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| Filosofía Social Y Política | Resumen de Platón "La Reública" | Cat. Rosas | 1° Cuat. de 2007 | Altillo.com |
La República, Platón
Libro I
El diálogo de la República comienza cuando Sócrates, al que acompaña Glaucón, se
encuentra de vuelta a la ciudad, después de asistir en el Pireo a las fiestas en
honor a la diosa tracia Bendis. De camino a casa son abordados por un esclavo de
Polemarco que les ruega esperen a su amo que viene detrás. Polemarco los alcanza
y le solicita se queden en el Pireo pues al atardecer habrá una carrera de
antorchas a caballo en honor a la diosa.
Sócrates y Glaucón deciden quedarse y se dirigen a casa de Polemarco. Allí se
encuentran con Lisias y Eutidemo así como con Trasímaco de Calcedonia y Céfalo,
el padre de Polemarco. Éste se encuentra ya muy anciano y se nos aparece sentado
en un asiento con cojín y con una corona en su cabeza pues acababa de realizar
un sacrificio. Sócrates y Glaucón se sientan a su lado. Céfalo saluda a Sócrates
y le reprocha amistosamente el que baje tan pocas veces al Pireo para hacerle
una visita. Afirma que cuanto más anciano se ve, tanto más amortiguados siente
el furor de los placeres y que uno de sus mayores deseos es el conversar.
Sócrates muestra su agrado por poder conversar con alguien con experiencia de
vida y le pregunta como considera al período de la vida denominado el umbral de
la vejez.
Céfalo contesta a la pregunta de Sócrates afirmando que muchos consideran a tal
período como una desgracia al echar de menos los placeres de la juventud,
mientras que otros se lamentan de los ultrajes que la vejez produce a los
hombres. Él, por su parte, dice considerar a la vejez como una época de gran paz
y tranquilidad que permite al hombre liberarse de "muchos y furiosos tiranos".
Señala también que los males del ser humano no están en la vejez sino en el
carácter de la persona. A continuación Sócrates le recuerda a Céfalo que muchos
opinan que todo lo que ha dicho resulta muy fácil para personas que poseen una
gran fortuna económica (como es el caso de Céfalo). Éste responde que no va
negar en absoluto lo mucho que ésta ayuda pero que, sin embargo, está convencido
de que no tiene tanto valor como la gente piensa.
Céfalo continúa reflexionando sobre el papel de la riqueza en la vida y la vejez
de las personas. Afirma que en cuestiones de negocios ocupa un lugar intermedio
entre su abuelo y su padre. El primero la había multiplicado mientras que su
padre la había reducido a menos de lo que ahora él va dejar a su hijo. De todos
modos afirma claramente que en la vejez no es la cuestión de la riqueza o la
pobreza la que preocupa a los hombres sino la conciencia de haber sido justos o
injustos durante su vida. El anciano que es consciente de su injusticia (aún
siendo rico) se despierta frecuentemente por las noches lleno de pavor; mientras
que el que ha sido justo (aún siendo pobre) le asiste una grata y perpetua
esperanza, bienhechora nodriza de la vejez. (Píndaro)
Dado que, por primera vez en el diálogo aparecen los conceptos de Justicia e
Injusticia, Sócrates aprovecha para plantear de modo crítico lo siguiente:
¿consiste realmente la justicia en decir la verdad y devolver a cada uno lo que
de él ha recibido?. Con un ejemplo parece estar rechazando tal definición ya que
señala que no parece que sería muy lícito devolver las armas a un amigo que se
ha vuelto loco, y tampoco tendría mucho sentido intentar argumentar con verdad
con alguien que estado en tal estado. Por lo tanto: no se confina la justicia en
decir la verdad ni en devolver lo que se ha recibido.
Es en estos momentos del diálogo cuando Céfalo se retira de la conversación para
pasar el testigo a su hijo Polemarco (heredero) el cual comienza recordando a
Sócrates que la definición que acaba de criticar es precisamente la que había
dado el poeta Simónides. Sócrates le ruega que recuerde a todos tal definición.
Polemarco afirma que Simónides había dicho que la justicia consistía en "dar a
cada uno lo que se le debe". Antes de someter a análisis esta definición,
Sócrates y Polemarco se ponen de acuerdo en que ello no signifique que haya que
devolver algo a alguien cuando lo pide estando fuera de juicio.
331d-333a: Polemarco comienza interpretando la frase de Simónides dar a cada uno
lo que se le debe como sinónimo de los amigos deben hacer bien a los amigos pero
nunca mal. Sócrates le plantea si a los enemigos se les ha de devolver también
lo que se les debe. Polermarco afirma que jamás. Además señala que lo apropiado
para el enemigo es siempre el mal. Ante esta interpretación de Polemarco,
Sócrates afirma que si efectivamente es cierta estamos ante un gran enigma que
es necesario someter a análisis racional. Para llevarlo a cabo comienza uno de
sus clásicos interrogatorios que podría resumirse así:
Comienza comparando la justicia con un arte o técnica. Así, afirma ,del mismo
modo que el arte de la medicina consiste en dar remedios a los enfermos, el arte
de la justicia parece que trata de dar ventajas a los amigos y daño a los
enemigos.
En este contexto, continúa el diálogo, nos encontramos que el más capaz de hacer
bien a los amigos y daño a los enemigos en el campo de la salud parece ser el
médico y en el arte de la navegación el piloto. ¿En qué asunto, pregunta
Sócrates, es capaz el justo de producir bien al amigo y daño al enemigo?
Polemarco responde que en la guerra: luchando contra el enemigo y al lado del
amigo. Sócrates se queda pensativo ante tal afirmación y le hace ver la primera
contradicción que parece deducirse de tal afirmación. La base de la misma es la
siguiente: Sócrates hacer ver a Polemarco que para los que están sanos parece
inútil el médico y para los que no están navegando parece inútil el patrón.
Ahora bien, para los que no guerrean ¿es también inútil el justo? Polemarco se
revuelve en contra de esta conclusión y señala que no está conforme con la
misma.
El diálogo continúa sobre la base anterior. Polemarco protestando en contra de
la conclusión que Sócrates ha deducido de sus palabras. Se ponen de acuerdo en
lo siguiente: el justo no solamente es útil en tiempos guerra sino también en
tiempos de paz. Sobre esta premisa continúa el diálogo. Sócrates pregunta a
Polemarco para que es útil la justicia en tiempos de paz. Éste contesta que para
la realización de convenios en asuntos de dinero y siempre que se trate de
depositarlo o conservarlo. Pero esto parece llevar a una curiosa conclusión:
solamente cuando el dinero es inútil es cuando la justicia es útil con él. Por
otro lado, Polemarco acepta la tesis de que la justicia es útil cuando las cosas
no se usan pero inútil cuando se usan. Así, por ejemplo, un escudo militar es
útil en relación con el arte de lo justo cuando hay que guardarlo o depositarlo,
sin embargo cuando haya que usarlo quien toma la palabra es el arte militar.
