose también por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura clásica. Aprendió bien el griego y mantuvo relaciones de intercambio y amistad con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo Desiderio de Rótterdam.
  4. Su sensibilidad religiosa lo llevó a buscar la virtud a través de una asidua práctica ascética: cultivó la amistad con los frailes menores observantes del convento de Greenwich y durante un tiempo se alojó en la cartuja de Londres, dos de los principales centros de fervor religioso del Reino. Sintiéndose llamado al matrimonio, a la vida familiar y al compromiso laical, se casó en 1505 con Juana Colt, de la cual tuvo cuatro hijos. Juana murió en 1511 y Tomás se casó en segundas nupcias con Alicia Middleton, viuda con una hija. Fue durante toda su vida un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos. Su casa acogía yernos, nueras y nietos y estaba abierta a muchos jóvenes amigos en busca de la verdad o de la propia vocación. La vida de familia permitía, además, largo tiempo para la oración común y la «lectio divina», así como para sanas formas de recreo hogareño. Tomás asistía diariamente a misa en la iglesia parroquial, y las austeras penitencias que se imponía eran conocidas solamente por sus parientes más íntimos.
  5. En 1504, bajo el rey Enrique VII, fue elegido por primera vez para el Parlamento. Enrique VIII le renovó el mandato en 1510 y lo nombró también representante de la Corona en la capital, abriéndole así una brillante carrera en la administración pública. En la década sucesiva, el rey lo envió en varias ocasiones para misiones diplomáticas y comerciales en Flandes y en el territorio de la actual Francia. Nombrado miembro del Consejo de la Corona, juez presidente de un tribunal importante, vicetesorero y caballero, en 1523 llegó a ser portavoz, es decir, presidente de la Cámara de los Comunes. Estimado por todos por su indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre y simpático y su erudición extraordinaria, en 1529, en un momento de crisis política y económica del país, el rey le nombró canciller del Reino. Como primer laico en ocupar este cargo, Tomás afrontó un período extremadamente difícil, esforzándose en servir al rey y al país. Fiel a sus principios se empeñó en promover la justicia e impedir el influjo nocivo de quien buscaba los propios intereses en detrimento de los débiles. En 1532, no queriendo dar su apoyo al proyecto de Enrique VIII que quería asumir el control sobre la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión. Se retiró de la vida pública aceptando sufrir con su familia la pobreza y el abandono de muchos que, en la prueba, se mostraron falsos amigos. Constatada su gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia, el Rey, en 1534, lo hizo encarcelar en la Torre de Londres dónde fue sometido a diversas formas de presión psicológica. Tomás Moro no se dejó vencer y rechazó prestar el juramento que se le pedía, porque ello hubiera supuesto la aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno a un despotismo sin control. Durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Condenado por el tribunal, fue decapitado. Con el paso de los siglos se atenuó la discriminación respecto a la Iglesia. En 1850 fue restablecida en Inglaterra la jerarquía católica. Así fue posible iniciar las causas de canonización de numerosos mártires. Tomás Moro, junto con otros 53 mártires, entre ellos el obispo Juan Fisher, fue beatificado por el Papa León XIII en 1886. Junto con el mismo obispo, fue canonizado después por Pío XI en 1935, con ocasión del IV centenario de su martirio.
  6. Son muchas las razones a favor de la proclamación de santo Tomás Moro como patrono de los gobernantes y de los políticos. Entre éstas, la necesidad que siente el mundo político y administrativo de modelos creíbles, que muestren el camino de la verdad en un momento histórico en el que se multiplican arduos desafíos y graves responsabilidades. En efecto, fenómenos económicos muy innovadores están hoy modificando las estructuras sociales. Por otra parte, las conquistas científicas en el sector de las biotecnologías agudizan la exigencia de defender la vida humana en todas sus expresiones, mientras las promesas de una nueva sociedad, propuestas con buenos resultados a una opinión pública desorientada, exigen con urgencia opciones políticas claras en favor de la familia, de los jóvenes, de los ancianos y de los marginados. En este contexto es útil volver al ejemplo de santo Tomás Moro que se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes. Convencido de este riguroso imperativo moral, el estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si era débil o pobre; gestionó las controversias sociales con exquisito sentido de equidad; tuteló la familia y la defendió con gran empeño; promovió la educación integral de la juventud. El profundo desprendimiento de honores y riquezas, la humildad serena y jovial, el equilibrado conocimiento de la naturaleza humana y de la vanidad del éxito, así como la seguridad de juicio basada en la fe, le dieron aquella confiada fortaleza interior que lo sostuvo en las adversidades y frente a la muerte. Su santidad, que brilló en el martirio, se forjó a través de toda una vida entera de trabajo y de entrega a Dios y al prójimo. Refiriéndome a semejantes ejemplos de armonía entre la fe y las obras, en la Exhortación apostólica postsinodal "Christifideleslaici" escribí "que la unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres" (n. 17). Esta armonía entre lo natural y lo sobrenatural es tal vez el elemento que mejor define la personalidad del gran estadista inglés. Él vivió su intensa vida pública con sencilla humildad, caracterizada por el célebre "buen humor", incluso ante la muerte. Éste es el horizonte a donde le llevó su pasión por la verdad. El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral. Ésta es la luz que iluminó su conciencia. Como ya tuve ocasión de decir, "el hombre es criatura de Dios, y por esto los derechos humanos tienen su origen en Él, se basan en el designio de la creación y se enmarcan en el plan de la Redención. Podría decirse, con expresión atrevida, que los derechos del hombre son también derechos de Dios" (Discurso 7.4.1998, 3). Y fue precisamente en la defensa de los derechos de la conciencia donde el ejemplo de Tomás Moro brilló con intensa luz. Se puede decir que él vivió de modo singular el valor de una conciencia moral que es "testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma". (Enc. "Veritatissplendor", 58). Aunque, por lo que se refiere a su acción contra los herejes, sufrió los límites de la cultura de su tiempo. El Concilio Ecuménico Vaticano II, en la Constitución "Gaudium et spes", señala cómo en el mundo contemporáneo está creciendo "la conciencia de la excelsa dignidad que corresponde a la persona humana, ya que está por encima de todas las cosas, y sus derechos y deberes son universales e inviolables" (n.26). La historia de santo Tomás Moro ilustra con claridad una verdad fundamental de la ética política. En efecto, la defensa de la libertad de la Iglesia frente a indebidas injerencias del Estado es, al mismo tiempo, defensa, en nombre de la primacía de la conciencia, de la libertad de la persona frente al poder político. En esto reside el principio fundamental de todo orden civil de acuerdo con la naturaleza del hombre.
  7. Confío, por tanto, que la elevación de la eximia figura de santo Tomás Moro como patrono de los gobernantes y de los políticos ayude al bien de la sociedad. Ésta es, además, una iniciativa en plena sintonía con el espíritu del Gran Jubileo que nos introduce en el tercer milenio cristiano. Por tanto, después de una madura consideración, acogiendo complacido las peticiones recibidas, constituyo y declaro patrono de los gobernantes y de los políticos a Santo Tomás Moro, concediendo que le vengan otorgados todos los honores y privilegios litúrgicos que corresponden, según el derecho, a los patronos de categorías de personas. Sea bendito y glorificado Jesucristo, Redentor del hombre, ayer, hoy y siempre. Roma, junto a San Pedro, el día 31 de octubre de 2000, vigésimo tercero de mi Pontificado. IOANNES PAULUS PP.II