Ahora bien, si tal tesis es correcta ello nos lleva realmente a un absurdo:
estamos ante algo que tiene utilidad únicamente en relación con la inutilidad.
Por otro lado, continúa Sócrates, nos encontramos también con que los que son
más diestros en un arte, son también los más diestros en su contrario. Por
ejemplo, el púgil más diestro no solamente lo es en dar golpes sino también en
evitarlos. Por ello es el más diestro. Ahora bien, si ello es así, entonces el
más diestro en el arte de lo justo no solamente lo será por guardar el dinero
sino también por robarlo.
Polemarco acepta resignado que la conclusión anterior parece deducirse de modo
evidente de la premisa establecida acerca de que lo justo en tiempos de paz está
relacionado con el depósito del dinero. Sócrates, aprovecha también para lanzar
el primer dardo en contra de Homero al describirlo como un maestro en este tipo
de enseñanzas que parecen conducir al absurdo ya que de todo lo dicho hasta
ahora parece deducirse que la justicia es un arte de robar para provecho de los
amigos y daño de los enemigos. Polemarco se rebela contra esta conclusión y
reconoce que ya no sabe muy bien lo que estaba diciendo. De todos modos señala
que le sigue pareciendo que la justicia es servir a los amigos y hacer daño a
los enemigos. Sócrates le hace ver que muchas veces los hombres yerran y les
parece que son buenos aquellos que en realidad son muy malos y viceversa. Pero
si ello es así, entonces sucede que los buenos son enemigos y los malos amigos.
Y, por tanto, resultaría que lo justo es favorecer a los malos y hacer daño a
los buenos. Pero los buenos son incapaces de hacer injusticia. Lo que sucede es
que según la tesis de hacer bien al amigo y daño al enemigo, nos podríamos
encontrar que cuando un hombre yerre en su apreciación y confunda al bueno con
el malo haciendo del primero un enemigo y del segundo un amigo, entonces parece
que sería justo hacer mal a los que realmente no han cometido injusticia.
Polemarco protesta y solicita cambiar el supuesto sobre el que Sócrates está
asentando su argumentación y aclarar que es amigo el que parece y es realmente
bueno, y el que lo parece pero no lo es, es amigo en apariencia, pero no en
realidad; y otro tanto hay que sentar acerca del enemigo.
El diálogo continúa ahora sobre la base del siguiente añadido: además de afirmar
que lo justo es hacer bien al amigo y daño al enemigo; ahora se añade que es
justo el hacer bien al amigo que es realmente bueno y daño al enemigo que es
realmente malo. Polemarco acepta esta modificación. Sobre la base de tal
modificación Sócrates señala, y Polemarco acepta, que cuando se hace daño a
alguien éste se hace peor. Ahora bien, ¿no resulta absurdo afirmar que algo
puede hacerse injusto a través de la virtud de la justicia? ¿Cómo es posible que
la virtud de la justicia, que se supone que es algo bueno, pueda producir
hombres con el vicio de la injusticia? Al final Polemarco acaba aceptando que no
puede ser obra del hombre justo el hacer daño ni a su amigo pero tampoco a su
enemigo y ambos, él y Sócrates, se comprometen a combatir la interpretación que
suele hacerse de Simónides acerca de que es justo favorecer a los amigos y hacer
daño a los enemigos.
A continuación Sócrates aprovecha la ocasión para citar a Jerjes (el odiado
persa) como un auténtico representante del modo de pensar anterior. A
continuación, dado que no se ha alcanzado todavía una definición correcta de la
esencia de la Justicia, aprovecha para plantear de nuevo la pregunta acerca de
lo que es. Es en estos momentos cuando entra en escena un violento y furioso
Trasímaco que se lanza sobre Sócrates y Polemarco dando gritos. Acusa a Sócrates
de limitarse a preguntar para refutar después. Le dice claramente que se deje de
rodeos y que conteste él mismo que es lo justo y se deje de jueguecitos. Le
exige también claridad y precisión en la respuesta ya que nos está dispuesto a
aceptar que siga diciendo vaciedades. Sócrates confiesa haber pasado miedo ante
la agresividad de Trasímaco y le ruega que no se enoje ya que si le parece que
él y Polemarco se han dedicado a divagar ha sido en contra de su voluntad y lo
que demuestra es que no saben realmente que es lo justo.
Trasímaco se ríe sarcásticamente ante las palabras de Sócrates y le acusa de
estar haciendo uso de su acostrumbrada ironía fingiendo que no sabe y siempre
dispuesto a preguntar pero nunca a responder. Sócrates le recuerda que ante una
pregunta pueden, en principio, ser varias las respuestas y después, de entre
ellas, se trataría de aceptar aquella que se muestre como verdadera. Trasímaco,
deseoso de intervenir ya como centro, se ofrece a dar una definición de justicia
distinta y mejor a todas las dadas hasta ahora. Sócrates se muestra dispuesto a
escucharla y aceptarla si se comprueba que es verdadera. Trasímaco aprovecha
para recordar que lo que se aprende de otro hay que pagarlo con dinero. Glaucón,
dado que Sócrates le contesta que le pagará cuando tenga dinero, se ofrece a
pagar lo que haga falta.
Trasímaco, que deseoso de hablar para quedar bien, estaba convencido de poseer
una contestación insuperable comienza definiendo lo justo como aquello que no es
otra cosa que lo que conviene al más fuerte. Sócrates le ruega que especifique
un poco más lo que quiere decir ya que, por ejemplo, el plan de alimentación del
deportista más fuerte (cita a Polidamante) no parece ser el más justo y adecuado
para los que son inferiores a él. Trasímaco le responde que no se está
refiriendo a eso sino a las leyes de los gobiernos más fuertes (tiranía,
democracia, aristocracia). Es evidente, señala, que estos gobiernos fabrican las
leyes según su conveniencia y con ello los que mandan (más fuertes) muestran lo
que es justo para los gobernados. Lo justo, por tanto, es lo que conviene a los
gobiernos (más fuertes).
Sócrates que reconoce no saber realmente lo que es lo justo dice a Trasímaco que
ha entendido perfectamente su definición de Justicia pero que no llega con
entender sino que también es necesario examinar si tal definición es verdadera.
Afirma estar de acuerdo con que lo justo es lo conveniente. Lo que sucede es que
Trasímaco ha añadido que conveniente para el más fuerte. Trasímaco acepta
someter a análisis tal definición. En el diálogo que ahora se inicia entre ambos
son de destacar las ideas siguientes:
A) Trasímaco acepta que lo justo es obedecer a los gobernantes más fuertes. Pero
también acepta que tales gobernantes estas sujetos a error y, de modo
involuntario, podrían equivocarse y promulgar leyes malas para sus intereses.
B) También está de acuerdo con que las leyes buenas son las convenientes para
los intereses de los gobernantes y las malas las inconvenientes para tales
intereses.
C) Conclusión: si es cierto lo establecido hasta ahora, entonces si lo justo es
obedecer a los gobernantes, entonces no solamente es justo hacer lo conveniente,
sino también lo contrario, es decir, lo inconveniente.
Trasímaco, que se ve atrapado, se revuelve extrañado ante esta primera investida
de Sócrates. Este para no dejarlo escapar de su perplejidad le resume, para que
quede claro ante todos los presentes, lo aceptado por él y lo que de ello parece
seguirse: Trasímaco ha aceptado que los gobernantes (los más fuertes) a veces se
equivocan involuntariamente y legislan cuestiones que son perjudiciales e
inconvenientes para sus intereses. Por otro lado, también ha aceptado que lo
justo es que los gobernados (más débiles) obedezcan y cumplan las leyes de los
gobernantes. Ahora bien, hay leyes que son inconvenientes para los más fuertes.
Por consiguiente, lo justo es ordenar a los inferiores hacer lo inconveniente
para los más fuertes.
A continuación Sócrates pide a Trasímaco, con el objeto de hacer desaparecer las
malas interpretaciones, que aclare definitivamente si entiendo por justicia el
que el más débil realice lo promulgado por el más fuerte. Trasímaco lo reta a
que demuestre lo contrario. Se inicia, por tanto, otro diálogo entre ambos con
las ideas siguientes:
A) Se establece, con el acuerdo de ambos, que, por ejemplo, el arte de la
medicina consiste no en negociar sino en curar a los enfermos. Del mismo modo,
el pilotaje de un barco se define no por ser el piloto simplemente un marino
sino el que ejerce el mando en la nave.
B) A continuación Sócrates pregunta acerca de que es lo conveniente para este
tipo de artes.
Sócrates continúa con el análisis relacionado con la conveniencia de las
diferentes artes.
C) Comienza estableciendo que, por ejemplo, lo conveniente para la medicina no
ésta en sí misma sino en el cuerpo sobre el que la medicina se ejerce. Del mismo
modo, lo conveniente para la equitación no está en la equitación misma sino en
lo que conviene a los caballos.
D) Trasímaco, aunque de mala gana, acepta que todas estas artes gobiernan y
dominan aquello que constituye su objeto. Pero esto implica reconocer que todas
las artes parecen referir lo conveniente nunca sobre ellas mismas sino siempre a
los objetos gobernados por ellos.
E) Ahora bien, si todo lo establecido hasta ahora es cierto, entonces las
diferentes artes no ordenan lo conveniente para ellas mismas sino para otros.
Así, por ejemplo, la medicina busca lo conveniente, no para sí misma, sino para
el enfermo. Del mismo modo, el patrón del barco no ordena lo conveniente para sí
sino para la tripulación entera.
F) Conclusión: nadie que tiene gobierno (sea del arte que sea)en cuanto
gobernante ordena lo conveniente para sí mismo, sino lo conveniente para el
gobernado.
Llegado a este punto de la discusión, Trasímaco, en vez de contestar decide
manifestar su cólera de una manera mordaz preguntado a Sócrates si ha tenido
nodriza ya que parece que no se ha enterado todavía lo que son las ovejas y los
pastores. Sobre la base de esta metáfora, Trasímaco, aprovecha para realizar un
largo discurso que podría resumirse así: Sócrates es un cándido al no haberse
enterado de que, del mismo modo que los pastores cuidan de las ovejas únicamente
para su provecho personal, los gobernantes de las ciudades lo único que
persiguen es sacar provecho para sí mismos. En este sentido, lo justo es
conveniencia para el poderoso y gobernante y daño para el obediente y el
gobernado. Los gobernados realizan siempre lo más conveniente para el más fuerte
y sirviéndole, hacen a éste feliz, pero de ninguna manera a sí mismos. Al hombre
justo le va peor en todas partes que al injusto.
Trasímaco continúa con el discurso iniciado anteriormente. Añade a lo dicho que
al propio interés de cada uno le conviene mucho más el ser injusto que justo.
Para demostrarlo solamente llega con echar un vistazo a como viven los tiranos
(la misma tesis que mantiene Polo en el Gorgias). Afirma también que los que
censuran la injusticia no lo hacen por miedo a cometerla, sino a sufrirla.
Finalmente cuando ha acabado de hablar decide marcharse de la reunión pero ni
los presentes ni Sócrates están dispuestos a permitirle que se vaya antes de
justificar con argumentos sus palabras.
Sobre la base de lo establecido en su discurso, Sócrates pide a Trasímaco que
acceda a instruir a todo los presentes demostrando que lo dicho en su discurso
es verdadero. También le muestra claramente que él no está de acuerdo en
absoluto con la tesis de su discurso y que no reconoce ni cree que la injusticia
sea más ventajosa que la justicia. La simple descripción de que el injusto puede
atropellar y enriquecerse explotando a los demás no me persuade, afirma
Sócrates, que saca más provecho que el hombre que es justo. Reta ahora a
Trasímaco a que le persuada de que está equivocado y de que no discurre
rectamente. Trasímaco reconoce que si con lo dicho no ha logrado persuadirlo
tendría que embutirle a la fuerza en el alma su discurso. Sócrates únicamente le
ruega que si realmente está convencido de la verdad de todo lo dicho en su
discurso que se mantenga firme y que si lo cambia que lo reconozca abiertamente
para no inducir a error. Y aprovecha para reprocharle lo siguiente: resulta que
anteriormente había definido al verdadero médico como el que cuida los enfermos
y no el que se aprovecha de ellos para hacer negocio. Y se supone que sobre esa
base debería considerar a todas las demás artes. Pues bien, en la práctica
abandona esa precisión a la hora de hablar del pastor (pero no del verdadero
pastor) ya que piensa que su verdadero arte consiste en cebar a sus ovejas no
atendiendo lo mejor para ellas sino para provecho propio bien en su negocio y en
sus banquetes. Señala también que este mismo análisis lo aplica al ámbito del
gobierno en las ciudades. Y por ello le vuelve preguntar si se ratifica en lo
dicho y que los verdaderos gobernantes únicamente persiguen su propia voluntad y
para nada la de sus gobernados. La respuesta de Trasímaco es: No lo pienso, por
Zeus, sino que lo sé. Sócrates decide someter a análisis su pretendido saber.
Sobre la base de las premisas anteriores, Sócrates establece las siguientes
ideas. Las artes se diferencian unas de otras por su distinta eficacia. Así, por
ejemplo, la eficacia de la medicina es procurar la salud, mientras que la
eficacia del pilotaje es procurar la seguridad al navegante. En definitiva
parece que cada arte obtiene su provecho no a partir de sí mismo sino de algo
externo al mismo arte. Por lo tanto, habría que concluir que ningún arte ni
gobierno dispone de lo provechoso para sí mismo sino para otro (salud,
navegantes, gobernados) y procurando siempre el bien de los otros.
Si lo anterior es cierto, afirma Sócrates, entonces también el arte de gobernar
persigue antes el bien de algo ajeno a sí mismo que de sí mismo. Ello explicaría
que nadie quiere gobernar de su agrado. Por ello debería darse recompensa a los
que se disponen a gobernar y castigo a los que no gobiernan. Es ahora cuando
interviene Glaucón para mostrar extrañeza ante estas palabras de Sócrates acerca
de la recompensa para los que gobiernan y castigo para los que no lo hacen.