CONCLUSIÓN

Como podemos observar, el Humanismo es el núcleo ideológico del renacimiento y lo podemos definir como una nueva cultura, surgiendo este, en el siglo XV.

Esto fue posible, gracias a hombres con una visión muy clara, que hicieron de sus ideales éticos, la base fundamental de sus vidas.

Ellos dejan ver a través de sus actos, su preocupación por la familia y la sociedad misma, no importando su posición social, ya que la historia nos muestra el triste fin que tuvieron, en manos del poder político y religioso que no pudo doblegar sus ideales y principios, siendo uno ajusticiado por el monarca y el otro perseguido por la Iglesia.

Como podemos ver, Tomas Moro, hombre de familia y con claras ideas Políticas enfrentó el poder de la Monarquía absolutista inglesa que imperaba en ese momento y no dudó en poner en juego su vida, por sus principios éticos y su fe cristiana. Demostrándonos, no solo su valentía como hombre, sino la inquebrantable fe en sus principios.

Así también, Tomas Moro, firmemente apoyado en sus ideales, no dudó en enfrentar, abiertamente y colocando su propia vida en riesgo, a la Iglesia misma. La que corrompida por el poder y los hombres, y apoyándose en su arma más temida, la inquisición misma, utilizó la fuerza y la barbarie para acallar cualquier voz que se levantara en su contra.

Demostrando su profunda convicción ética y religiosa, más allá de las presiones o amenazas y nunca claudico, nos dejo sus enseñanzas. Podemos servirnos de éstas, como ejemplo, para forjar una personalidad cuyos valores y principios éticos y políticos, puedan redundar en beneficio de la sociedad en la que nos toca vivir.

No debemos olvidar, que el humanismo renacentista está centrado en el hombre (antropocéntrico), teniendo como finalidad al hombre (antropotélico), siendo los puntos más importantes que desarrolla esta nueva cultura, el hombre y su libertad, la relación del individuo con Dios, con el mundo y con la naturaleza.

Así, el renacimiento se va a destacar por la libre interpretación de la Biblia, ilustrando con claridad, una verdad fundamental de la ética política y de la libertad de la persona frente al poder político


 

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