Sócrates justifica sus palabras afirmando que con ello quiso decir lo siguiente:
los hombres buenos nunca querrían gobernar ni por dinero ni por honores.
Precisan pues de un castigo que los obligue a gobernar. El castigo mayor
consiste en verse gobernados por gentes perversas e inferiores a ellos. Pues
bien, es por temor a este castigo por lo que deciden participar en el gobierno.
En este sentido son merecedores de una recompensa. A continuación señala que
aunque no está de acuerdo con el principio de Trasímaco acerca de que lo justo
es lo conveniente para el más fuerte (también analiza esta cuestión con Calicles
en el Gorgias) le parece más importante analizar ahora la cuestión siguiente:
¿es la vida del injusto preferible a la del justo? Glaucón responde que la del
justo. Eso es lo que Sócrates intentará, a continuación, en demostrar que es
verdad.
Para intentar aclarar si es cierto lo que piensa Glaucón acerca de que la vida
del justo es mejor que la del injusto, Sócrates interroga de nuevo a Trasímaco
(que piensa lo contrario a Glaucón). En este contexto, Trasímaco afirma que la
injusticia es más ventajosa que la justicia. Además señala que la justicia es
una especie de generosa inocencia (simplicidad, tontería) mientras que la
injusticia es discreción y sinónimo de cualidad buena en un auténtico dirigente.
Por ello, señala Trasímaco, los mas inteligentes y los buenos son aquellos
capaces de realizar la injusticia completa, consiguiendo someter a su poder
ciudades y pueblos. En principio, Sócrates muestra su perplejidad ante tal
posición y reconoce que le ha dejado en suspenso el que alguien pueda situar a
la injusticia como parte de la virtud y la sabiduría; y a la justicia, entre los
contrarios de éstas. Porque debe notarse que Trasímaco no afirma que aunque la
injusticia es ventajosa es también, a su vez, algo indecoroso y vicioso (tesis
de Polo en Gorgias) sino que ahora defiende que la injusticia es cosa hermosa y
fuerte así como digna de ser clasificada como virtud y discreción.
349ª-350ª:A pesar de su perplejidad ante la posición de Trasímaco, Sócrates
afirma que no va a renunciar a seguir el examen de su posición. Señala también
que parece ciertamente que Trasímaco no está de broma, sino exponiendo su
verdadera opinión. Éste le responde que se deje de analizar intenciones y que le
refute su aserto. El análisis que ahora se inicia podría resumirse de la forma
siguiente:
A) Después de un breve interrogatorio Sócrates y Trasímaco se ponen de acuerdo
en lo siguiente: el justo (como generoso inocente que es) no tratará de sacar
ventaja de su semejante sino de su desemejante; por su parte, el injusto tratará
de sacar ventaja tanto del semejante como del desemejante.
B) Además sigue estando presente la premisa aceptada por Trasímaco acerca de que
el injusto se parece al inteligente y al bueno mientras que el justo ni una cosa
ni otra. En este contexto: cada uno es tal como a los que se les parece.
C) Sobre estas premisas ambos se ponen de acuerdo también en que existen
elementos contrarios como pueden ser los seres inteligentes y los seres
ignorantes, los músicos y los ignorantes en música. A su vez, Trasímaco acepta
identificar también a los inteligentes en un oficio con lo buenos y a los
ignorantes en el mismo como malos. Además, también se establece que cuando cada
ser inteligente y bueno ejerce su oficio tiene ventaja no sobre su semejante
sino sobre el que no domina el oficio. Así, por ejemplo, el músico cuando ejerce
su oficio a quien realmente saca ventaja es al no-músico, es decir, a su
desemejante. Lo mismo sucede con el médico que al ejercer la medicina no se pone
por encima de la práctica médica sino del que no es médico. En definitiva,
parece que de todo lo dicho anteriormente habría que deducir lo siguiente: el
inteligente en su materia (bueno) parece que busca sacar ventaja no de su
semejante sino de su desemejante. Por su parte, el ignorante (malo) desearía
sacar ventaja a todos, es decir, al entendido como a otro ignorante. Ello
implica que el malo o ignorante intentaría sacar ventaja tanto a su semejante y
a su contrario. Pero si ello es así, Sócrates le recuerda a Trasímaco lo que ha
dicho anteriormente: el injusto quiere aventajar al semejante y al desemejante.
El justo no quiere aventajar al semejante sino únicamente al semejante. Por
consiguiente, parece que el justo se parece al bueno y el injusto al malo e
ignorante. Pero no podemos olvidarnos que Trasimaco también ha admitido que cada
uno es como aquel a quien se parece. Por lo tanto, según este último análisis,
el justo se nos revela como bueno; y el injusto como ignorante y malo.
Trasímaco no tiene más remedio que reconocer todo esto pero no con facilidad
sino experimentándolo de muy mala gana y sudando a chorros pues era verano.
Incluso se produce en él algo inhabitual: se pone rojo ante todos los presentes.
Sócrates intentando sacar hierro al asunto le resta importancia afirmando que es
mejor dejar esto y analizar otra cuestión planteada también por Trasímaco acerca
de que el injusto es el más fuerte y poderoso. Pero Trasímaco ya no está para
seguir con lo que considera un interrogatorio y le dice que a partir de ahora le
responderá como a las viejas que cuentan cuentos aprobando o desaprobando con la
cabeza. Sócrates se muestra conforme con ello siempre y cuando exprese su
verdadera opinión.
Sócrates, después de aceptar la posición de Trasímaco, le plantea lo
siguiente:¿qué es la justicia en relación con la injusticia? Sobre la base de lo
establecido anteriormente Sócrates se responde a sí mismo: la justicia es virtud
y discreción y , por tanto, más fuerte que la injusticia, la cual se nos muestra
con gran parecido a la ignorancia y al mal. Aunque Trasímaco prometió actuar a
partir de ahora por medio de señas decide hablar para mostrar su desacuerdo con
esta tesis socrática (pero que no refuta): las ciudades más excelentes, afirma,
son las que logran mediante la fuerza esclavizar con su poder a las más débiles.
Sócrates continúa afirmando que, sobre la base de la verdad del razonamiento
establecido, la injusticia se nos muestra como lo malo y lo responsable del odio
y la sedición. Acaba diciendo que allí donde se introduce la injusticia (ciudad,
amigos, alma) siempre trae consigo disensión y reyertas.
Trasímaco se dedica a dar a Sócrates la razón como a un loco afirmando: goza sin
miedo del banquete de tu argumentación; yo no he de contradecirte para no
indisponerme con estos. Sócrates sin alterarse por ello, le pide examinar ahora
lo siguiente: ¿viven los justos mejor que los injustos y son más felices?
Trasímaco se muestra conforme con la realización de tal análisis. En el mismo
serían de destacar las ideas siguientes: en primer lugar Sócrates establece como
principio el que existen realidades especializadas en su función propia. Así,
por ejemplo, la operación propia del ojo es ver y la del oido oir.
Sobre la base de la operación propia que realizan muchas realidades, Sócrates
añade también que a cada una de las realidades que realizan una función propia
les acompaña una virtud. Así, por ejemplo, los ojos no podrían realizar bien su
operación con algún tipo de vicio que les acompañara. Pues bien sobre la base de
estos ejemplos Sócrates añade ahora que también existe una operación propia del
alma consistente en deliberar para la toma de decisiones o en dar vida a un
cuerpo. Y del mismo modo a estas operaciones propias del alma les debe acompañar
también su virtud. Pues bien, es evidente que anteriormente (ver 350 a) se ha
establecido que la justicia es la virtud del alma. También se ha señalado que la
justicia estaba relacionada con lo bueno y la injusticia con lo malo. Por
consiguiente, el hombre justo vivirá más feliz y mejor que el injusto.
En la parte final de este libro I de la Republica, se nos muestra, por un lado,
a un Trasímaco resignado pero ya nada agresivo que, aunque de mala gana, parece
aceptar las conclusiones a las que llega Sócrates; y, por otro, a un Sócrates
que señala muy claramente que el diálogo no se encuentra aún finalizado.
Reconoce haberse desviado del camino pues sin saber aún que cosa es lo justo, se
lanzó a investigar acerca de si era virtud o vicio o si era más provechosa la
injusticia que la justicia. Pero todo ello lo que realmente ha logrado es seguir
sin saber realmente nada. Y es que no sabiendo realmente lo que es lo justo,
resulta difícil poder afirmar si es o no una virtud y si quien la posee es
desgraciado o dichoso. Pero tal análisis nos conduce ya al libro II de la
República.
Libro II
Ahora es Glaucón el que toma la palabra no permitiendo que se levante la reunión
como hubiese sido el deseo de Trasímaco. Glaucón representa en el diálogo al
joven sincero pero descontento con la situación que le rodea y al que no llegan
las meras palabras. Por ello dice a Sócrates que no llega únicamente con afirmar
la vida del justo es mejor que la injusto, sino que también hay que estar
realmente persuadido de tal hecho. Y es que Glaucón afirma percibir, cuando se
habla de la justicia, una auténtica contradicción en lo que realmente es la
justicia y lo que parece ser la justicia. Para aclarar lo que quiere decir
interroga al mismo Sócrates teniendo como base del diálogo que se establece
entre ellos la naturaleza de los bienes. Según Glaucón habría bienes que
aspiramos poseer no en atención a los efectos que producen sino por ellos mismos
(alegría). Existen también bienes que apreciamos tanto por ellos mismos como por
los resultados que producen (inteligencia, vista, saludo). Y, por fin, existen
bienes, penosos pero que nos benefician (gimnasia), que no los queremos por
ellos mismos sino por las ganancias o ventajas que resultan de ellos. Pues bien,
pregunta Glaucón a Sócrates: ¿en cuál de esta clase de bienes se incluye la
justicia? Sócrates le responde que en la clase de los bienes que apreciamos
tanto por sí mismos como por los resultados que producen.
Pues bien, según Glaucón, la mayoría del vulgo no estaría de acuerdo con esta
creencia socrática. Y afirma que le gustaría explicar el porque. Para la mayoría
de la gente la justicia estaría situada en el género de los bienes penosos. Para
justificar tal creencia del vulgo, Glaucón decide hacer una exposición acerca de
lo que muchos dicen que es la justicia y de donde procede; demostrar que los que
la practican lo hacen siempre en contra de su voluntad, es decir, no como un
bien en sí sino como una obligación; que, por naturaleza, es mejor la vida del
injusto que la vida del justo. Es de notar como Glaucón avisa a Sócrates de que
no es esa su verdadera posición ante la justicia, pero si la de la gran mayoría.
¿Pero como persuadir a la misma de que está equivocada si uno mismo no está
totalmente persuadido?
En relación con la cuestión de que la mayoría piensa que la justicia está
situada en el género de los bienes penosos, Glaucón, señala que basan su
creencia en la afirmación de que cometer injusticia es por naturaleza un bien,
mientras que sufrirla es un mal. Lo que sucede es que llegó un momento en que
los hombres adquirieron experiencia de las consecuencias de sus actos injustos
y, para frenar el abuso, decidieron establecer leyes. Desde esos momentos
llamaron ley y justo a lo que la ley prescribe (nomos). Lo que sucede es que en
este contexto la justicia es aceptada no como un bien, sino como algo que se
respeta por temor a la ley.
Pero además la justicia se considera no como un bien en sí mismo sino como una
obligación, es decir, como algo que se hace en contra de la voluntad. Para
demostrarlo, Glaucón expone el mito del anillo de Giges. Giges era un pastor al
servicio del rey de Lidia. Un día se produjo un terremoto que produjo una gran
grieta en lugar en donde apacentaba su ganado. Descendió por la misma y se
encontró con un gran caballo de bronce hueco y con muchas puertas. Al entrar
dentro del mismo vio un cadáver de talla mayor a la humana que sólo llevaba
sobre sí una sortija de oro en la mano. Giges se la quitó y salió fuera.
Posteriormente en una reunión de los pastores con el rey, Giges aparición con el
anillo puesto. Cuando por casualidad le dio una vuelta al mismo, inmediatamente
se hizo invisible. Cuando de nuevo volvía a moverlo, se hacía visible.
Consciente de su poder, se dirigió a palacio, sedujo a la esposa del rey, al que
posteriormente mató, para acabar por apoderarse del reino. Pues bien, Glaucón
deduce de todo esto lo siguiente: no existe persona alguna, de convicciones tan
firmes, como para preservar en la justicia si realmente tuviese una poder como
el de Giges. Ello implica que nadie la valora como un bien en sí mismo.
Por último cuando a alguien del vulgo se le expone que la vida del justo es
mejor y más feliz que la del injusto resulta que nos piden que analicemos por
separado la trayectoria vital de cada uno de ellos y que comparemos. Afirman con
datos de la experiencia que normalmente el hombre auténticamente injusto suele
ser un maestro del ardid lo que le permite realizar con destreza sus males
acciones y, al mismo tiempo, pasar inadvertido con ellas. Por lo tanto, el
auténtico hombre injusto es aquel que siendo capaz de las mayores fechorías se
gana la más intachable reputación de bondad. Imaginemos, ahora, señala Glaucón,
la imagen de un hombre auténticamente justo, simple y noble, como dice Esquilo.
Despojémoslo de todo (honores, recompensas...) y quedémonos únicamente con la
justicia. Normalmente su vida suele ser la de una persona que padece toda clase
de males lo que llevará a todos a pensar que lo mejor no es ser realmente justo
sino parecerlo.
Al finalizar Glaucón su exposición, Sócrates intenta darle alguna respuesta pero
no puede al interrumpirle el hermano de Glaucón, Adimanto. Este afirma que la
cuestión no está suficientemente discutida y que le gustaría añadir algunas
consideraciones más referentes a la naturaleza de la justicia. Para ello señala
que va a examinar algunas de las teorías que alaban la justicia y censuran la
injusticia con el objeto de averiguar en que fundamentan su postura. En su
exposición comienza citando a los poetas griegos Homero y Hesíodo como
representantes principales de figuras que alaban la justicia pero no por sí
misma sino siempre por la consideración moral que acompaña a quienes la ejercen
los cuales obtienen siempre prestigio, reputación, e, incluso, cargos públicos.
Intentan también estos poetas fundamentar religiosamente la validez de la
justicia afirmando que los justos serán objeto de innumerables bendiciones por
parte de los dioses: en la encina de los justos producen los dioses abejas en el
tronco y bellotas arriba. Cita también a Museo el cual afirma que los dioses
transportan a los buenos y justos con imaginación al Hades para allí invitarlos
a un banquete de justos en los que les hacen pasar la vida entera coronados y
beodos, cual sino hubiera mejor recompensa de la virtud que la embriaguez
sempiterna. Al mismo tiempo, todos estos poetas sepultan a los injustos en el
fango del Hades.
Sin embargo, sigue Adimanto en su exposición, nos encontramos también en los
poetas juicios absolutamente contradictorios con lo establecido anteriormente:
así se afirma que aunque la templanza y la justicia son buenos, son, al mismo
tiempo, difíciles de explicar y penosos. Suelen afirmar también que generalmente
resulta más ventajoso lo injusto que lo justo. Suelen considerar mejor al rico
aún siendo injusto que al pobre siendo justo. Tampoco tienen reparo en afirmar
que los dioses han enviado calamidades y vida miserable a muchos hombres buenos
y suerte contraria a quienes no lo habían sido. Por su parte, los charlatanes y
adivinos van llamando a las puertas de los ricos y les convencen de que han
recibido de los dioses poder para borrar, por medio de sacrificios y conjuros,
cualquier falta que hayan cometido. Cita a los libros de Museo y Orfeo en donde
se afirma que bastan sacrificios o juegos placenteros para lograr ser absuelto y
purificado de toda iniquidad en vida.
Adimanto se pregunta que clase de efecto pueden producir todas estas opiniones
en las almas de los jóvenes que las escuchan. Pensando, posiblemente en el mismo
Trasímaco como representante de esta juventud, Adimanto, responde que muy
probablemente dirían lo mismo que Píndaro: ¿voy a seguir el camino de la
justicia o la torcida senda del fraude para escalar la alta fortaleza? Es
evidente que siguiendo los consejos de los poetas lo mejor parece ser el llevar
una vida auténticamente injusta, aunque bajo la apariencia de justicia y con la
compañía de la astuta zorra de Arquíloco. Además, en el último de los casos
siempre podré comprar con dinero el perdón para las injusticias cometidas por
uno. Pues bien, se pregunta Adimanto:¿que razones nos quedarían para preferir la
justicia a la injusticia cuando es posible hacer ésta compatible con una falsa
conciencia de virtud? Y es que todos los que se nos muestran como defensores de
la justicia no ha habido jamás nadie que censure la injusticia o encomie la
justicia por otras razones que por las famas, los honores y recompensas que de
la última provienen. Pero por lo que se refiere a los efectos que una y otra
producen por sí mismas, nunca ni en verso ni en lenguaje común, se ha extendido
nadie en la demostración de que la injusticia es el mayor de los males que puede
albergar en su interior el alma y la justicia el mayor bien.
A continuación pide a Sócrates que, en su contestación a todas estas dudas, no
se limite a demostrar que la justicia es mejor que injusticia sino a mostrar
cuáles son los efectos que ambas producen por sí mismas sobre quien las
practica, efectos que en virtud de los cuales la una es un mal y la otra un
bien. Le pide que si alaba la justicia lo haga en relación a lo que resulte ser
ventajosa pero por sí misma al margen de remuneraciones y castigos. Le pide la
misma línea de investigación en el caso de que censure a la justicia. No te
ciñas, pues, a demostrar en tus argumentos que es mejor la justicia que la
injusticia, sino muéstranos cuáles son los efectos que una y otra producen por
sí mismas.
Sócrates acepta el reto (empresa de no poca monta) planteado por Adimanto de
intentar probar el valor intrínseco de la justicia. Pero para ello afirma que es
necesario seguir un METODO que partiendo de lo general nos permita después poder
ver también lo particular. Compara lo que quiere decir con aquellos que no
teniendo muy buena vista reciben la orden de leer desde lejos unas letras
pequeñas cuando se dan cuenta que esas mismas letras están reproducidas en otro
lugar pero en un tamaño mucho mayor. Pues bien, lo mismo puede sucede en el
ámbito de la justicia. Y es, afirma Sócrates, que cuando hablamos de justicia
unas veces la aplicamos en el ámbito individual de lo humano, como cuando
decimos que X es justo, y otras en el ámbito de la sociedad, como cuando
hablamos de una Ciudad o Estado justos. Pues bien, lo que parece evidente es que
la Ciudad y el Estado son mayores que el individuo de ahí que pueda ser que
resulte más fácil llegar a conocer la esencia de la justicia si comenzamos por
lo más grande, es decir, la justicia tal como se nos muestra en la
ciudad-estado. Por eso plantea Sócrates lleva a cabo la investigación según el
método siguiente: examinar primeramente la naturaleza de la justicia en las
ciudades y después pasar a estudiarla también en los distintos individuos.
Establecido como método de investigación comenzar el estudio de la justicia para
intentar encontrarla tal como se manifiesta en la ciudad-estado, Sócrates
comienza analizando las causas que explicarían su nacimiento. Afirma que la
causa esencial hace referencia al ámbito de las necesidades humanas: dado que
ningún individuo aislado se basta por sí mismo para sobrevivir, de ahí que, para
cubrir esta carencia para satisfacer sus necesidades, decida que es mejor vivir
en grupo con otros hombres. A continuación Sócrates describe la evolución
experimentada por la ciudad. En principio, lo que persigue el ciudadano es
cubrir sus necesidades básicas de alimento, abrigo y vestido. Posteriormente irá
surgiendo una especialización en los oficios y, con ello, la aparición de
labradores, albañiles, tejedores.... Sobre esta base la ciudad seguirá creciendo
haciendo su aparición la importación y exportación de productos. Ello permitirá
la aparición del comercio y el mercado con el implícito intercambio de productos
y surgimiento del dinero. Surgen también los asalariados que reciben dinero a
cambio del empleo de su fuerza de trabajo.
Al llegar a este punto Sócrates pregunta en donde podrían hallar, en el tipo de
ciudad descrita más arriba, la justicia y la injusticia. Adimanto adelanta la
hipótesis de que en las mutuas relaciones establecidas entre los elementos o
estamentos de tal ciudad. Sócrates afirma que es posible que así sea pero que
antes sería necesario examinar como viven los ciudadanos en tal ciudad. Realiza
una descripción desenfadada del modo de vida de los ciudadanos: producirán sus
alimentos y vestidos, construirán sus viviendas, se alimentarán de harina de
cebada y trigo, se banquetearán, coronados de flores, bebiendo vino y en alegre
compañía, y, por temor a la pobreza o la guerra no procrearán más descendencia
que aquella que les permitan sus recursos. Añadirán a su alimentación básica
higos, guisantes y bellotas. Sus habitantes morirán a edad avanzada y dejando en
herencia a sus hijos una vida similar a la de ellos. Es evidente que Platón está
trazando aquí un boceto de la ciudad primitiva en la que dominan los deseos
necesarios.
Glaucón protesta contra este tipo de ciudad por parecerle demasiado básica,
pobre y miserable. Sócrates le contesta que entonces ya no se trataría de
analizar el origen de una ciudad a secas sino de una ciudad en donde reine el
lujo y la riqueza. Afirma que puede ser este un análisis necesario para poder
averiguar cosas sobre la naturaleza de la justicia y la injusticia. Sin embargo,
Sócrates señala que la verdadera ciudad (la auténticamente sana) es la que acaba
de describir. Las ciudades en donde reina el lujo y las riquezas son ciudades
que ya han sido contaminadas por una infección. Tales ciudades surgen cuando ya
los hombres no se contentan con tener cubiertas sus necesidades primarias sino
que aspiraran a más. Comienzan a hacer aparición en la ciudad oro, marfil y
todos los materiales semejantes. Todo ello obligará a agrandar la ciudad en
extensión pues también muchos querrán tener viviendas más ostentosas. Harán su
aparición nuevos habitantes (rapsodos, actores, danzantes, fabricantes de
bisutería femenina....) que ya no estarán allí para desempeñar algún oficio de
los básicos También cambiarán los hábitos culinarios lo que obligará a importar
grandes cantidades de animales. Pero ello también aumentará el número de
enfermedades (no olvidar que el régimen dietético que Sócrates describe en la
ciudad sana es claramente vegetariana) y, consiguientemente, el de los médicos.
Además el aumento de la población hará que el país resulte pequeño para
sustentar y dar acogida a sus habitantes lo que llevará a la ciudad a intentar
recortar el territorio vecino invadiendo, si es necesario, sus tierras. Todo
ello llevará a la ciudad a tener que guerrear por la necesidad de nuevos
territorios. Al llegar a este punto, Sócrates, afirma que cree haber descubierto
(al margen de si produce bienes o males) el origen de la guerra.
Continuando el análisis referente al origen de la guerra, Sócrates, señala que
el afán de expansionismo, presente en una ciudad de lujo, hará necesario la
creación de un ejercito capaz de salir a campaña para combatir contra los
enemigos de la ciudad. Dado que es imposible que una sola persona (tal como se
estableció anteriormente al hablar de la especialización) pueda desempeñar bien
muchos oficios, será necesaria la creación del oficio de los guardianes o
guerreros. Estos deberían desligarse absolutamente de toda otra ocupación para
así realizar su trabajo con la máxima competencia y celo. A continuación, con el
objetivo de percibir más claramente las características definitorias del oficio
de los guardines, Sócrates describe las cualidades que éstos deberían poseer:
deberían ser valientes, listos y veloces como los auténticos animales de raza.
Pero también deben ser fogosos e intrépidos como esos animales. También deben
ser amables con sus ciudadanos aunque fieros ante el enemigo. Ahora bien,
Sócrates y Glaucón se dan cuenta que esta última característica implica la
existencia de un tipo de individuo en donde existen dos cualidades opuestas y
contradictorias entre sí: apacibilidad y fogosidad. Al mismo tiempo, son
conscientes de que no es posible que se dé un buen guardián si no se dan juntas
estas dos cualidades. Pero como parece imposible conciliarlas, parece también
imposible el ideal del buen guardián. Sócrates confiesa encontrarse en un
atolladero y totalmente perplejo ante la conclusión a la que parecen haber
llegado en su análisis de las cualidades de los guardianes. Es curioso que sea
el ámbito de la experiencia quien le ayuda a salir de tal perplejidad: es un
dato de experiencia que existen ciertas características en los perros de raza
que les hacen ser animales mansos para con los de su familia y los que conocen,
aunque con los de fuera son fieros y salvajes. Luego es posible, finaliza
diciendo Sócrates, la existencia de contrarios en un mismo carácter con lo que
no perseguimos nada antinatural al querer encontrar nosotros un guardián así.
A continuación Sócrates saca a relucir otra de las cualidades que debería reunir
el guardián. Afirma que, además de fogoso y amable, debería ser también filósofo
por naturaleza. Adimanto muestra su extrañeza ante tal afirmación Sócrates
fundamenta lo que quiere decir acudiendo de nuevo al ejemplo de los perros de
raza, los cuales, además de amables y fieros, son capaces de hacer fiestas a
aquellos a quienes simplemente conocen aunque jamás les hayan hecho ningún bien,
demostrando poseer también como cualidad innata un fino rasgo natural de
carácter filosófico, ya que lo que define realmente a éste es el de ser un
amante del conocimiento. Y es que los auténticos perros de raza, para distinguir
la figura del amigo y la del enemigo, no se basan en nada más sino en que la una
la conocen y a la otra no. Pues bien, según Sócrates el auténtico guardián para
poder mostrarse amable y apacible con sus familiares y conocidos es preciso que
sea también filósofo poseyendo un ávido deseo de conocer. En definitiva las
cualidades del auténtico guardián deberían de ser las siguientes: filósofo,
fogoso, veloz y fuerte.
A continuación Sócrates pasa a analizar el método a seguir en la crianza y la
educación de un auténtico guardián. Como, a primera vista, puede parecer que
Sócrates se ha alejado sensiblemente del objeto central de su investigación
(esencia de la justicia y de la injusticia en la ciudad) aprovecha para señalar
que tanto lo dicho anteriormente como lo que va a establecer ahora tienen como
último objetivo el aclarar precisamente esa cuestión. Teniendo esto presente
Sócrates describe los elementos que deberían estar presentes en la educación de
los guardianes. Habla de la necesidad de la gimnasia para el cuerpo y de la
música para el alma. Adimanto le pregunta si la educación musical debería ir
acompañada de narraciones o no. Sócrates establece una diferencia entre las
narraciones verídicas y ficticias o fabulosas. En relación con las ficticias o
mitológicas Sócrates propone excluir en la educación de los niños todas aquellas
descripciones mitológicas (cita explícitamente a Homero y a Hesíodo) que
presenten a los dioses como vengativos o injustos. Hace referencia a Crono que
mutila a su padre Urano por mantener encarcelados a sus hijos así como a Zeus
que destierra a Crono por dedicarse a devorar a su prole. Tales historias
proponen que jamás deberían ser relatadas a los jóvenes guerreros. Tampoco deben
relatarse a los jóvenes aprendices de guardianes como los dioses guerrean y se
tienden acechanzas o luchan entre sí. Afirma que jamás se les debería contar o
pintar las gigantomaquias (luchas entre dioses y gigantes). También deben
rechazarse los relatos de teomaquias como cuando Hera fue aherrojada por su hijo
o como cuando Hefesto se disponía a defender a su madre de los golpes de su
padre, fue lanzado por éste al espacio....
Según Sócrates, únicamente deberían relatarse aquellas fábulas que dispongan a
exhortan al oyente hacia la virtud. A continuación describe las lineas generales
que deberían tener las fábulas que traten acerca de los dioses: deberían
presentar siempre a estos tal como realmente son, es decir, en tanto que
encarnaciones del bien, serían la causa del bien y nunca del mal. Por ello, el
origen de las cosas malas habría que buscarlas en otro origen cualquiera, pero
no en la divinidad. En este contexto propone rechazar categóricamente textos
como el de Homero cuando dice: "dos tinajas la casa de Zeus en el suelo fijadas
tiene: repleta está la una de buenos destinos y la otra de malos". Tampoco
serían de recibo expresiones aplicadas a los dioses como la de Esquilo cuando
dice: "la divinidad hace culpables a los hombres si exterminar alguna casa de
raíz quiere". Sócrates p propone, por tanto, impedir por todos los medios que
nadie diga en la ciudad que la divinidad, que es buena, ha sido causante de los
males de un mortal y que nadie, joven o viejo, escuche tampoco esta clase de
narraciones, tanto si están en verso como en prosa. Señala asimismo que esa
debería ser la primera de las leyes referentes a dioses y a las normas con
arreglo a las cuales deberán relatar los narradores y poetas: la divinidad no es
autora de todas las cosas, sino únicamente de las buenas.
Además Sócrates propone rechazar todos aquellos pasajes de los poetas en donde
se muestre a los dioses presentándose a los hombres bajo disfraces y formas
distintas a las propiamente suyas. Y es que, según Sócrates, es absurdo que
aquello que es lo sumamente perfecto (dios) quisiera transformarse en algo menos
perfecto. Y eso es lo que sucedería si un dios decidiese cambiar de aspecto (la
transformación sería siempre para empeorar y desfigurar su estado perfecto).
Además es imposible entender que un dios usara de la apariencia engañosa para
manifestarse a los hombres cuando éstos, por naturaleza, odian la mentira.
Propone finalmente no permitir en absoluto que ningún maestro se sirva de los
pasajes de los poetas en donde se presenta a los dioses como engañosos y
aparenciales como instrumentos de educación para los jóvenes
guardianes.
Libro I
A lo largo del primer apartado y con tres diálogos a distintos personajes es que
Sócrates, el filosofo, aborda el tema principal de la JUSTICIA., y nos brinda no
una definición, pero si su concepción sobre ella.
Tiene tres grandes diálogos: primero con Céfalo, con quien discute la
ancianidad, la riqueza, y en donde se presenta el problema (de qué es la
justicia); el segundo con Polemarco; y el tercero con Trasimaco quien pedía a
Sócrates una definición.
Se ve así que las tres definiciones dadas por las otras no so satisfactorias:
“…¿es propio definir la justicia haciéndola consistir simplemente en decir la
verdad y en devolver a cada cual lo que de él hemos recibido?¿O no es ello justo
o injusto según las circunstancias?”
Es propio de la justicia devolver a cada uno lo suyo.
Justicia es hacer el bienal amigo que es bueno y perjudicar al enemigo que es
malo.
“…justicia nos es otra cosa que lo que conviene al mas fuerte.”
Pero ninguna de estas definiciones es tan completa o correcta. A las criticas
hechas se puede ver que para Sócrates la justicia es un concepto complejo y
elevado, que no implica lo allí mencionado.
La justicia no es solo útil cuando debe guardarse algo, devolver algo o
protegerlo, es útil EN TODO MOMENTO Y PARA TODAS LAS COSAS.
También es justo aquel que es bueno e incapaz de dañar a otro. Así la justicia
es una VIIRTUD propia del hombre.
Si la justicia fuera del mas fuerte –sabiendo que Trasimaco se refería al una
tiranía, y el gobierno que solo atiende sus intereses-, Sócrates dice que el
gobierno, y quien gobierna, si bien es pagado como incentivo para que lo haga,
solamente lo hace es favor del pueblo, y no de si mismo. Y este gobernante se
dirige a estos para procurarles todo lo justo y necesario. Además, las artes
tienen por el fin el interés del objeto sobre el que se ejercitan o de lo más
débil.
La justicia, y la condición del hombre justo es la más ventajosa. Ya que la
justicia es habilidad y virtud, esta rige sobre toda clase de personas. Así es
todo lo contrario la injustita, que es ignorancia y vicio, y que provoca odios,
sediciones o combates. Ser observa así, que en la situación de hombre de bien,
estos son mejores, más hábiles y más fuertes que los malos, y que su situación
sin lugar dudas es más dichosa.
Libro II
En el libro segundo, se plantea la disconformidad de Glaucón y Adimanto de que
Sócrates no haya definido el término de justicia con claridad. Así, estos
proponen dos fuerte argumentos para que Sócrates explicara el suyo.
Ante la pretensión de saber la naturaleza, el origen y la definición de esta
virtud, es que el filósofo dice que primero la englobara dentro de la sociedad y
luego en cada individuo.
Plantean así como se conformaría un ESTADI PERFECTO, el cual tiene su origen en
la impotencia de cada hombre de bastarse por si mismo, y ante sus necesidades.
Es necesario congregar así a un número variado de personas, que realicen cada
uno actividades diferentes pero en las que se especializan para llegare al
perfeccionamiento y lograr un mayor rendimiento. Teniendo necesidad también de
comerciantes, de espacio donde relacionarnos y cómo y quiénes administrarlos
(este seria la plaza publica). La justicia tendría origen en las relaciones
mutuas, que nacen de las diferentes necesidades de los ciudadanos.
Pero si se quiere ampliar este estado, es preciso hacerlo por la guerra, y para
esto, se precisa de un ejército. Las personas que lo conformen deber ser suaves
con sus amigos, feroces ante desconocidos y filósofos. Esto último, pues “el que
no distingue al amigo del enemigo, sino porque conoce a uno y no al otro; no
teniendo otra regla para discernir del amigo y del enemigo ¿cómo ha de estar
ansioso de aprender?”.
Su espíritu debe de estar formado de una manera especial, debe seguir el ejemplo
de los Dioses. Pero solo se le debe dar a él el ejemplo de los dioses justos y
buenos, ya que de dios procede todo bien. Si bien hay en ellos ciertos actos
injustos no conviene mostrarlos por miedo a que se los repita y tome como
buenos.
Se dice también que la MENTIRA, es mala para todos, y que es la ignorancia que
afecta al alma del que es engañado. Por ello, se dice que también se prohíbe
hablar de los dioses como mentiroso y que intenten engañarlos.